– Jack, ¿puedo preguntarte por qué te interesa tanto… salir conmigo?
Lo miró a la cara en el mismo instante en que él la miraba a ella, y sus ojos colisionaron violentamente. Ashling notó que le faltaba el aliento.
– Porque estás interfiriendo en mis planes para dominar el mundo -dijo Jack en voz baja.
¿Qué significaba aquello?
– No puedo pensar más que en ti -aclaró él con toda naturalidad-. Y esto afecta a todo lo demás.
A Ashling se le llenó la cabeza de aire, y no podía hablar. No encontraba ni una sola sílaba adecuada. Cierto, ya sospechaba que le gustaba, pero ahora que él mismo lo había dicho…
– Di algo -suplicó Jack.
– ¿Cuánto hace de eso? -balbució ella. Parezco el doctor Mc Devitt.
– Una eternidad -contestó él-. Desde la noche de la presentación de la revista.
– ¿Tanto tiempo?
– Sí.
– ¡Pero si han pasado meses!
– Seis, para ser exactos.
– Y todo ese tiempo…
Ashling volvió sobre aquellos seis meses pasados, y la versión de su vida cobró otro significado. ¿Lo había dicho en serio? Bueno, lo había dicho. Pero no se atrevía a creérselo. Todavía no.
– Ahora entiendo por qué estabas tan simpático conmigo -consiguió decir.
– Lo habría estado de todos modos.
– ¿ Sí?
– Claro -dijo él, sonriente-. Bueno, supongo. Seguramente. ¿Y tú?
– ¿Yo?
– ¿Qué opinas tú?
Seguía sin encontrar palabras, y solo fue capaz de decir:
– Opino que… que me parece muy bien que quedemos el sábado por la noche.
– De acuerdo -dijo él, leyendo entre líneas-. ¿Quieres venir a mi casa? Dijiste que me enseñarías a bailar.
En realidad Ashling nunca había dicho eso, pero cedió.
– Y sigo pensando que tienes que probar el sushi. Si confías en mí -añadió.
– Confío en ti.
Al día siguiente, cuando Lisa presentó su dimisión y anunció que volvía a Londres, Jack tuvo el detalle de decir:
– Ya es una suerte que hayas aguantado tanto tiempo con nosotros.
Pero ella era lo bastante lista para darse cuenta de que no se lo estaba diciendo todo.
– Y Trix puede sustituirme -sugirió inocentemente.
– Lo pensaremos, lo pensa… ¡Ja, ja, ja! ¡Muy graciosa! -dijo él con una risa nerviosa.
64
En una casa de una esquina inhóspita frente al mar, en Ringsend, un hombre y una mujer se saludaron con timidez. Él la condujo a una habitación que se había pasado varias horas limpiando aquel mismo día, lo cual no era nada habitual. Por cierto que, de paso, podría haberse planchado la camisa de franela y puesto unos vaqueros que no estuvieran rotos.
La mujer se sentó en el sofá recién aspirado y se llevó una mano al cabello, que se había peinado con secador. Se puso cómoda y notó el encaje y el algodón de su ropa interior nueva, que le recordaron su presencia.
– ¿Tienes hambre? -preguntó Jack Devine ofreciéndole una copa de vino.
– Sí, mucha -mintió ella.
Jack puso unos palillos, salsa de soja, jengibre y otros elementos del sushi en una mesita, y a continuación, con mucho cuidado, le preparó los paquetitos de arroz a Ashling.
– Tranquila, no hay nada demasiado fuerte -prometió-. Es sushi para…
– … principiantes, ya lo sé.
Ashling se enterneció. Seis meses atrás habría sido incapaz de sentir algo parecido, porque tenía el alma destrozada.
– Quizá sería mejor que dejara el wasabi para el final, ¿no te parece? -propuso.
– De acuerdo. -Pero Ashling vio una sombra de decepción en el rostro de Jack, y eso la entristeció. Él estaba poniendo mucho de su parte.
– Bueno, lo probaré -rectificó Ashling-. Es mejor comerlo todo a la vez, ¿no? Porque los diferentes sabores se complementan.
– Solo si estás segura -dijo él-. No quiero que te asustes.
Jack colocó con delicadeza una pequeña y transparente rodaja de jengibre en el centro. Pulió cuidadosamente los bordes irregulares con los palillos, y a ella le impresionó que se estuviera tomando tantas molestias.
– ¿Lista? -preguntó él levantando el sushi del plato.
Ashling sintió miedo. No estaba segura de estar preparada. Abrió la boca con indecisión y dejó que él colocara el diminuto paquete sobre su lengua.
Jack se quedó esperando su reacción.
– Rico -dijo al fin, esbozando una sonrisa-. Raro, pero rico. -Como tú, en cierto modo.
Ashling probó uno de pepino, uno de tofu, uno de aguacate, y luego tiró la casa por la ventana y se atrevió con uno de salmón.
– Eres fantástica -la animó Jack, como si Ashling acabara de hacer algo verdaderamente digno de mención, como aprobar el examen de conducir-. Eres sencillamente fantástica. Bueno, cuando estés lista para la salsa…
Oh, no.
– Verás, no sé si podré enseñarte -se apresuró a decir ella-, porque se supone que es el hombre el que te lleva.
– Por probarlo no perdemos nada -insistió él.
– Es que…
– Aunque solo sea para que me haga una idea.
– No tenemos la música adecuada.
– ¿Qué necesitamos? ¿Música cubana?
– Sí… -contestó Ashling lamentando su error. Había creído que no había ninguna posibilidad de que Jack tuviera discos tan raros, pero no había tenido en cuenta que Jack era un hombre.
Comprendió que no iba a poder librarse de aquello.
– Bueno, la música no importa. Eso que suena ya servirá. Venga, primero nos levantamos.
Jack se puso en pie y Ashling se sintió intimidada por su estatura.
– Y nos colocamos frente a frente.
Lo hicieron, solo que separados por una distancia de unos tres metros.
– Quizá deberíamos acercarnos un poco -propuso ella.
Jack dio un paso y ella también. Hasta que Ashling consideró que estaban a una distancia adecuada: lo suficientemente cerca para oler a Jack.
– Tienes que rodearme con un brazo. Si quieres, claro -añadió Ashling.
Jack le puso un brazo alrededor de la cintura, y ella levantó una mano y la dejó suspendida sobre el hombro de él; luego se rindió y la posó. Notaba el calor de Jack a través de su camisa.
– ¿Qué hago con esta mano? -preguntó él enseñándole la mano libre.
– Coges la mía.
– Vale.
Jack actuaba con tanta naturalidad que cuando le cogió la mano a Ashling con su mano grande y seca, ella decidió relajarse. Le estaba enseñando a bailar; por lo tanto era perfectamente aceptable que se tocaran.
– Cuando yo lleve la pierna hacia atrás, tú tienes que seguirla con la tuya, ¿vale?
– A ver, probemos.
– Vale.
Ashling deslizó una pierna hacia atrás, y Jack la siguió con la suya.
– Ahora al revés -prosiguió Ashling-. Tú llevas la pierna hacia atrás y yo la sigo. Y luego repetimos.
Practicaron el movimiento varias veces, cada vez con más velocidad y garbo, hasta que él se paró en seco y Ashling siguió moviéndose, y de pronto se encontró apretando el muslo contra el suyo. Ashling se quedó inmóvil, pero no se apartó. Se quedaron ambos quietos a medio paso. A Ashling los ojos le quedaban a la altura de la barbilla de él, y pensó: No se ha afeitado. En un momento como aquel era importante pensar en cosas normales. Porque en otros apartados de su conciencia estaban surgiendo otros pensamientos.
– Ashling, ¿quieres mirarme, por favor? -dijo Jack con voz angustiada.
«No puedo.»
Pero de repente pudo. Levantó la cabeza; él la miró con sus ojos de azabache, y sus labios se juntaron en un amoroso beso. En aquel beso desembocaron muchos meses de espera. Ashling sintió una intensa oleada de deseo.
Jack le sujetaba la cara con ambas manos, y se besaron hasta hacerse daño. Hambrientos y desesperados, no se cansaban el uno del otro.
– Lo siento -susurró Jack.
– No pasa nada.