– Que no haya ¿qué?
– Canapés, bolsas de regalos…
– No pienso marcharme hasta las tres, así que no vuelvas a preguntármelo.
A las tres y cuarto cogió su bolso Miu Miu de debajo de la mesa y le dijo a la temblorosa Ashling:
– ¡Nos vamos!
Cogieron un taxi, pero las calles estaban tan embotelladas que hasta Lisa empezó a temerse que ya no quedaran canapés ni bolsas de regalos.
– Y ahora, ¿qué pasa? -preguntó, enojada, al ver que un policía levantaba una rolliza mano indicándoles que se detuvieran.
– Patos -dijo el taxista, lacónico.
Lisa supuso que «patos» debía de ser otra palabrota del habla local de Dublín, pero entonces Ashling exclamó:
– ¡Mira, mira! ¡Patos!
Pero ¿qué es esto?, se dijo Lisa al ver que una mamá pato cruzaba la calle tan campante con sus seis patitos siguiéndola en fila. Dos policías detenían el tráfico de ambas direcciones para garantizar la seguridad de la familia de ánades. ¡No daba crédito a sus ojos!
– Ocurre cada año. -A Ashling se le había iluminado la cara-. Los patos salen del cascarón en el canal, y cuando han crecido lo suficiente bajan al lago de Stephen's Green.
– Centenares de patos. Colapsan completamente el tráfico. Son un verdadero engorro -aportó el taxista con cariño.
«Maldita ciudad», pensó Lisa.
Cuando se apearon frente al hotel Fitzwilliam, el día se había puesto nublado y fresquito, y la breve ola de calor de la semana anterior no era más que un lejano recuerdo.
Una pierna depilada no hace verano, pensó Ashling con tristeza. Había vuelto a ponerse pantalones largos y guardado la larga falda de verano que se había puesto el día anterior. De pronto se olvidó del clima y, extasiada, le dio un codazo a Lisa.
– ¡Mira! Es esa mujer, ¿cómo se llama? Tara Palmtree Yokiemedoodle, ¿no?
Sí, era Tara Palmtree Yokiemedoodle; andaba de aquí para allá pavoneándose por la acera del hotel, rodeada de una multitud de periodistas que la fotografiaban frenéticamente.
– Enséñanos un poco de pierna, Tara, sé buena -le gritaban.
Ashling se dirigió hacia la calzada para rodear al grupo de fotógrafos, pero Lisa se metió, decidida, entre ellos.
– ¿Quién es esa? -oyó Ashling.
– ¡Tara, querida! ¡Cuánto tiempo sin verte! -exclamó Lisa.
Venciendo la resistencia de Tara, le plantó un par de besos y se colocó a su lado mirando hacia las cámaras.
Los fotógrafos interrumpieron momentáneamente el bombardeo; luego enfocaron a aquella mujer de tez bronceada y cabello color caramelo que posaba con una mejilla pegada a la de Tara y siguieron disparando con renovado entusiasmo.
– Lisa Edwards, directora de la revista Colleen. -Lisa se paseaba entre los fotógrafos, informándolos-. Lisa Edwards. Lisa Edwards. Tara y yo somos viejas amigas.
– ¿De qué conoces a Tara Palmtree? -preguntó Ashling, impresionada, cuando Lisa volvió junto a ella, que se había quedado al margen completamente ignorada por los periodistas.
– De nada -confesó Lisa esbozando una sonrisa pícara-. Regla número dos: nunca dejes que la verdad estropee una buena historia.
Lisa entró majestuosamente en el hotel, y Ashling la siguió. Se les acercaron dos atractivos jóvenes que las saludaron y le quitaron la chaqueta a Ashling. Pero Lisa no soltó la suya.
– Permite que te recuerde la regla número tres -murmuró, irascible, mientras caminaba hacia el salón donde se celebraba la recepción-. Nunca hay que quitarse la chaqueta. Tienes que causar la impresión de que estás muy ocupada y solo has pasado un momento porque tienes cosas más interesantes que hacer ahí fuera.
– Lo siento -se disculpó Ashling humildemente-. No me he dado cuenta.
Entraron en el salón, donde una mujer de extrema delgadez ataviada de pies a cabeza con prendas de la colección de verano de Morocco les preguntó quiénes eran y les hizo firmar en un libro de visitas.
Lisa garabateó cuatro letras y le pasó el bolígrafo a Ashling, que estaba radiante.
– ¿Yo también? -chilló, emocionada.
Lisa frunció los labios y sacudió la cabeza a modo de advertencia. «¡Tranquilízate!», se dijo.
– Lo siento -susurró Ashling; cogió el bolígrafo y, con su mejor letra, escribió: «Ashling Kennedy, directora adjunta, revista Colleen».
Lisa pasó una cuidada uña por la lista de nombres.
– Regla número cuatro, que ya debes de conocer -dijo-: revisa el libro de visitas y entérate de quién hay.
– Para saber a quién tenemos que saludar -dijo Ashling, demostrando que lo había entendido.
Lisa la miró como si Ashling estuviera completamente loca.
– ¡No! ¡Para saber a quién tenemos que evitar!
– Y ¿a quién tendríamos que evitar?
Lisa recorrió con una mirada despreciativa la sala llena de personal de revistas rivales.
– A casi todo el mundo.
Pero Ashling ya debería saber todo aquello, y Lisa acababa de comprender que su directora adjunta no tenía ni idea de cómo comportarse en una situación así. Muy alarmada, le susurró:
– No me digas que nunca habías estado en una fiesta publicitaria. ¿No trabajabas para Wonzan's Place?
– Sí, pero no recibíamos muchas invitaciones -se justificó Ashling-. Y menos para reuniones tan elegantes como esta. Supongo que nuestras lectoras eran demasiado mayores. Y cuando nos invitaban a la presentación de un nuevo modelo de bolsa de colostomía, o de un proyecto de viviendas vigiladas para ancianos, casi siempre era Sally Healy la que iba.
Lo que Ashling no dijo era que Sally Healy era una mujer regordeta y maternal, cariñosa y simpática con todo el mundo. No tenía ni el espíritu competitivo ni las extrañas y agresivas reglas de Lisa.
– Mira a aquel de allí… -Ashling, atemorizada, señaló a un individuo alto que parecía un muñeco Ken-. Es Marty Hunter, un presentador de televisión.
– Déjá vu -repuso Lisa con desdén-. Lo vi ayer en la fiesta de Bailey y el lunes en la de MaxMara.
Las palabras de Lisa sumieron a Ashling en un afligido silencio. Había depositado grandes esperanzas en aquel evento. Quería guiar y ayudar a Lisa para demostrarle que la necesitaba. Y había creído que se ganaría el respeto de Lisa con su indispensable conocimiento de los famosos de Irlanda, un conocimiento que Lisa, por ser inglesa, no podía aspirar a tener. Pero Lisa estaba muy por delante de ella, ya estaba enterada de quién era quién en el mundillo de los famosos y parecía molesta por los torpes intentos de Ashling por ayudarla.
Una camarera que deambulaba por allí se paró a su lado y les ofreció una bandeja. La comida era de temática marroquí: cuscús, salchichas Merguez, canapés de cordero. Curiosamente, para beber ofrecían vodka; eso no era demasiado marroquí, pero a Lisa no le importó. Comió lo que pudo, pero no se atracó, porque no paraba de hablar con gente, con Ashling pisándole los talones. Lisa se movía por el salón como una profesional, con energía y encanto; aun así, no se llevó grandes sorpresas.
– Lo mismo de siempre -le susurró a Ashling-. Un montón de pardillos. Estos desgraciados asistirían a la inauguración de una lata de judías. Lo cual nos lleva a la regla número cinco: aprovéchate de que todavía llevas la chaqueta puesta y utilízalo como excusa para huir. Si alguien te da demasiado la lata, puedes decir que tienes que ir al lavabo.
En el salón había unas cuantas modelos con ojos de gacela y cuerpos aún por formar, vestidas con ropa de Morocco. De vez en cuando una azafata colocaba a una de aquellas modelos enfrente de Ashling y Lisa, para que ellas expresaran su admiración con las pertinentes exclamaciones. Ashling, muerta de vergüenza, hacía lo que podía, pero Lisa ni siquiera las miraba.
– Podría ser peor -le confió después de que otra de aquellas adolescentes se contoneara un rato delante de ellas y luego se marchara-. Al menos no son trajes de baño. Eso me pasó en Londres, en una cena servida en mesas. Pretendían que comiera mientras seis chicas me metían el trasero y las tetas en el plato. ¡Puaj!