Выбрать главу

– Treinta mil. Quizá no lo consigamos al principio, pero esperamos haber llegado a esa cifra en unos seis meses.

Treinta mil. Lisa estaba atónita. Si las ventas de Femme bajaban de los trescientos cincuenta mil ejemplares, empezaban a rodar cabezas.

A continuación Jack le enseñó a Lisa el presupuesto para colaboradores, pero había algo que no encajaba: faltaba un cero. Al menos uno.

Aquello era el colmo. Lisa se disculpó educadamente y fue al cuarto de baño, donde se encerró en uno de los cubículos. Se dio cuenta, no sin desconcierto, de que estaba llorando. Lloraba de desilusión, de humillación, de soledad, por todo lo que había perdido. No duró mucho, porque Lisa no era muy llorona, pero cuando salió del cubículo se paró en seco al ver que había alguien de pie junto a los lavabos. Era Ashling. Estaba allí plantada, con las manos cogidas a la espalda. ¡Entrometida!

– ¿Qué mano quieres? -le preguntó Ashling.

Lisa no la entendió.

– Elige una mano -insistió Ashling.

A Lisa le dieron ganas de pegarle una bofetada. Estaban todos locos.

– ¿Derecha o izquierda? -dijo Ashling.

– Izquierda.

Ashling reveló el contenido de su mano izquierda: un paquete de pañuelos de papel. Luego le mostró la mano derecha: una botella de bálsamo curalotodo.

– Saca la lengua. -Ashling vertió un par de gotas del líquido en la desconcertada lengua de Lisa-. Es para los sustos y los traumas. ¿Quieres un cigarrillo?

Lisa negó enérgicamente con la cabeza, pero luego flaqueó y, sin oponer resistencia, dejó que Ashling le pusiera un cigarrillo en los labios y se lo encendiera.

– Si quieres arreglarte el maquillaje -continuó Ashling-, tengo base y rímel. Seguramente no serán tan buenos como los que sueles usar tú, pero te servirán. -Ya había empezado a rebuscar en su bolso.

– ¿Te ha enviado alguien? -Lisa pensaba en Jack Devine.

Ashling negó con la cabeza.

– Nadie se lo ha imaginado. Solo yo.

Lisa no sabía si molestarse o no. No quería que Jack supiera que había llorado, pero por otra parte le habría gustado saber que le importaba…

– Normalmente no me pasan estas cosas -dijo adoptando un semblante grave-. No quiero que lo comentes con nadie.

– Ya está olvidado.

9

Al final del primer día de trabajo, Ashling estaba al borde del colapso. Afortunadamente no tenía que coger un autobús ni un Dart, y se fue directamente a casa caminando. Tenía suerte: al menos ella tenía una casa a la que ir, mientras que Lisa todavía tenía que buscarse una.

Ashling entró, agradecida, en su piso, se quitó los zapatos y fue a ver si había algún mensaje en el contestador.

La lucecita roja parpadeaba con insolencia, y Ashling, feliz, apretó el play. Estaba ansiosa de compañía y contacto, para que la ayudaran a digerir aquella extraña y desafiante jornada. Pero se llevó una decepción. No era más que un extraño mensaje de un tal Cormac que decía que el viernes por la mañana le entregaría una tonelada de abono. Se habían equivocado de número.

Se tumbó en el sofá como si este fuera una plancha de surf, cogió el teléfono y llamó a Clodagh. Pero solo había dicho hola cuando Clodagh inició una de sus clásicas peroratas. Por lo visto estaba teniendo un mal día.

Clodagh elevó la voz para hacerse oír sobre una algarabía de gritos infantiles:

– Craig tiene dolor de barriga y solo ha desayunado media tostada con mantequilla de cacahuete. A mediodía no quería comer nada, y se me ocurrió darle una galleta de chocolate, aunque se pone hiperactivo en cuanto prueba el azúcar; al final le di unas natillas porque pensé que sería mejor que el chocolate…

– Ajá -asintió Ashling, comprensiva, aunque los gritos le impedían oír lo que Clodagh le estaba diciendo.

– … y se las ha comido, así que le he ofrecido otras, pero apenas las ha probado, y aunque no tiene fiebre, está más pálido que… ¡Cállate! ¡Déjame hablar un momento por teléfono, por favor! ¡Mierda! ¡Ya no puedo más!

Pero las súplicas de Clodagh no fueron escuchadas, y los gritos no hicieron más que intensificarse.

– ¿Es ese Craig? -preguntó Ashling. Debía de dolerle mucho la barriga. Gritaba como si lo estuvieran destripando.

– No, es Molly.

– Y a ella ¿qué le pasa?

Ashling alcanzó a descifrar algunas palabras entre los berridos de Molly. Por lo visto mami era muy mala. De hecho era, al parecer, espantosa. Y Molly no quería a mamá. Con un grito especialmente histérico Molly comunicó a Ashling que odiaba a mami.

– Le estoy lavando la manta -se defendió Clodagh-. Está en la lavadora.

– Dios mío, ahora lo entiendo.

Molly se ponía furiosa cada vez que la separaban de su manta. En realidad era un paño de cocina, antes de que Molly, a base de chuparlo, lo hubiera convertido en un trapo informe y apestoso.

– Estaba guarrísima -explicó Clodagh, desesperada. Se apartó un momento del auricular y suplicó-. Molly, estaba muy sucia. ¡Puaj, asco, caca! -Ashling escuchó con paciencia mientras Clodagh seguía haciendo ruidos para describir el lamentable estado de la manta-. Es un riesgo para la salud. Si no la laváramos te pondrías enferma.

Los gritos volvieron a subir de tono, y Clodagh volvió a ponerse al teléfono.

– Esa bruja de la guardería me dijo que no admitiría a Molly a menos que laváramos la manta regularmente. ¿Qué querías que hiciera? Bueno, no creo que sea apendicitis…

Ashling tardó un momento en darse cuenta de que su amiga volvía a referirse a Craig.

– … porque no ha vomitado, y en la enciclopedia médica familiar dice que ese es un síntoma inconfundible. Pero nunca se sabe, ¿no crees?

– Supongo -repuso Ashling, insegura.

– Sarampión, varicela, meningitis, polio, e-coli -recitó Clodagh con abatimiento-. Espera un momento, Molly quiere sentarse en mis rodillas. Podrás sentarte en las rodillas de mami si me prometes que te estarás callada. ¿Vas a estar callada? ¿Lo prometes?

Pero Molly no prometía nada, y una serie de golpes y desplazamientos indicaron que de todos modos le habían permitido subirse a las rodillas de Clodagh. Afortunadamente, sus chillidos se redujeron a unos ostentosos sollozos y resuellos.

– Y por si fuera poco, el capullo de Dylan me llama y me dice que no solo va a llegar tarde esta noche, otra vez, sino que la semana que viene tiene que ir a otro congreso no sé dónde y volverá a pasar la noche fuera.

– Capullo Dylan -canturreó Molly con una dicción perfecta-. Capullo Dylan, capullo Dylan.

– ¡Y el viernes que viene tiene no sé qué cena en Belfast!

Volvieron a oírse gritos en el fondo. Gritos masculinos. ¿Sería el capullo de Dylan, que había llegado antes de lo previsto a casa y se había ofendido al oír a su esposa y a su hija insultándolo?, se preguntó Ashling irónicamente. No, por el tono quejumbroso de los gritos, y sus referencias a un dolor de barriga, tenía que ser Craig.

– Iré a verte el viernes por la noche -se ofreció Ashling.

– Genial, te lo… ¡Deja eso! ¡Haz el favor de dejarlo inmediatamente! Ashling, tengo que colgar -dijo Clodagh, y se cortó la comunicación.

Así era como solían acabar las conversaciones telefónicas con Clodagh. Ashling, deprimida, se quedó sentada mirando el teléfono. Necesitaba hablar con alguien. Por suerte Ted llegaría en cualquier momento; era tan puntual que a veces Ashling ponía su reloj en hora al oírlo llegar. Eran las seis y cincuenta y tres.

Pero a las siete y diez, cuando ya se había comido media bolsa de patatas fritas Kettle y al ver que Ted no llegaba, Ashling empezó a preocuparse. Confiaba en que no hubiera tenido un accidente. Era un terror con la bicicleta, y nunca llevaba casco. A las siete y media lo llamó por teléfono y comprobó, extrañada, que Ted estaba en casa.

– ¿Por qué no has venido a verme?

– ¿Quieres que baje?