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– Pues… no sé, supongo que sí. Hoy ha sido mi primer día de trabajo.

– Mierda, se me había olvidado. Bajo enseguida.

Unos segundos más tarde apareció Ted. Estaba diferente: no se podía cuantificar, pero tampoco podía negarse. Ashling no lo había visto desde el sábado por la noche, lo cual ya era bastante extraño; pero estaba demasiado nerviosa con el nuevo empleo, y hasta ahora no se había dado cuenta. Ted parecía menos delicado, era como si de la noche a la mañana se hubiera vuelto más robusto. Solía invadir el espacio vital de los demás como una fuerza imparable, pero ahora su porte tenía un garbo nuevo, como si caminara más derecho.

– Felicidades por tu éxito del sábado -dijo Ashling.

– Creo que tengo novia -admitió con una tímida sonrisa de oreja a oreja-. O más de una. -Al ver la cara de perplejidad de Ashling, explicó-: Ayer pasé el día con Emma, pero mañana por la noche he quedado con Kelly.

Entonces llegó Joy.

– El que espera desespera -dijo-. El Hombre Tejón no me va a llamar nunca si me quedo esperando junto al teléfono, así que… Veamos: Bill Gates, Rupert Murdoch o Donald Trump. Me ha parecido oportuno elegir a tres grandes de la industria en honor a tu nuevo empleo.

– Me lo pones fácil -Ashling no podía creer que la dejaran escapar con un castigo tan leve-. Donald Trump, por supuesto.

– ¿En serio? Joy parecía contrariada-. Pero si se seca el pelo con secador de mano y cepillo. Yo no podría respetar a un hombre que le dedica más tiempo a su pelo que yo. Bueno, hay gustos para todo.

Metió la mano en su bolso y sacó una botella de Asti Spumante.

– Es para ti. Felicidades por el nuevo empleo.

– ¡Asti Spumante! -exclamó Ashling-. Muchas gracias, Joy.

Joy se dirigió a Ashling abriendo mucho los ojos, esperando oír buenas noticias:

– ¿Y bien? ¿Cómo ha sido tu primer día como subdirectora de una revista elegante?

– Tengo una mesa para mí sola, un Mac…

– ¿Y el jefe? ¿Qué tal está? -preguntó Joy.

Ashling intentó formular lo que pensaba. Estaba fascinada por el atractivo de Lisa y por lo bien que vestía, y sentía curiosidad acerca de la infelicidad que desprendía. La había reconocido de inmediato: era aquella mujer del supermercado que llevaba siete cosas de cada, y eso también le interesaba. Pero había sido un error seguirla hasta el lavabo. Ashling solo pretendía echarle una mano, pero lo único que había conseguido era parecer prepotente e insensible.

– Es muy guapa -dijo, porque no quería explicar lo que había pasado-. Delgada, inteligente… Y viste muy bien.

Ted, que estrenaba papel de donjuán, se puso en guardia, animado; pero Joy dijo con desdén:

– No me refiero a tu jefa. Me refiero a aquel guaperas al que su novia le mordió el dedo.

Ashling no se sintió mejor pensando en Jack Devine. Acababa de estrenar su empleo y ninguno de sus superiores parecía valorarla demasiado.

– ¿Cómo sabes que es un guaperas? -preguntó.

– Tiene toda la pinta. A los feos no les muerden los dedos. -Es verdad -terció Ted-. A mí no me ha pasado nunca. Ya, pero eso podría cambiar, pensó Ashling.

– ¿Cómo es? -insistió Joy, curiosa.

– Pues es… muy serio -se limitó a contestar Ashling. Pero luego se dio el gusto de admitir-: Creo que no le caigo bien. -Después de decirlo se sintió al mismo tiempo mejor y peor.

– ¿Por qué? -preguntó Joy.

– Sí, ¿por qué? -preguntó también Ted. ¿Cómo podía no caerle bien Ashling a alguien?

– Me parece que es porque aquel día le ofrecí la tirita.

– ¿Qué tiene eso de malo? Tú solo pretendías ayudar.

– No debí hacerlo -reconoció Ashling-. ¿Comemos algo?

Llamaron a un tailandés y, como solía pasar, encargaron demasiada comida. Comieron hasta hartarse, pero seguía quedando un montón de comida.

– Siempre nos pasa lo mismo -comentó Ashling, arrepentida-. Bueno, ¿en qué nevera vamos a dejar esta vez las sobras durante dos días antes de tirarlas a la basura?

Joy y Ted se encogieron de hombros, se miraron y miraron a Ashling.

– En la tuya, por ejemplo.

– Estoy preocupada -anunció entonces Joy-. Mi galleta de la suerte dice que voy a llevarme una desilusión. Leamos nuestros horóscopos.

Luego sacaron el I-Ching y estuvieron un rato tirando los palillos, hasta que obtuvieron la solución que buscaban. Después intentaron ponerse de acuerdo para mirar algún programa de televisión, pero no lo consiguieron, y Joy se asomó a la ventana y miró hacia el Snow, el club que había al otro lado de la calle. Las prostitutas de la puerta les dejaban entrar gratis porque eran del barrio.

– ¿A alguien le apetece ir a bailar al Snow? -sugirió adoptando un tono indiferente. Demasiado indiferente.

– ¡No! -gritó Ashling, categórica a causa del miedo-. Mañana por la mañana tengo que estar en forma para ir a trabajar.

– Yo también trabajo -dijo Joy-. Soy la procesadora de solicitudes de pólizas de seguros más rápida del Oeste. Venga, solo una copa.

– Tú no tienes ni idea de lo que quiere decir tomarse solo una copa. Hasta me sorprende que lo digas. Cada vez que salgo contigo para tomarme «solo una copa» acabo a las cinco de la mañana con una cogorza descomunal, bailando canciones de Abba y viendo salir el sol en un apartamento que no conozco con un grupo de hombres desconocidos a los que no quiero volver a ver jamás.

– Hasta ahora nunca te habías quejado.

– Lo siento, Joy. Debe de ser que estoy un poco nerviosa por el trabajo.

– Yo voy contigo -se ofreció Ted-. Si no te da miedo que ahuyente a tus pretendientes.

– ¿Tú? -dijo Joy con desdén-. No lo creo, Ted.

Eran más de las nueve cuando Dylan llegó a casa. Clodagh había conseguido acostar a Molly y a Craig, lo cual era casi un milagro.

– Hola -dijo Dylan, cansado, balanceando su maletín contra la pared en el recibidor y aflojándose la corbata.

Clodagh no dijo nada cuando los cierres del maletín volvieron a arañar la pintura, y se preparó para recibir el beso de su marido. Habría preferido que Dylan no se molestara en besarla. En realidad aquel beso no significaba nada; solo era una costumbre molesta.

Clodagh abrió la boca dispuesta a explicarle a él el mal día que había tenido, pero Dylan se le adelantó:

– ¡Dios mío, menudo día! ¿Dónde están los niños?

– En la cama.

– ¿Los dos?

– Sí.

– ¿Llamamos al Vaticano para informar del milagro? Voy a verlos y bajo enseguida.

Cuando regresó se había quitado el traje y se había puesto unos pantalones de chándal y una camiseta.

– ¿Alguna noticia? -preguntó Clodagh, ansiosa de información y emociones del mundo exterior.

– No. ¿Hay algo para cenar?

Ah, sí. La cena.

– Pues mira, entre el dolor de barriga de Craig y las rabietas de Molly… -Abrió la nevera en busca de inspiración, pero no sirvió de nada-. ¿Te apetece una tostada con espaguetis?

– Una tostada con espaguetis. Menos mal que no me casé contigo por tus habilidades culinarias. -Le lanzó una sonrisa, y a Clodagh le pareció detectar en ella cierta tensión.

– Sí, menos mal -concedió mientras sacaba una lata del armario.

No habría sabido decir si Dylan estaba enfadado o no. Siempre estaba risueño, aunque estuviera furioso. Y a ella no le importaba, porque así la vida era más fácil.

– ¿Qué tal en el trabajo? -insistió-. ¿Cómo es que has salido tan tarde?

Dylan suspiró y dijo:

– ¿Te acuerdas de aquel gran contrato con los americanos? ¿Ese que no hay manera de cerrar?

– Sí -mintió ella mientras metía el pan en la tostadora.

– No sé dónde me quedé la última vez que te hablé de ese tema. ¿Se habían decidido ya?

– Creo que estaban a punto de decidirse -se aventuró Clodagh.

– Bueno, pues tras deliberar eternamente, al final lo reducen a tres paquetes. Luego dicen que quieren probarlos. Lo cual, como sabes, supone una gran pérdida de tiempo, así que les ofrezco los informes de las pruebas. Primero dicen que sí, que ya les sirven. Luego cambian de opinión y envían a dos técnicos de su oficina de Ohio para hacer las pruebas…