Después de varios intentos abortados (Molly quería ponerse el sombrero, Craig tuvo que volver a entrar porque se había olvidado el Buzz Lightyear), Clodagh los metió a ambos apresuradamente en el Nissan Micra. En cuanto introdujo la llave en el contacto, Molly gritó:
– ¡Pipí!
– Pero si acabas de hacer uno. -La exasperación de Clodagh estaba agravada por el temor a encontrarse con Flor.
– ¡Más pipí!
Hacía poco tiempo que Molly no llevaba pañales, y la novedad de su recién adquirida habilidad todavía duraba.
– Está bien. Vamos a hacer pipí. -Clodagh la sacó de la sillita del coche y la llevó rápidamente a casa, desconectando previamente la alarma que acababa de conectar.
Como era de esperar, pese a las forzadas muecas y las promesas de «Ya sale» Molly no pudo hacer pipí. Volvieron al coche y por fin consiguieron marcharse.
Después de dejar a Craig en el colegio, Clodagh no sabía adónde ir. Los lunes solía dejar a Molly en la guardería y luego se iba un par de horas al gimnasio. Pero hoy no podía hacerlo. Habían expulsado a Molly una semana por morder a otro niño, y en el gimnasio no había servicio de guardería infantil. Clodagh decidió ir al centro a mirar tiendas hasta que no corriera peligro volviendo a casa. Hacía un día soleado, y madre e hija pasearon lentamente por Grafton Street, deteniéndose, ante la insistencia de Molly, para acariciar el perro de un niño mendigo, admirar un tenderete de flores y bailar al son de un violinista callejero. Los transeúntes sonreían indulgentes a la hermosa Molly, tan mona y graciosa con su gorra de cazador de felpa rosa intentando imitar a los bailarines de Riverdance.
Siguieron paseando, y a Clodagh se le caía la baba mirando a su hija. Molly era tan graciosa, con sus andares de brigada, desfilando con el pecho inflado, deteniéndose para charlar con todos los niños con que se cruzaba. Clodagh admitió, pensativa, que no siempre resultaba fácil ser madre. Pero a veces, como ahora, no cambiaría su vida por nada.
El vendedor de periódicos se quedó mirando sin disimulo a aquella mujer menuda y curvilínea que arrastraba a una niñita.
– ¿Herald? -le ofreció con optimismo.
Clodagh lo miró con pesar.
– ¿Para qué? -explicó-. No tengo tiempo para leer el periódico desde 1996.
– En ese caso no vale la pena que lo compre -coincidió el vendedor de periódicos, admirando el trasero de Clodagh mientras esta se alejaba.
Ella sabía que aquel hombre la estaba observando, y sorprendentemente eso le gustó. Su descarada y pícara mirada le trajo recuerdos de cuando los hombres la miraban siempre de ese modo. Parecía como si de eso hubiera pasado mucho tiempo; tanto que era como si le hubiera ocurrido a otra persona.
Pero ¿qué estaba haciendo? ¿Emocionarse porque un vendedor de periódicos le hacía ojitos?
«Estás casada», se recordó.
«Sí -replicó inmediatamente con ironía-, casada en vida.»
Tardaron una hora y media en llegar al Stephen's Green Centre, paseando tranquilamente, y, si Clodagh no había calculado mal, ya tocaba pelea. En efecto, como Clodagh no quiso comprarle un segundo helado a Molly, a la niña le dio, puntualmente, la madre de todos los berrinches. Parecía estar sufriendo un ataque epiléptico: se tiró al suelo, pataleando, golpeándose la cabeza contra las baldosas, gritando palabrotas. Clodagh intentó levantarla, pero Molly se retorcía como un pulpo. «¡Te odio!», gritaba, y aunque Clodagh estaba muerta de vergüenza, se controló para hablar con voz queda, asegurándole a Molly que si se comía otro helado tendría dolor de barriga, y prometiéndole que si no se levantaba inmediatamente y se portaba como una niña mayor, la mandaría a la cama una hora antes de lo estipulado durante toda la semana.
Pasaron varias madres cargadas de niños, de esas que pegan a sus hijos por turnos sin ningún reparo. «¡Jason (¡paf!), deja en paz a Tatuara! (¡zas!) ¡Zoe! (¡pam!) ¡Si te vuelvo a pillar en Brooklyn te mato! (¡pum!).» Aquellas mujeres se burlaban con sus desdeñosas miradas de los principios liberales de Clodagh. «Lo que necesita esa mocosa es un buen cachete», parecían decir aquellas enteradas de la vieja escuela. «¡A la cama temprano! ¡Menuda chorrada! Si quieres demostrarle quién manda, pégale un buen coscorrón. Ese es el único lenguaje que entienden.»
Clodagh y Dylan habían decidido no pegar nunca a sus hijos. Pero cuando Molly empezó a pegarle patadas a su madre, sin dejar de gritar, Clodagh no pudo evitarlo: levantó a la niña del suelo y le dio una palmada en la pierna. Fue como si de pronto todo Dublín hubiera enmudecido. Aquellas madres versadas en el arte de imponer la autoridad por la fuerza habían desaparecido, y Clodagh se convirtió en el centro de las miradas acusadoras de los transeúntes. Todo el mundo a su alrededor tenía pinta de trabajar en la oficina de Protección del Menor.
Enrojeció de vergüenza. ¿Cómo se le ocurría agredir a una niñita indefensa? ¿Qué le estaba pasando?
– Vamos.
Cogió a la enfurecida Molly de la mano y tiró de ella, abrumada por la marca que su mano había dejado en la tierna piernecita de Molly. Para reparar el daño, Clodagh le compró inmediatamente a Molly el helado por el que se había armado el jaleo, confiando en que así habría paz durante el rato que Molly tardara en comérselo.
Solo que el helado empezó a derretirse, y a Clodagh le pidieron que saliera de la tienda de tejidos cuando Molly rozó cuidadosamente con su cucurucho un rollo de muselina para cortinas, dejando en él una gruesa franja blanca. La mañana se había estropeado, y, mientras le limpiaba la barba de Papá Noel de helado a Molly, Clodagh no pudo evitar pensar que antes la vida tenía más brillo, una especie de resplandor dorado. Ella siempre había afrontado el futuro con optimismo, convencida de que lo que le deparaba sería bueno. Y el futuro nunca la había decepcionado.
Clodagh nunca había sido exageradamente exigente, nunca le había pedido nada imposible a la vida, y siempre había conseguido lo que quería. En teoría todo era perfecto: tenía dos hijos sanos, un buen marido, no tenía preocupaciones económicas. Sin embargo, últimamente todo se había teñido de una monotonía implacable. De hecho, hacía ya tiempo que tenía esa impresión. Intentó recordar cuándo había empezado y, como no pudo, le entró miedo y se puso a sudar. La idea de que aquel modo de pensar cristalizara en algo permanente resultaba aterradora. Ella era, por naturaleza, una persona feliz y sin complicaciones: eso resultaba evidente si se comparaba con la pobre Ashling, que siempre estaba hecha un lío por todo.
Pero algo había cambiado. No hacía mucho tiempo, Clodagh estaba llena de esperanza y optimismo. ¿Qué había pasado? ¿Qué había salido mal?
14
– ¿Diez Lilt o Purdeys? -reflexionó Ashling-. No lo sé.
– Pues decídete rápido -dijo Trix con el bolígrafo suspendido sobre la libreta de espiral-. Si no te das prisa van a cerrar la tienda.
Aunque llevaban menos de dos semanas trabajando juntos, el equipo de Colleen ya había establecido una rutina. Dos veces al día bajaban a la tienda, por la mañana y por la tarde. Independientemente de la incursión de la hora de comer y la incursión para remediar las resacas.
– Oh, oh… -dijo Trix-. Ya viene Heathcliff.
Jack Devine entró a grandes zancadas en la oficina, despeinado y con gesto atribulado.
– No sé, no me decido -se lamentó Ashling sin saber qué bebida elegir.
– Pues claro que no te decides -le espetó Jack sin detenerse-. ¡Eres una mujer!
Cerró la puerta de su despacho de un portazo. Los compañeros de Ashling sacudieron la cabeza, solidarizándose con ella.