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– Pues puedes instalarte aquí cuando quieras -ofreció Jack.

Se levantó y, nervioso, empezó a agitar las monedas que llevaba en los bolsillos del pantalón, un gesto que Lisa conocía muy bien. Era lo que hacían los hombres cuando intentaban reunir valor para invitarla a una copa. Vio aquella lucha interna reflejada en los ojos de él, y se fijó en que tenía el cuerpo en tensión, como a punto de abalanzarse sobre algo.

«Venga, no te cortes», pensó.

De pronto los ojos de Jack se vaciaron, y toda la tensión desapareció de sus músculos.

– Te acompaño al hotel -dijo.

Lisa lo entendió. Notaba que él se sentía atraído por ella, y notaba también sus reservas. Además de trabajar juntos, él salía con una chica. No importaba. Pensaba trabajárselo hasta anular todos sus reparos. Sería divertido: hacer que Jack se enamorara de ella la ayudaría a olvidar las penas.

– Gracias por ayudarme -dijo sonriéndole con dulzura.

– Ha sido un placer. Y no dudes en pedirme cualquier cosa que necesites. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para que te encuentres cómoda en Irlanda.

– Gracias. -Volvió a sonreírle con coquetería.

– Tienes demasiado trabajo y eres demasiado importante para Colleen para perder el tiempo visitando pisos.

Vaya, se dijo ella. Acurrucada en la butaca de la habitación del hotel, Lisa encendió un cigarrillo y se puso a mirar por la ventana, que daba a Harcourt Street. Estaba un poco preocupada. Muy poco, pero por poco que fuera ya resultaba sorprendente. Se trataba de la pesada de Ashling. Se había quedado parada al ver que Lisa le había robado la idea, y ahora ella tenía una pizca de mala conciencia.

Bueno, mala suerte; así era la vida. Por eso Lisa era la directora y Ashling una simple mandada. Además, Lisa se había asustado muchísimo cuando Jack le explicó lo que estaba pasando con la publicidad. El miedo la volvía traidora y despiadada.

De momento aquel atenazante terror inicial había remitido un poco. Lisa había adoptado una postura de optimismo prepotente, encerrándose en una burbuja de esperanza desde la que parecía factible generar toda la publicidad que necesitaban. Con todo, lo cierto es que era Lisa la que se la jugaba. Si la revista se estrellaba, no era a Ashling a quien iban a pelar, sino a Lisa. Era así de sencillo. De acuerdo, todo el mundo la tomaba por una bruja, pero ellos no tenían ni idea de la presión que ella tenía que soportar.

Lisa suspiró largamente y exhaló el humo. El recuerdo de la expresión de perplejidad de Ashling la perseguía y la hacía sentirse un poco guarra.

Ella siempre había sabido controlar sus emociones. Siempre le había resultado fácil supeditarlas a un fin superior, el del trabajo. Más le valía retomar el control.

16

Cada día llegaban con el correo invitaciones para lanzamientos (desde nuevas sombras para ojos hasta inauguraciones de tiendas), y Lisa y Mercedes se las repartían sin misericordia. Lisa, como directora, tenía el privilegio de la primera opción. Pero Mercedes, como editora de moda y belleza, también tenía derecho a asistir a un buen número de aquellas presentaciones. Ashling, que interpretaba el papel de Cenicienta, se quedaba para atender la oficina, y Trix estaba demasiado abajo en la cadena alimenticia para aspirar siquiera a una de aquellas invitaciones.

– ¿En qué consiste una fiesta publicitaria? -le preguntó Trix a Lisa.

– Pues mira, te encuentras a un montón de periodistas y unos cuantos famosos -explicó-. Hablas con la gente importante y escuchas la presentación del producto.

– Háblame de esa a la que vas a ir hoy.

Una tienda que se llamaba Morocco abría su primera sucursal en Irlanda. A Lisa le interesaba un pimiento, pues llevaba muchos años abierta en Londres, pero le estaban dando mucho bombo a la inauguración. Tara Palmer Tompkinson iba a desplazarse desde Londres para la fiesta, que se celebraría en el hotel Fitzwilliam, un establecimiento con esplendor inspirado en el Royalton.

– ¿Os darán de comer? -preguntó Trix.

– Suelen darte algo. Canapés, champán…

En realidad Lisa confiaba en que hubiera comida, porque había iniciado un nuevo programa de alimentación: había abandonado el régimen Siete Enanitos y se había pasado al régimen Publicidad. Podía comer y beber cuanto quisiera, pero solo en las fiestas publicitarias. Lisa sabía lo importante que era estar delgada, pero se resistía a convertirse en una esclava de los regímenes de adelgazamiento. Su táctica consistía en incorporar insólitas limitaciones y recompensas a su relación con la comida, con lo cual mantenía viva la motivación.

– ¡Champán! -La emoción agravó la ronquera de Trix, que hablaba como don Corleone.

– Eso, si no son unos muertos de hambre. Y si lo son, no les haces publicidad en la revista. En ese caso recoges el regalo y te largas.

– ¡Un regalo! -El rostro de Trix se iluminó ante la mención de algo gratis. Algo que no tuviera que molestarse en robar-. ¿Qué clase de regalo?

– Depende. -Lisa hizo un mohín de hastío-. Si se trata de una empresa de cosmética, generalmente te dan una selección de los productos de maquillaje de la nueva temporada.

Trix chilló de emoción.

– Si es una tienda como Morocco, quizá un bolso…

– ¡Un bolso! -Hacía años que Trix no conseguía un bolso gratis. Desde que empezaron a ponerles etiquetas electrónicas.

– O una camiseta.

– ¡Ostras! ¡Ostras! -exclamó Trix-. ¡Qué suerte tienes!

Tras una larga pausa, y tras reflexionar concienzudamente, Trix sugirió con tono exageradamente inocente:

– ¿Sabes qué? Tendrías que llevarte a Ashling. -La jerarquía de la oficina era tan estricta que Trix no tendría ocasión de ir a una de aquellas fiestas hasta que lo hubiera hecho Ashling-. Es tu directora adjunta. Le conviene saber cómo comportarse, por si algún día te pones enferma.

– Es que…

Mercedes no pudo disimular su inquietud ante la sugerencia de que otra persona se colara en aquel territorio sagrado. No había barras de pintalabios gratis para todos.

La palpable alarma de Mercedes, combinada con los restos de remordimientos por lo ocurrido con Ashling, hizo que a Lisa le resultara más fácil tomar una decisión:

– Muy buena idea, Trix -dijo-. Ashling, esta tarde me acompañas. Bueno -añadió con falsedad-, suponiendo que quieras venir.

Ashling nunca había sido una persona rencorosa, sobre todo cuando había regalos por medio.

– ¿Si quiero ir contigo? -exclamó a su pesar-. Pues claro que quiero. Será un placer.

Lisa comió en el Clarence con una escritora de éxito a la que quería convencer de que escribiera una columna en la revista. Fue una gran victoria. La autora accedió a escribir la columna a un precio tirado, a cambio de que Lisa hiciera propaganda de sus libros; pero además Lisa salió casi indemne de la comida. Aunque no paró de mover el tenedor por el plato, lo único que comió fue un tomate cherry y un bocado de pollo de granja.

Regresó triunfante a la oficina, y estaba revisando su correo cuando Ashling se acercó a su mesa, con el bolso y la chaqueta en la mano.

– Lisa -dijo nerviosa-, son las dos y media y la invitación es para las tres. ¿Nos vamos?

Lisa soltó una risotada sarcástica.

– Regla número uno -repuso-: nunca seas puntual. ¡Es básico! Eres demasiado importante.

– Ah, ¿sí?

– Tienes que hacerlo ver.

Lisa siguió repasando su montón de comunicados de prensa. Pero al cabo de un rato levantó la cabeza y se dio cuenta de que Ashling la miraba fijamente y con avidez.

– ¡Esto me pasa por hablar demasiado! -exclamó Lisa, arrepentida de haber invitado a Ashling.

– Lo siento. Es que me da miedo que ya no haya nada.