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¿Cómo pudo pensar que su relación con Marcus iba a funcionar? Dylan era sencillamente maravilloso: paciente, amable, generoso, abnegado, trabajador, mucho más guapo. Clodagh quería recuperarlo. Pero esperaba encontrar cierto rencor y resistencia, y no le apetecía tener que tragarse el orgullo para convencer a su marido.

Oyó voces de niños en la puerta: ya habían llegado. Corrió a abrirles y le lanzó a Dylan una sonrisa cordial que cayó en saco roto.

– ¿Podemos hablar un momento? -preguntó esforzándose por sonar alegre.

Él respondió con un despiadado «De acuerdo». Clodagh dejó a Craig y a Molly delante del televisor, les puso un vídeo, cerró la puerta y fue a la cocina, donde la esperaba Dylan.

Armándose de valor, dijo:

– Dylan, estos últimos meses… estaba equivocada. Lo siento mucho. Todavía te quiero, y me gustaría que… -Le costó, pero al final logró decirlo-: Me gustaría que volvieras a casa.

Se quedó mirándolo, esperando a que la dorada luz de la felicidad iluminara su rostro e hiciera desaparecer la dureza que se había instalado en él desde que empezó todo aquello. Dylan la miró con incredulidad.

– Ya sé que nos llevará un tiempo volver a la normalidad, y que a ti te costará confiar en mí otra vez, pero podemos hacer terapia juntos, o algo así -prometió-. Cometí un grave error haciendo lo que hice, pero todavía estamos a tiempo de arreglar las cosas. -Como él no decía nada, preguntó-: ¿No crees?

Finalmente Dylan habló, y solo dijo una palabra:

– No.

– No… ¿qué?

– No voy a volver.

Clodagh no estaba preparada para aquello. Era la única respuesta que no había previsto.

– Pero ¿por qué? -No acababa de creérselo.

– Porque no quiero.

– Pero si estabas destrozado por lo que… te hice.

– Sí, creí que me iba a morir -concedió él-, pero supongo que lo he superado, porque ahora que lo pienso, no quiero seguir casado contigo.

Clodagh se echó a temblar. Era increíble que aquello estuviera sucediendo.

– ¿Y los niños? -preguntó.

– Ya sabes que los quiero mucho.

Tocado, pensó Clodagh.

– Pero no voy a volver contigo por ellos -añadió Dylan-. No puedo hacerlo.

Clodagh estaba perdiendo la batalla. Se estaba demostrando que todo el poder que creía tener no era más que una fachada. Y entonces se le ocurrió algo tan improbable que casi parecía ridículo.

– ¿Has… has conocido a otra persona?

Dylan soltó una risita desagradable. Esto es obra mía, pensó ella, avergonzada. Yo he hecho que se vuelva así.

– He conocido a muchas personas -contestó Dylan.

– ¿Quieres decir… estás diciendo… que has dormido con otras mujeres?

– Bueno, dormir, lo que es dormir…

Clodagh se desplomó; se sentía traicionada, celosa, engañada. Y el tono burlón y provocador de Dylan le despertó una horrible sospecha.

– ¿Conozco a alguna?

– Sí -respondió él con una sonrisa cruel.

– ¿Quién?

– Eso no se le pregunta a un caballero -dijo Dylan con sorna.

– Dijiste que me esperarías -repuso Clodagh con un hilo de voz.

– Ah, ¿sí? Pues te mentí.

Cuando los principales rivales de Randolph Media le ofrecieron trabajo, Lisa empezó a pensar en su futuro. En los diez meses que llevaba en Colleen había conseguido alcanzar la tirada y los ingresos por publicidad que se había propuesto. Ahora ya podía marcharse.

Sabía que iba a volver a Londres: allí se sentía en su casa, y quería estar cerca de sus padres. Pero valorando sus opciones pensó que no estaba segura de si quería volver a dirigir una revista femenina. La perspectiva de trepar a toda costa, humillar a los demás y robarles el mérito ya no la atraía como antes. Ni la feroz rivalidad entre publicaciones. Ni las salvajes guerras intestinas que tenían lugar dentro de una revista. Hasta entonces aquel ambiente competitivo siempre la había motivado; pero ahora ya no, y ante aquella conclusión Lisa sintió pánico. ¿Se había convertido en una mujer débil, un pelele, una ejecutiva del montón? Pero no se sentía débil. El que hubiera cosas que ya no estaba dispuesta a hacer no significaba que fuera débil; solo significaba que había cambiado.

Aunque no demasiado. Evidentemente seguía encantándole la frivolidad de las revistas, la ropa, el maquillaje, los consejos sentimentales. De modo que lo mejor que podía hacer era buscar trabajo de consultoría.

Ashling se dio cuenta de que pasaba algo raro. Al principio no se lo pareció; creyó que no era más que un incidente aislado. Seguido de otro. Y luego otro. Pero ¿cuándo una serie de incidentes aislados dejaba de ser una serie de incidentes aislados y empezaba a convertirse en una rutina?

No había querido darle demasiada importancia porque en el fondo estaba deseando que la tuviera. Se trataba de Jack Devine. La había invitado a tomar una copa para celebrar que Ashling había dejado el Prozac. Después, una semana más tarde, cuando pareció demostrarse que no iba a recaer, Jack volvió a invitarla a tomar una copa para celebrarlo. Después la invitó a tomar una copa y a comer una pizza para celebrar que volvía a las clases de salsa. Después la invitó a cenar en Cookes para celebrar que Boo se había instalado en su primer piso. Sin embargo, cuando Ashling sugirió que lo lógico era que invitaran a Boo también, Jack no se mostró muy entusiasmado. «He quedado para tomar unas cervezas con él y con otros colegas de la televisión mañana por la noche», se excusó.

Y ahora se había acercado a su mesa y la había invitado otra vez a salir.

– ¿Qué celebramos esta vez? -preguntó ella, recelosa.

Jack reflexionó y dijo:

– Que es jueves.

– Ah, vale -dijo Ashling. Porque era jueves. Pero no entendía nada. ¿Por qué estaba tan simpático con ella? ¿Todavía la compadecía por lo que le había pasado? Pero aquello ya pertenecía al pasado. Y las otras razones que se le ocurrían para explicar la actitud de Jack parecían absurdas.

Fue Lisa la que se lo hizo entender.

– Veo que al final Jack y tú os habéis aclarado -dijo como quien no quiere la cosa. Todavía no había digerido del todo su fracaso con Jack; siempre le había costado encajar las derrotas, y seguramente seguiría costándole.

– ¿Cómo dices?

– Jack y tú. Te gusta, no me digas que no.

Ashling se puso muy colorada.

– Y tú le gustas a él -añadió Lisa.

– Qué va.

– Le gustas.

– No.

– Venga, Ashling, no seas tan inocente -le espetó Lisa.

Ashling la miró, alarmada; se quedó un rato callada y luego dijo en voz baja:

– Vale, vale.

Aquella noche, en el restaurante, Ashling intentó aclarar la situación. En realidad no quería hacerlo, pero tenía la sensación de que era su obligación. Para darse ánimo encendió un cigarrillo, y Jack se quedó mirando cómo se lo fumaba como si estuviera haciendo algo inusual.

«No me mires así. No puedo pensar.»

– ¿Puedo preguntarte una cosa, Jack? Hemos salido a cenar, pero ¿es esto…? -Se quedó muda. «Quizá no debía decirlo. ¿Y si se equivocaba?»

– ¿Es esto…? -repitió él, animándola a continuar.

Ashling exhaló un suspiro. Mierda. Que pase lo que Dios quiera.

– ¿Es esto una cita?

Jack reflexionó concienzudamente.

– ¿Tú quieres que lo sea? -preguntó.

Ella fingió que se lo pensaba.

– Sí -contestó.

– Pues entonces lo es.

Ambos pasearon la mirada por el restaurante.

– ¿Quieres que lo repitamos? -preguntó Jack sin darle importancia.

– Sí.

– ¿El sábado por la noche?

Ostras. Un sábado. Aquello suponía una novedad.

– Sí.

Volvieron a mirar alrededor, esquivándose mutuamente la mirada.

Ashling oyó su propia voz diciendo: