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Y eso era lo mejor que podía hacer.

Exhaló un profundo suspiro, cogió su bolso y se marchó al trabajo, como una buena superviviente.

Cuando llegó a la oficina la encontró muy alborotada: sus colegas estaban preparando una fiesta de despedida, que iba a celebrarse el viernes. La operación era casi tan complicada como la fiesta de presentación de la revista. Lisa tenía previsto marcharse de Dublín cubierta de gloria. Ya le había dicho a Trix que la hacía responsable del regalo de despedida, y que si se les ocurría regalarle un vale de Next le arrancaría la piel a tiras.

– Lisa -dijo Trix sosteniendo el auricular del teléfono-, es Tomsey, del departamento de persianas de Hensards. ¡Por fin han terminado tu persiana de madera!

Aquel mismo día, a la hora de cerrar, Lisa acorraló a Ashling cuando ambas bajaban en ascensor al vestíbulo. Estaba deseando aclarar un asunto con ella.

– Quiero que sepas -dijo Lisa-, que propuse tu nombre para el cargo de directora y que les hablé muy bien de ti a los miembros de la junta directiva. Lamento que no te hayan dado el puesto.

– No importa, la verdad es que no tenía ningunas ganas de ser directora -insistió Ashling-. Yo soy una número dos nata, y los números dos somos tan importantes como los líderes.

Lisa rió ante la risueña serenidad de Ashling.

– La chica que han contratado parece simpática. Podía haber sido peor. ¡Podrían haber nombrado directora a Trix!

Lisa no tenía duda de que tarde o temprano Trix acabaría dirigiendo una revista, y estaba convencida de que lo haría con una crueldad que haría que ella, a su lado, pareciera la madre Teresa de Calcuta. Pero de momento Trix tenía otras cosas en la cabeza. Había mandado a paseo a aquel inútil del pescado y se había enrollado con Kelvin, con el que vivía un apasionado romance. De momento lo llevaban en secreto.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor, Lisa le dio un codazo a Ashling y dijo con desdén:

– Mira quién hay.

Era Clodagh, y parecía sumamente nerviosa.

– ¿A qué habrá venido? -preguntó Lisa con agresividad-. ¿A robarte a Jack? ¡La muy zorra! ¿Quieres que le diga que su marido intentó acostarse conmigo?

– Te agradezco mucho el ofrecimiento -dijo Ashling, y fue como si hubiera hablado desde muy lejos-, pero no hace falta, gracias.

– ¿Estás segura? Entonces, hasta mañana.

Cuando Lisa se separó de Ashling, Clodagh avanzó hacia ella.

– Quería hablar contigo un momento. Pero si quieres, dime que me marche y lo entenderé.

Ashling estaba conmocionada, y tardó un poco en encontrar las palabras.

– Vamos al pub de la esquina -dijo.

Se sentaron y pidieron. Ashling no podía quitarle los ojos de encima a Clodagh. Estaba guapa: se había cortado el pelo y le sentaba muy bien.

– He venido a pedirte disculpas -dijo Clodagh-. Estos últimos meses he madurado mucho. Ahora soy diferente.

Ashling asintió fríamente.

– Me doy cuenta de lo egoísta y cruel que he sido -continuó Clodagh-. Mi castigo es tener que vivir con todo el daño que he causado. Tú me odias, y no sé si has visto a Dylan últimamente, pero está destrozado. Está furioso, y se ha vuelto… insensible. Ashling coincidía con ella. Ya no disfrutaba con su compañía.

– ¿Sabes que le pedí que volviera y no quiso?

Ashling asintió. Dylan se había encargado de propagar la noticia; lo único que le había faltado era poner un anuncio en la televisión nacional.

– Me lo merezco, ¿verdad? -Clodagh consiguió esbozar una débil sonrisa.

Ashling no contestó.

– Hemos vendido la casa de Donnybrook, y ahora los niños y yo vivimos en Greystones. Está muy lejos, pero no he encontrado nada más que pudiera pagar. Ahora soy una madre soltera, porque Dylan ha decidido que no podría asumir la custodia de los niños. Todavía no me he adaptado a mi nueva condición…

– ¿Qué fue lo que pasó? -la interrumpió Ashling.

Clodagh se sintió intimidada por la rabia contenida en la voz de su amiga.

– Me lo he preguntado muchas veces.

– ¿Y? ¿Has llegado a alguna conclusión? ¿Un bache en tu matrimonio? Los tiene todo el mundo, no sé si lo sabes.

Clodagh tragó saliva, nerviosa.

– Creo que no fue solo eso. Nunca debí casarme con Dylan. Ya sé que te costará creerlo, pero creo que en realidad ni siquiera me gustaba. Sencillamente pensé que era un buen partido: era muy guapo, educado, tenía un buen trabajo y era responsable… -Miró, angustiada a Ashling, cuyo semblante no la animó precisamente-. Tenía veinte años, era egoísta y no tenía ni idea de nada. -Clodagh necesitaba comprensión.

– Y ¿qué me dices de Marcus?

– Necesitaba desesperadamente un poco de emoción y diversión.

– Podías haberte aficionado al puenting.

Clodagh asintió, acongojada.

– O al rafting. -Pero a Ashling no le hizo ninguna gracia, contra lo que Clodagh esperaba-. Me sentía insatisfecha y frustrada -prosiguió-. A veces tenía la sensación de estar asfixiándome…

– Muchas madres se sienten insatisfechas y frustradas -le espetó Ashling-. Mucha gente se siente así. Pero no le ponen los cuernos a su marido a la primera de cambio. Y menos aún con el novio de su mejor amiga.

– ¡Ya lo sé, ya lo sé! Ahora me doy cuenta, pero entonces no me enteraba de nada. Lo siento. Pensaba que como me sentía tan desgraciada me merecía conseguir algo que deseaba.

– Sí, pero ¿por qué Marcus? ¿Por qué tuviste que elegir a mi novio?

Clodagh se sonrojó y agachó la cabeza. Admitiendo aquello corría un riesgo importante.

– Seguramente habría servido cualquiera -dijo.

– Sí, pero elegiste a mi novio. Porque no me tenías ningún respeto.

– No mucho -reconoció Clodagh, abochornada-. Y me odio por ello. Ahora estoy muy arrepentida de lo que hice. Daría cualquier cosa por que me perdonaras.

Tras una larga y tensa pausa, Ashling suspiró y dijo:

– Te perdono. A ver, ¿quién soy yo para juzgarte? Mi vida tampoco ha sido perfecta. Como tú misma dijiste, soy una víctima.

– Siento mucho haber dicho eso.

– No lo sientas tanto. Tenías razón.

El rostro de Clodagh se iluminó.

– ¿Significa eso que podemos volver a ser amigas?

Hubo otra larga pausa que Ashling utilizó para reflexionar. Ambas eran amigas desde que tenían cinco años. Amigas íntimas. Habían vivido juntas la infancia, la adolescencia y los primeros años de la vida adulta. Tenían una historia común, y Clodagh la conocía mejor que nadie. Aquel tipo de amistad no era muy corriente. Pero…

– No -dijo Ashling rompiendo el silencio-. Te perdono, pero no confío en ti. Que tu mejor amiga te robe un novio es tener mala suerte, pero que te robe dos es ser imbécil.

– Pero he cambiado. Te lo prometo.

– Eso no importa -repuso Ashling con tristeza.

– Pero si…

– ¡No!

Clodagh se dio cuenta de que era inútil insistir.

– De acuerdo -susurró-. Será mejor que me vaya. Lo siento mucho, de verdad; solo quería que lo supieras. Adiós.

Echó a andar y se dio cuenta de que estaba temblando. Las cosas no habían salido como esperaba. Los últimos meses habían sido muy desagradables para Clodagh. Estaba impresionada por lo dolorosa que resultaba su vida. No solo su nueva condición de madre soltera, sino también la oportunidad que había tenido de comprender lo egoísta e interesado que había sido su comportamiento.

El arrepentimiento era una emoción nueva para ella, y Clodagh creía que si explicaba que se había dado cuenta de lo egoísta que había sido, y si remarcaba cuánto lo lamentaba, la perdonarían. Que inmediatamente todo volvería a ser perfecto. Pero había subestimado a Ashling y aprendido otra lección: el que ella lo sintiera no significaba que los demás estuvieran dispuestos a perdonarla, y el que los demás la perdonaran no significaba que ella se sintiera mejor.