Ashling se apresuró, pero el chico señaló con la cabeza la bolsa que ella llevaba y preguntó:
– ¿Te has comprado algo bonito?
Ashling se paró en seco, a mitad de camino entre el chico y la puerta, muerta de ganas de escapar de allí.
– No, qué va. Solo un par de cosas para ir a trabajar. -Pero ¿por qué no se callaba? ¿Qué sabía él?
– ¿Cómo es eso que dicen? -El joven entrecerró los ojos, intentando recordar-. No te vistas para el trabajo que tienes, vístete para el trabajo que te gustaría tener. ¿No es eso?
Ashling estaba demasiado abochornada para concentrarse.
– ¿Quieres…? -Se descolgó la mochila del hombro con intención de sacar su monedero, pero se lo impedía la bolsa de la tienda, que llevaba cruzada sobre el pecho-. ¿Quieres que…?
Le dio una libra, que él aceptó con una elegante inclinación de cabeza. Muerta de vergüenza por la disparidad entre lo que le había dado a aquel chico y lo que acababa de gastarse en una blusa y un bolso que ni siquiera necesitaba, subió, ruborizada, la escalera. «Me cuesta mucho trabajo ganarlo -se dijo-. Muchísimo -añadió, pensando en la semana que acababa de pasar-. Y hace una eternidad que no me compro nada. Además, lo he pagado todo con la tarjeta. Y yo no tengo la culpa de que ese chaval sea un alcohólico o un heroinómano.» Aunque tenía que reconocer que no olía a alcohol y que no parecía colocado.
A salvo en su piso, después de cerrar bien la puerta, exhaló un suspiro. «Aquí estoy, gracias a Dios -pensó-. Yo también podía haber acabado en el arroyo.» Pero luego se regañó por aquel melodrama. En realidad, nunca le habían ido mal las cosas.
Dejó las bolsas encima de la mesa y se quitó los zapatos. Estaba cansadísima. Y ahora tenía que vestirse de fiesta y salir con Joy. No le apetecía en absoluto. Tener treinta y tantos años era como volver a la adolescencia. Su cuerpo estaba experimentando extraños cambios, y muchas veces la asaltaban extrañas y a veces vergonzosas necesidades. Como la necesidad de quedarse sola en casa el sábado por la noche, con solo un vídeo y una cinta de Ben y Jerry por compañía.
– Pero si no sales, nunca conocerás a nadie -le reprendía Joy constantemente.
– Claro que salgo. Además, tengo a Ben y Jerry. Son los únicos hombres que necesito.
Pero esta noche tenía que salir, aunque no le gustara. Tenía que ir con Joy a un club de salsa para redactar un artículo sobre las posibilidades de ligar en un sitio como aquel, que iba a aparecer en el primer número de Colleen. Cuando trabajaba para Woman's Place nunca había tenido que hacer cosas así, y a veces, como ahora, añoraba terriblemente su antiguo empleo. Y no solo porque su antiguo empleo nunca la obligó a modificar sus planes del sábado por la noche, sino también porque el trabajo de Woman's Place podía hacerlo dormida, mientras que sus obligaciones en Colleen todavía no estaban del todo claras. Tenía la sensación de que podían pedirle que hiciera cualquier cosa, y vivía con un nudo en el estómago a la espera de que le pidieran que hiciera algo que ella no fuera capaz de hacer. A Ashling le gustaba la seguridad, y de lo único que estaba segura en Colleen era de que no tenía ni idea de lo que iba a pasar a continuación.
¡Era desesperante!
Emocionante, se corrigió. Y sofisticado. Además, era muy divertido trabajar con tanta gente nueva: en su antiguo empleo solo había otros tres empleados fijos. Aunque todos eran un encanto. No había nadie tan difícil como Lisa o Jack Devine. Eso sí, tampoco había nadie tan divertido como Trix o Kelvin, se recordó con firmeza. No era momento para ponerse nostálgica y patética.
Metió una bolsa de palomitas de maíz en el microondas, se tumbó en el sofá, se puso a mirar Cita a ciegas y rezó para que Joy no fuera a buscarla. Había estado jugando con el Hombre Tejón hasta las seis de la mañana, y quizá no se encontrara en forma para salir.
No tuvo suerte.
Aunque Joy estaba más débil de lo habitual.
– Me tomaría una taza de té -dijo cuando llegó-. Con mucho azúcar.
– ¿Tan mal estás?
– Tengo tembleque. Pero ha valido la pena. El Hombre Tejón me vuelve loca, Ashling. Pero dijo que me llamaría hoy y… ¡Oh, no! Esta leche está agria. ¡Mierda! Seguro que estoy embarazada. Dentro de nueve meses daré a luz un bebé tejón.
– No -dijo Ashling mirando la taza, en la que flotaban unos grumos blancos-. Es que está cortada.
Joy abrió la nevera, examinó los cuatro cartones de leche que había dentro y comprobó que los cuatro estaban caducados.
– ¿Qué haces? -preguntó-. ¿Juegas a la ruleta rusa con la leche? ¿O es que quieres montar una fábrica de yogur? Por cierto, ¿has comido algo?
Ashling señaló un cuenco semivacío de palomitas de maíz.
– No hay quien te entienda -comentó Joy-. Eres tan organizada para según qué, y en cambio…
– No se puede ser bueno en todo. Estoy bien equilibrada.
– Deberías cuidarte más.
– ¡Mira quién habla!
– Cogerás escorbuto.
– Tomo vitaminas. Estoy perfectamente. ¿Dónde está Ted?
Ashling apenas había visto a Ted aquella semana. Ahora trabajaban en diferentes barrios, así que él ya no la llevaba en bicicleta al trabajo; pero además, desde el triunfo de la noche de los búhos, Ted se había dedicado a ir probando a todas las chicas que se habían interesado por él. Antes, cuando Ted se pasaba la vida en casa de Ashling quejándose de que no tenía novia, ella estaba harta de él, pero ahora Ashling lo echaba de menos y lamentaba su flamante independencia.
– Lo verás más tarde. Estamos invitadas a una fiesta. Estudiantes de arquitectura. Hay uno que cuenta chistes, así que habrá algunos cómicos. Y donde hay cómicos no puede faltar el Hombre Tejón.
– No sé si me apetece ir -dijo Ashling con cautela-. Sobre todo tratándose de una fiesta de estudiantes.
– Ya veremos lo que hacemos -repuso Joy con soltura; con demasiada soltura. Ashling le lanzó una mirada angustiada-. No puedo creer que me esté maquillando otra vez. ¡Si me acabo de desmaquillar! -dijo Joy mientras se aplicaba el lápiz de labios sin la ayuda de un espejo; luego metió los labios, distribuyendo el carmín con un garbo que Ashling envidiaba-. No te olvides de la cámara.
Cuando bajaron a la calle, Ashling buscó al joven mendigo, pero él y su manta naranja habían desaparecido.
– Mujeres solteras y homosexuales.- Joy catalogó a los asistentes, unas cincuenta personas, de un solo vistazo-. Un desastre, pero ya que estamos aquí, vamos a emborracharnos. ¿Qué presupuesto tenemos?
– ¿Presupuesto?
Joy sacudió la cabeza y suspiró.
Antes de que el club abriera las puertas al público había una hora de clase. El profesor, que se presentó como «Alberto, cubano», era un individuo de lo más anodino. Hasta que empezó a bailar. Sinuoso y ágil, elegante y seguro, de pronto parecía guapísimo. Haciendo piruetas, señalando la postura, girando sobre la parte anterior de la planta del pie, mostró los pasos que los alumnos tendrían que practicar.
– Qué pena de hombre -protestó Joy.
– ¡Shhhh!
A Ashling le encantaba bailar. Pese a no tener cintura, tenía un gran sentido del ritmo, y cuando empezó a sonar de nuevo la alegre y animada música de trompetas y Alberto dijo: «Venga, todos conmigo», ella no se hizo rogar.
Los pasos eran muy sencillos; Ashling, hechizada por las sinuosas caderas de Alberto, se dio cuenta de que lo que importaba era el garbo con que los ejecutaras. La mayoría de los alumnos eran torpes y patosos (sobre todo Joy, a causa de la falta de sueño y la resaca), y Alberto parecía muy afligido por lo mal que lo hacían todos. En cambio, Ashling realizaba los movimientos con soltura.
– Ha sido una idea genial -le dijo a Joy con una radiante sonrisa.
– Vete al cuerno.
– ¡Sonríe a la cámara! Y haz como si bailaras.
Joy dio un par de pasos torciendo los pies mientras Ashling disparaba; luego Joy cogió la cámara.