Triste y angustiada, y todavía agobiada por el recuerdo del daño que había causado, se preguntó si algún día podría reparar ese daño. ¿Volverían las cosas a la normalidad?
Pasó por delante de Hogan's y un grupo de chicos se fijó en ella y empezó a silbar y a lanzarle piropos. Al principio los ignoró, pero luego tuvo un capricho, se apartó el cabello de la cara y les lanzó una deslumbrante sonrisa que provocó una entusiasta reacción en los chicos. Le subió el ánimo inmediatamente.
Al fin y al cabo, la vida continuaba.
Entretanto, Lisa, después de dejar a Ashling y Clodagh en el vestíbulo, se había ido andando a casa. Había empezado a hacerlo para compensar todas las cenas que Kathy le obligaba a comerse. Mientras caminaba hacía todo lo posible para mantener a raya la tristeza. «Soy estupenda -se recordaba-. Tengo unos padres estupendos. Tengo un estupendo trabajo nuevo de consultora de medios de comunicación. Llevo unos zapatos estupendos.»
Cuando entró en su calle, había un vecino sentado en la puerta de su casa, esperándola. Lo que le sorprendía era que no le hubiera pedido la llave a Kathy.
Los echaría de menos cuando volviera a Londres. Aunque según Francine no tendría ocasión de echarlos de menos, porque tendría tantas visitas que sería como si no se hubiera marchado de Dublín.
Pero ¿quién era el que había en la puerta? ¿Francine? ¿Beck? No, no era una chica, de modo que no podía ser Francine; y era demasiado corpulento para ser Beck, y… Lisa se tambaleó al ver que era negro, de modo que no podía ser ninguno de los dos. Era Oliver.
– ¿Qué haces aquí? -preguntó, perpleja, desde cierta distancia.
– He venido a verte -contestó él.
Lisa llegó a la puerta de su casa y Oliver se levantó con una amplia y blanca sonrisa.
– He venido a buscarte, nena.
– ¿Por qué?
Abrió la puerta y ambos entraron en el recibidor. Lisa estaba desconcertada, y un tanto resentida. Llevaba todo el día convenciéndose de que debía seguir adelante y ahora él echaba todos sus planes por tierra.
– Porque eres la mejor -se limitó a decir, y volvió a esbozar su deslumbrante sonrisa.
Lisa dejó las llaves sobre la mesa de la cocina.
– Llegas un poco tarde -replicó ella con insolencia-. Acabamos de divorciarnos.
– ¿Sabes qué? -dijo él, con gesto pensativo-. Lo del divorcio me ha sentado fatal. ¡No te imaginas la de vueltas que le he dado! En fin, nada nos impide casarnos otra vez.
»Lo digo en serio -insistió después de que Lisa lo mirara como diciendo "estás como un cencerro".
Ella le lanzó otra de aquellas miradas, pero de pronto sus pensamientos se desbocaron. La idea de volver a casarse con Oliver era ridícula pero tentadora. Sumamente tentadora, aunque solo durante una milésima de segundo; luego Lisa volvió a la realidad.
Con tono cortante, preguntó:
– ¿Es que no te acuerdas de lo desagradable que era? Al final discutíamos continuamente, y era muy duro. Tú me odiabas y odiabas mi trabajo.
– Sí -admitió Oliver-, pero yo también tengo parte de culpa. Era demasiado arrogante. Cuando cambiaste de opinión respecto a tener un hijo, debí escucharte. Sé que intentaste decírmelo, nena, y yo no quería saberlo. Por eso cuando me enteré de que seguías tomando la píldora me puse furioso. Pero si te hubiera escuchado…
»Además, ya no eres tan insensible como antes. Ni mucho menos. Lo siento, nena -añadió al ver que ella se irritaba-, pero no lo eres.
– ¿Y eso es bueno? -preguntó ella con escepticismo.
– Sí, claro que es bueno. Lisa, llevamos más de un año separados -prosiguió Oliver con dulzura-, y yo sigo sin acostumbrarme. No he conocido a ninguna mujer que se pueda comparar a ti.
Oliver la miraba con gesto inquisitivo, esperando algún tipo de aliento o aprobación, pero ella no se los dio. El optimismo de Oliver se transformó en nerviosismo.
– A menos que hayas conocido a otro hombre -dijo-. En ese caso desapareceré del mapa y no volveré a molestarte.
Lisa lo miraba con expresión inescrutable. Quiso lanzarle una sonrisilla como diciendo «puede que sí, puede que no». Con eso zanjaría aquella absurda y peligrosa situación. Pero de pronto decidió no hacerlo. Nunca había jugado con Oliver, así que ¿por qué empezar ahora?
– No, Oliver. No he conocido a nadie.
– De acuerdo -asintió con la cabeza, lenta y concienzudamente-. Bueno, no quiero alargarme demasiado. -Hizo una breve pausa y continuó-: Todavía te quiero. Ahora que somos mayores y más maduros… -risita de duda- creo que lo haríamos mejor.
– ¿En serio? -preguntó Lisa con frialdad.
– Sí -respondió él con firmeza-. Y si te interesara, yo estaría dispuesto a venir a vivir a Dublín.
– No haría falta. Vuelvo a Londres a finales de esta semana -murmuró ella.
– Entonces -dijo él con seriedad- la única pregunta es: ¿te interesa?
Hubo un largo y tenso silencio, que Lisa rompió diciendo tímidamente:
– Sí, creo que sí.
– ¿Estás segura?
– Sí. -Se le escapó una risita nerviosa.
– ¡Cariño! -exclamó él fingiéndose indignado-. Entonces ¿por qué me haces sufrir tanto?
– No lo sé. Tenía miedo. Tengo miedo -admitió.
– ¿De qué?
Se encogió de hombros.
– De abrigar esperanzas, supongo. No quería hacerme ilusiones, por si era solo una volada tuya. Tenía que asegurarme de que estabas seguro. La verdad es que te quiero -confesó.
– Entonces no hay nada que temer -prometió él.
– ¿Cómo has madurado tanto? -refunfuñó ella.
Oliver soltó una risotada de las suyas, y de pronto los pensamientos de ella se precipitaron frenéticamente. Sí, ellos estaban en sintonía.
¿Podía considerarse afortunada por aquel giro de los acontecimientos? De pronto comprendió el alcance de aquel golpe de suerte, y la invadió una inmensa felicidad. Se dio cuenta de que no a todo el mundo se le presentaba una oportunidad como aquella, y por una vez apreció el valor del momento.
«Esta vez lo haré bien -se prometió-. Ambos lo harían. Y había algo más, la guinda del pastel, por así decirlo: si Richard Burton y Elizabeth Taylor se habían casado dos veces, ellos también podían hacerlo.» Incapaz de dominar la emoción, empezó a planear mentalmente la segunda boda, un espectáculo fabuloso. Esta vez no se casarían en Las Vegas; no, esta vez lo harían como es debido. Su madre iba a enloquecar de alegría. Y habría un reportaje en la revista ¡Hola!…
– ¡Tranquila, fiera! -exclamo Oliver, como si pudiera adivinar sus pensamientos.
EPÍLOGO
Jack y Ashling paseaban por el muelle. Era una noche de mayo, y todavía no había oscurecido. Iban caminando cogidos del brazo.
– ¿Quieres un toffee? -le preguntó Ashling.
– Y yo que pensaba que nada podía ser mejor.
Ashling metió la mano en su bolso.
– ¿Dónde están? -Sacó una caja de aspirinas y un botellín de jarabe curalotodo antes de encontrar los toffees.
– ¿Todavía llevas todas esas cosas ahí dentro? -preguntó Jack con tristeza-. ¿Las tiritas y todo eso?
– Supongo que es un hábito.
Por primera vez en la vida, Ashling se sintió un poco ridícula por llevar tantos artículos de emergencia en el bolso.
– ¿Por qué no lo tiras? Ahora ya no lo necesitas. Todo ha cambiado.
Ashling lo miró fijamente. Jack tenía razón: todo había cambiado.
– Vale. Lo tiraré cuando lleguemos a casa.
– ¿Por qué no lo haces ahora? Venga, tira el bolso al mar.
– ¿Tirar el bolso al mar? Sí, claro.
– Lo digo en serio. Libérate de tus ataduras.
– ¿Te has vuelto loco? ¿Y mis tarjetas de crédito? ¿Y el bolso?
– Coge las tarjetas de crédito. Yo te compraré un bolso nuevo. Te lo prometo.