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Jack no tuvo más remedio que sacudir la cabeza. No estaban empezando; ambos lo sabían. Antes de que llegara el personal de dirección de Colleen, Margie se había pasado más de un mes haciendo trabajos de preproducción: los anunciantes interesados habían tenido tiempo de sobra para contratar espacio para publicidad. Lisa se sentía humillada. Quería que aquel hombre la respetara y deseara, y en cambio no tendría más opción que considerarla una fracasada.

– Pero ¿es que no saben…? -dijo sin poder contenerse.

– No saben ¿qué?

Intentó replantear la pregunta, pero no pudo.

– ¿No saben que yo soy la directora?

– Tu nombre tiene mucho peso -comentó Jack con diplomacia, y Lisa se tranquilizó un poco al ver lo mal que también lo estaba pasando él-. Pero el mercado es nuevo, el público es nuevo, no hay trayectoria…

– Me habías dicho que Margie era un rottweiler. Que era capaz de convencer a Dios para que pusiera un anuncio. -En caso de duda, lo mejor era culpar a otra persona. Aquel era un lema que a Lisa siempre le había funcionado en su carrera.

– Margie es una fiera vendiendo publicidad a las empresas irlandesas. Pero la oficina de Londres está trabajando con empresas de cosmética y de moda internacionales: ¿Cómo estamos? ¿Qué artículos tenemos preparados? Tenemos que lanzarle un par de huesos a la oficina de Londres, para que ellos se los enseñen a los anunciantes en potencia.

Lisa adoptó una máscara de impasibilidad mientras rebuscaba en su mente. ¡Artículos preparados! No llevaba ni dos semanas en aquel maldito empleo, la habían metido en un berenjenal) y estaba en un país que no conocía. Se había dejado la piel intentando controlar la situación, ¡y ya querían saber qué artículos tenía preparados!

– Aunque sea por encima -añadió Jack con desgarradora sutileza-. Perdona que te haga esto.

– ¿Por qué no vamos todos a la sala de juntas y celebramos una reunión de análisis? -propuso Lisa, que notaba un ligero temblor en las piernas.

Y pensar que todo el mundo creía que dirigir una revista era un trabajo de lo más sofisticado. Era un trabajo aterrador que te producía insomnio, en el que nunca había un respiro, y en el que nunca podías estar seguro de nada. Se trataba únicamente de hacer que te salieran los números cada mes. Y en cuanto lo habías conseguido, tras pasar unos nervios de muerte y quedar agotado, tenías que volver a empezar desde cero. Eras un vendedor con pretensiones, sencillamente. En un intento de demostrar dinamismo, salió del despacho de Jack, pero tenía las piernas entumecidas y el bigote perlado de sudor.

– ¡Todos a la sala de juntas! ¡Ahora mismo!

Los que no trabajaban en Colleen rieron por lo bajo, felices de haberse librado de una bronca.

– Muy bien. -Lisa ganó un poco de tiempo recorriendo la mesa de la sala de juntas con una sonrisa aterradora-. A Jack y a mí nos gustaría que nos explicarais qué habéis hecho estas dos semanas. ¿Ashling?

– He enviado comunicados de prensa a todas las casas de diseño y…

– ¿Comunicados de prensa? -repitió Lisa con sarcasmo-. ¿No da para nada más tu talento ilimitado?

Trix, Gerry y Bernard, conscientes de sus deberes, soltaron una risita.

– ¿Acaso van a pagar nuestros clientes dos libras cincuenta para leer los comunicados de prensa de Colleen? ¡Artículos, Ashling! ¡Estoy hablando de artículos! ¿Qué tienes?

Apabullada por aquella agresividad, Ashling presentó su informe sobre el club de salsa. Mientras describía la clase, al profesor y a los otros alumnos, Lisa se relajó un poco. Aquello ya estaba mejor. Animada por los movimientos afirmativos que Lisa iba haciendo con la cabeza, Ashling describió el ambiente que había en el club después de la clase.

– Era fantástico. Bailaban a la antigua, con mucho contacto físico. La verdad es que era muy… -Vaciló un momento; no estaba segura de que fuera oportuno utilizar aquella palabra estando presente Jack Devine. Jack la hacía sentir tremendamente incómoda-. Muy sexy -se decidió por fin.

– ¿Y el factor romance? -preguntó Lisa centrando el tema-. ¿Conociste a algún chico?

Ashling se moría de vergüenza, pero admitió:

– Bueno, bailé con uno…

Los demás se pusieron a chillar, peleándose por conseguir más detalles, mientras Jack Devine observaba a Ashling con los ojos entrecerrados.

– Solo fue un baile -protestó Ashling-. Ni siquiera me preguntó cómo me llamaba.

– Hiciste fotografías del club -dijo Lisa. No era una pregunta. Ashling asintió, y Lisa añadió- Haremos un artículo a cuatro páginas. Dos mil palabras, cuanto antes. Que sea distraído.

Un sudor frío se apoderó de Ashling; habría dado cualquier cosa por seguir trabajando en Woman's Place. Ella no sabía escribir. Su punto fuerte era el trabajo aburrido; era muy buena en eso, y esa era una de las razones por las que Co/leen la había contratado. ¿No podía escribirlo Mercedes, o algún colaborador freelance?

– ¿Algún problema? -preguntó Lisa torciendo la boca con sarcasmo.

– No -susurró Ashling. Pero se le retorcieron las tripas de angustia, y se dio cuenta de que estaba con el agua al cuello. Tendría que pedirle ayuda a Joy. O quizá a Ted: él tenía que redactar muchos informes para su trabajo en el Ministerio de Agricultura.

El siguiente punto del orden del día era la columna de Trix sobre la vida de una chica corriente. El primer artículo versaba sobre los peligros de la infidelidad. Sobre lo comprometido que era estar en la cama con un novio y que otro llamara a la puerta de tu casa y que tu madre lo dejara entrar. Era divertido, escandaloso y completamente verídico.

– Madre mía, Patricia Quinn -dijo Jack sacudiendo la cabeza, admirado-. Ahora me doy cuenta de que siempre he vivido protegido de la realidad de la vida.

– No se lo recomiendo a nadie -exclamó Trix-. Aquel desgraciado con mi madre en el salón, mirando Heartbeat, y yo atrapada en el dormitorio con el otro, inventándome excusas para no salir. Envejecí diez años.

– Entonces, ¿con cuántos te quedaste? ¿Con veinticinco? -dijo Jack riendo abiertamente.

Ashling lo miró con asombro y frustración. «¿Por qué siempre es tan antipático conmigo? -pensó-. ¿Por qué a mí nunca me ríe las gracias?» Llegó a la conclusión de que a lo mejor se trataba sencillamente de que ella no era graciosa; entonces se fijó en el rostro de Lisa. Una determinación que brillaba con luz tenue y una profunda admiración. Ashling se dio cuenta de que a Lisa le gustaba Jack, y se le hizo un nudo en el estómago. Si había alguien capaz de apartar a Jack Devine de la exótica Mai, esa era Lisa. ¿Cómo sentía una mujer que detentaba ese poder?

A continuación Lisa expuso el proyecto de un artículo que se le acababa de ocurrir. Un recorrido por las camas de hotel más sexy de Irlanda. Clasificadas según la frescura de las sábanas, la firmeza del colchón, el espacio para follar, y el «factor esposas» (lo mejor eran los cabeceros de hierro forjado o los postes de las camas con dosel).

– ¡Ostras! No sé cuánto te pagan, pero desde luego lo vales -comentó Trix con admiración.

– ¿Y tú, Mercedes? -prosiguió Lisa.

– El viernes vamos a Donegal para fotografiar en exclusiva la colección de invierno de Frieda Kiely -contestó Mercedes con aire de suficiencia-. Hemos calculado que saldrán unas doce páginas.

Frieda Kiely era una diseñadora irlandesa que vendía mucho en el extranjero. Sus creaciones eran magníficas, muy originales: mezclaba el rugoso tweed irlandés con el más liviano chiffón; el lino del Ulster con parches de seda tejida al crochet; mangas de punto que llegaban hasta el suelo. El resultado era romántico y atrevido. Demasiado atrevido para el gusto de Lisa. Puestos a pagar aquellos precios (cosa que ella jamás haría, por supuesto), prefería las líneas elegantes del señor Gucci.

– ¿No podríamos incluir una entrevista con la diseñadora? -sugirió Lisa.

Mercedes rió y dijo: