– Qué va. Está completamente chiflada. Solo dice tonterías.
– Precisamente por eso -le espetó Lisa-. Podría resultar una lectura interesante.
– No te imaginas cómo es esa mujer…
– Vamos a presentar su colección de invierno; lo mínimo que puede hacer es contarnos lo que toma para desayunar.
– Es que…
– Sorpréndeme -dijo Lisa con chispa, parodiando a Calvin Carteo. Quizá Mercedes lo hubiera encontrado gracioso, de haberlo sabido, pero como no lo sabía, se limitó a lanzarle una breve mirada de odio a su jefa.
– ¿Cómo va la portada? -preguntó Jack a Gerry.
Lisa los miró con inquietud. Gerry era tan callado que ella no le hacía ningún caso, de modo que no tenía ni idea de si era bueno en su trabajo. Pero Gerry sacó varios proyectos de portada: tres chicas diferentes recubiertas de texto en diferentes tipos de letra. El tono que había conseguido era considerablemente sexy y divertido.
– Excelente -dijo Jack. Luego miró a Lisa y añadió-: Y ¿qué tal va la columna del famoso?
– Estoy en ello -respondió Lisa sonriendo con soltura. Ni Bono ni The Coros habían contestado sus llamadas-. Pero tengo algo más interesante. Aunque nuestra revista es femenina y nuestro público lo forman en un noventa por ciento mujeres, creo que sería oportuno que Colleen tuviera una columna escrita por un hombre.
Un momento, pensó Ashling, anonadada. Eso fue idea mía… Intentó articular algunos oh y ah, mientras Lisa continuaba hablando alegremente.
– Hay un cómico de micrófono que, según tengo entendido, está a punto de convertirse en una estrella. El caso es que se niega a hacer nada para una revista femenina, pero voy a convencerlo para que ceda.
Zorra, pensó Ashling. ¿Nadie se había dado cuenta?
– Yo… -consiguió decir Ashling al fin.
– ¿Qué? -saltó Lisa, mirándola con aquellos aterradores ojos grises, fríos y duros como canicas.
– Nada -balbuceó Ashling, pues no se le daba nada bien hacer valer sus derechos.
– Será un golpe maestro -añadió Lisa sonriendo a Jack.
– ¿Quién es él?
– Marcus Valentina.
– ¿En serio? Jack estaba muy animado.
– ¿Qui-quién? -preguntó Ashling, que todavía no se había recuperado del primer golpe.
– Marcus Valentina -repitió Lisa con impaciencia-. ¿Has oído hablar de él?
Ashling asintió con la cabeza. Jamás se le habría ocurrido pensar que aquel tipo lleno de pecas estuviera «a punto de convertirse en una estrella». Lisa debía de haberse equivocado. Pero parecía tan segura de lo que decía…
– Actúa el sábado por la noche en un local que se llama River Club -prosiguió Lisa-. Iremos tú y yo, Ashling.
– ¿En el River Club? -Ashling se había quedado casi tan ronca como Trix-. ¿El sábado por la noche?
– Sí -confirmó Lisa, exasperada.
– Mi amigo Ted también actúa allí el sábado -se oyó decir Ashling.
Lisa la miró entrecerrando los ojos.
– ¡No me digas! Estupendo. Así nos lo presentará después de la función.
– Suerte que no tenía ningún plan para el sábado por la noche -comentó Ashling, sorprendiéndose a sí misma con aquella pizca de rebeldía.
– Exacto -coincidió Lisa fríamente-. Suerte.
Mientras todos salían en fila de la sala de juntas, Lisa miró a Jack y le preguntó:
– ¿Qué? ¿Estás contento?
– Eres increíble -dijo él con toda sinceridad-. De verdad. Muchas gracias. Se lo explicaré a la gente de Londres.
– ¿Cuándo lo sabremos?
– Seguramente no antes de la semana que viene. Pero no te preocupes, has tenido unas ideas geniales; supongo que todo irá bien. ¿Te va bien que quedemos a las seis para ir a ver la casa?
Ashling volvió a su mesa dolida y furiosa por la injusticia de que había sido víctima. No volvería a ser amable con aquella zorra. Y pensar que había sentido lástima de ella, por estar sola en un país extranjero. Había intentado perdonarle a Lisa sus continuos y malvados desaires achacándolos a que debía de estar asustada y deprimida. Le avergonzaba reconocerlo, pero a veces Ashling hasta se había reído por lo bajo cuando Lisa insinuaba que Dervla estaba gorda, que Mercedes era peluda, que Shauna Griffin era retrasada mental, o ella misma una pesada. Pero ahora, por ella, Lisa Edwards podría morirse de soledad.
Pegado en su salvapantallas de George Clooney había un post-it con el mensaje de que la había llamado «Dillon». Lo despegó, y la pantalla del ordenador hizo un chisporroteo de electricidad estática. ¿Verdad que no estaban en octubre? Dylan llamaba a Ashling dos veces al año: en octubre y diciembre, para preguntarle qué podía regalarle a Clodagh por su cumpleaños y por Navidades.
Ahhling lo llamó.
– Hola, Ashling. ¿Podemos ir a tomar algo mañana después del trabajo?
– Lo siento, no puedo. Tengo que escribir un artículo muy difícil. Tendrá que ser otro día. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
– Nada. Bueno, ya veremos. Tengo que ir a un congreso y estaré unos días fuera. Ya te llamaré cuando vuelva.
15
A las seis y diez Jack se acercó a la mesa de Lisa.
– ¿Estás, Lisa? -le preguntó.
Bajo la silenciosa mirada de sus colegas, ávidos de cotilleo, salieron de la oficina y bajaron al aparcamiento en ascensor.
En cuanto se metieron en el coche, Jack se quitó la corbata y la tiró al asiento trasero; luego se desabrochó los primeros botones de la camisa.
– Así está mejor -dijo, aliviado-. Ponte cómoda -añadió-. Quítate lo que quieras. -Terminó la frase bruscamente, y a continuación hubo un violento silencio. Estaba tan abochornado que Lisa casi percibía su calor-. Perdona -balbució con gravedad-. No quería decir eso.
Se pasó la mano, nervioso, por el desordenado cabello, levantando unas sedosas puntas del flequillo que volvieron a caer rápidamente sobre su frente.
– No pasa nada.
Lisa sonrió- educadamente, pero se le erizó el vello de la nuca. Se imaginó desnudándose en el coche de Jack, con los oscuros ojos de él sobre su cuerpo, y el frescor de los asientos de piel contra su piel caliente, y se estremeció de emoción. Se mordió el labio con determinación y se propuso conseguir que aquella fantasía se hiciera realidad.
Tras un conveniente período de recuperación, y cuando ya circulaban por las calles de Dublín, Jack dijo:
– Bueno, te cuento. Resulta que Brendan se va a trabajar a Estados Unidos. Tiene un contrato de dieciocho meses que quizá se amplíe, así que al menos podrías ocupar su casa durante un año y medio. Después ya veremos lo que pasa.
Lisa asintió sin comprometerse. No importaba, porque ella no pensaba seguir en Dublín pasado un año y medio.
– Está por South Circular Road, una zona muy céntrica -le aseguró Jack-. Es un barrio de la ciudad que conserva mucho carácter. Todavía no está saturado de yuppies.
El ánimo de Lisa inició un leve descenso. Ella se moría de ganas de vivir en un barrio saturado de yuppies.
– Se respira un ambiente muy familiar.
Lisa no quería saber nada de ambientes familiares. Quería estar rodeada de otros solteros y tropezar a cada momento con hombres atractivos en el Tesco Metro del barrio comprando Kettle Chips y Chardonnay. Miró, desanimada, las manos de Jack sobre el volante, y la seguridad con que acariciaban el cuero suavizó un tanto su amargura.
Jack se desvió por una calle secundaria, y luego por otra aún más estrecha.
– Es aquí -anunció señalando a través del parabrisas.
Era una casita de ladrillo rojo. Lisa le echó un vistazo y no le gustó nada. A ella le gustaban las casas modernas y frescas, amplias y aireadas. Aquella casa, en cambio, prometía habitaciones oscuras, cañerías viejas y una cocina poco higiénica con un espantoso fregadero estilo Belfast.
Bajó del coche a regañadientes.
Jack fue hacia la casa, metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y se apartó para dejar entrar a Lisa. Tuvo que agachar la cabeza al pasar por el umbral.