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Poco a poco los besos se fueron calmando, haciéndose más tiernos y suaves, hasta que los labios de él parecían plumas al acariciar su boca. Seguía sonando la música, y ellos tenían la sensación de estar describiendo lentos círculos.

Ashling deslizó las manos por debajo de la camisa de Jack, acariciando la deliciosa y novedosa piel de su espalda. Tenían los cuerpos apretados, y ella se sentía almibarada, flotante, extasiada. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaban así. Quizá fueran diez minutos o dos horas, pero de pronto Ashling le quitó la camisa a Jack. La verdad es que solo tuvo que desabrocharle un botón.

– Fresca -dijo él-. Voy tu camisa y subo un par de botas.

– Vale. -Ashling notaba los fuertes latidos de su corazón-. ¿Qué significa eso exactamente? ¿Que tengo que quitarme las botas?

– Y la camisa. Veo que no juegas a póquer. Tendré que enseñarte las reglas. Quítate la camisa. -La ayudó a hacerlo-. Ahora dices: subo unos vaqueros.

– Subo unos vaqueros.

Ashling tragó saliva, nerviosa y emocionada, mientras él se desabrochaba lentamente los botones de la bragueta. Con manos temblorosas, esperó un momento tentador; luego se desabrochó la cremallera de los pantalones negros y se los quitó.

– ¡Calcetines! -dijo Jack, pero su tono bromista no encajaba con su penetrante mirada.

A Ashling se le hizo un nudo en la garganta cuando se quedaron ambos de frente, Jack con sus calzoncillos Calvin Klein, y ella con su conjunto de una pieza nuevo (con efecto cintura).

– ¿Lo has entendido? -preguntó Jack.

Ella asintió lentamente, contemplando las perfectas piernas de Jack, sus musculosos brazos, el vello de su pecho, que discurría hacia su estómago.

– Creo que sí. Y ¿qué cartas son los comodines?

– Tú.

Ashling rió, sorprendiéndose a ella misma. Con cintura o sin cintura, nunca se había sentido tan segura estando desnuda.

Estiró un brazo y rozó la gruesa columna que se marcaba contra la tela de algodón blanco, y obtuvo como recompensa un estremecimiento por parte de Jack. Luego deslizó un dedo por debajo de la goma de la cintura y tiró de ella. No hizo falta que dijera nada. Estaba clarísimo lo que quería.

Jack se quitó los calzoncillos, exhibiendo su negro vello púbico, mientras se sujetaba el pene con el puño. Ashling quedó impresionada de lo erótico que resultaba aquello.

Arriba, en la cama de Jack, con sábanas limpias, él le quitó la ropa interior a cámara lenta. Lo hizo con tanta parsimonia que Ashling creyó que no lo soportaría. Hasta que ya no quedaron obstáculos.

– ¿Estás segura de que quieres hacerlo? -preguntó Jack.

– A ti ¿qué te parece? -repuso ella con una sonrisa perezosa en los labios.

– Podrías hacerlo por despecho.

– No lo hago por despecho -dijo ella-. Te lo aseguro.

De pronto él se quedó muy quieto y preguntó:

– No será una apuesta, ¿verdad?

Ashling soltó una carcajada.

– ¿Seguro? Acabo de imaginarme a Trix recogiendo las apuestas por las mesas.

Se acariciaron de arriba abajo, con curiosidad y dulzura. Su respiración se fue haciendo más entrecortada; fueron aumentando la velocidad y el deseo, hasta que dejaron de ser tiernos y se volvieron feroces, atrevidos y duros. Ashling le hincó las uñas en las nalgas, y él le mordió los pechos. Rodaron abrazados por la cama, entrelazados, hasta que él la penetró.

Después se quedaron tumbados con los cuerpos entrelazados, como fundidos el uno en el otro. Pero de pronto a Ashling la asaltó una terrible duda. ¿Y si Jack cambiaba de opinión? ¿Y si ahora que ya se había acostado con ella dejaba de interesarle?

Entonces él dijo:

– Ashling, eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

Todas las dudas de ella se disiparon.

– Pero tengo que preguntarte una cosa -agregó-. ¿Seguirás respetándome por la mañana?

– No te preocupes, antes tampoco te respetaba.

Jack le dio un pellizco.

– Pues claro que seguiré respetándote por la mañana -lo tranquilizó ella-. Hombre, quizá te menosprecie un poco por la tarde -añadió-. Pero puedo garantizarte que por la mañana te respetaré.

65

El primer lunes de abril, una semana antes de regresar a Londres, Lisa recibió por correo la notificación de la sentencia definitiva. Antes incluso de abrir el sobre ya sabía qué contenía; aunque parecía absurdo, estaba segura de haber percibido un olorcillo ligeramente desagradable que emanaba de él.

Su primera reacción fue esconderlo debajo de la guía telefónica y fingir que no había llegado. Luego exhaló un suspiro y lo abrió rápidamente. Tendría que hacer muchas cosas desagradables en la vida, y si no cogía el toro por los cuernos nunca las haría.

Pero había que hacerlas deprisa, como cuando te arrancas el esparadrapo.

Tenía la mente sorprendentemente despejada. Se fijó en cómo le temblaban los dedos cuando sacó las hojas, y luego vio cómo las frases rehuían su mirada, impidiéndole leerlas. Cuando las palabras dejaron de moverse, Lisa hizo un esfuerzo para descifrar las letras negras que cubrían la primera página. Las leyó de una en una, hasta que el mensaje que ella ya conocía se reveló: todo había terminado. Se había acabado aquello de vivir medio casada y medio separada; ahora ya estaba todo aclarado. Fin. Eso es todo, amigos.

Con la misma claridad se dio cuenta de que no se había puesto a brincar por el recibidor ni se había sentido liberada por la sentencia. Se fijó, en cambio, en que le había subido la temperatura (¿estaba sudando?) y que no se sentía ni libre ni feliz.

Durante todo el proceso del divorcio, ella confiaba en que la siguiente fase sería aquella en la que, por arte de magia, se sentiría curada. Pero ahora habían llegado al final y Lisa seguía sin recuperar la felicidad. De hecho, se sentía aún peor.

Pensó que quizá la tristeza de un divorcio nunca llegara a desaparecer del todo. Quizá tuvieras que incorporarla, aprender a convivir con ella. Lo cual resultaba tan desmoralizador que le dieron ganas de volverse a la cama.

Fifi había celebrado una fiesta cuando recibió la sentencia definitiva de su divorcio. ¿Por qué a ella no le apetecía hacer algo parecido? Tuvo que admitir que la diferencia consistía en que ella no odiaba a Oliver. Era una lástima, pero no lo odiaba. La acritud tenía sus ventajas.

Dobló el documento e intentó darse ánimo. Ya se le pasaría. Algún día. Londres era el lugar idóneo para recuperarse del golpe. Allí conocería a otro hombre. Aunque a veces se deprimía solo de pensar en lo desastrosos que eran los otros hombres. En comparación, tuvo que conceder. Quizá la ayudaría dejar de tomar a Oliver como patrón.

Cuando llegara a Londres haría todo lo posible por esquivarlo. Quizá sus caminos se cruzaran de vez en cuando por motivos de trabajo, y entonces se sonreirían el uno al otro civilizadamente. Hasta que llegara el momento en que pudieran verse, trabajar y no pensar en lo que pudo haber sido, en la otra vida que pudieron haber tenido. Pasaría el tiempo, y un buen día ya no tendría importancia.

«Pero he fracasado -admitió en un arrebato de amarga sinceridad-. He fracasado, y ha sido por mi culpa. Esto no puedo cambiarlo, no puedo hacerlo desaparecer, y tendré que vivir con ello el resto de mis días.»

Lisa siempre había sido la suma de sus triunfos: se componía de un montón de éxitos acumulados. Así que ¿qué podía hacer con aquel fracaso? En algún sitio tendría que meterlo, porque de pronto comprendió que nuestras vidas son una sucesión de experiencias y que las imperfectas cuentan igual que las perfectas.

«Este dolor me ha cambiado -admitió-. Este dolor que va a durar mucho tiempo me ha cambiado. Aunque no quiera admitirlo. Aunque lo considere un destino peor que la muerte, soy más blanda, más amable; soy mejor persona.»

«Y me alegro de haber estado casada con Oliver -pensó, desafiándose a sí misma-. Estoy triste y arrepentida y cabreada por haberlo estropeado todo, pero aprenderé de mi error y me aseguraré de que no se repita.»