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– ¿Qué te pasa en el ojo? -preguntó Ashling-. Pareces el personaje ese de La naranja mecánica.

Clodagh, asustada, rebuscó un espejito en su bolso. Mientras lo hacía, se le cayó un Petit Filous de Molly.

– Toma. -Ashling se le había adelantado con el espejito.

– Es el maquillaje -comprendió Clodagh tras examinarse brevemente-. Solo me he pintado un ojo. Craig ha visto cómo me maquillaba; me ha pedido que le pintara los ojos, y yo me he olvidado de pintarme el otro… ¡Dylan podría haberme avisado! ¿Ves cómo ya ni siquiera me mira?

Cuando Clodagh mencionó a Dylan, Ashling se sintió incómoda. Había quedado con él para tomar una copa el lunes por la noche, pero no se atrevía a mencionárselo a Clodagh. Por otra parte, tampoco le hacía gracia ocultárselo. Pero decidió que lo mejor era no decir nada hasta que supiera de qué se trataba. A lo mejor Dylan estaba planeando unas vacaciones sorpresa para Clodagh. No sería la primera vez.

– Toma, usa esto. -Ashling sacó un delineador de ojos y un tubo de rímel de su bolso.

– Lo que no tengas tú… -comentó Clodagh-. ¡Ostras! ¡Rímel Chanel! ¿Desde cuándo compras rímel Chanel?

Ashling sonrió con orgullo y un tanto abochornada.

– Lo he conseguido gratis. El trabajo nuevo, ya sabes…

Clodagh se quedó paralizada un instante. Tragó saliva y le dio la impresión de que Ashling había oído el ruido de su glotis.

– ¿Gratis? ¿Cómo?

Ashling le contó una embrollada historia sobre una tal Mercedes que se había ido a Donegal y una tal Lisa que había ido a una comida benéfica para establecer vínculos con la gente pija de Dublín y una tal Trix a la que no dejaban salir de la oficina porque parecía una Spice Girl, y sobre cómo Ashling había tenido que representar a Colleen en la presentación de otoño de Chanel.

– Y cuando me marchaba me regalaron una bolsa con productos de la marca.

– Es fantástico -dijo Clodagh fingiendo entusiasmo. Miró la radiante sonrisa de Ashling: sí, era fantástico, verdaderamente. Pero ¿qué había sido de todas las promesas de su vida?

– Venga -la instó Ashling-. Vamos a gastar.

– ¿Por dónde empezamos?

– Por Jigsaw. Mis pantalones mágicos superadelgazantes están un poco gastados, y me gustaría comprarme otros iguales… Aunque no creo que los encuentre -admitió con pesar.

– ¿Por qué? ¿Tu horóscopo de hoy no te anunciaba un buen día? -bromeó Clodagh.

– Pues mira, sabihonda, ahora que lo dices, no estaba mal, pero no tiene nada que ver con eso. En cuanto encuentro un modelo que me gusta, van y lo retiran de los colgadores. ¡Antes de que me haya dado cuenta ya han dejado de fabricarlo!

Fueron de tienda en tienda; mientras Ashling se probaba un montón de pantalones que no acababan de gustarle, Clodagh curioseaba por un universo paralelo de ropa. No se imaginaba poniéndose nada de todo aquello.

– ¡Mira qué vestidos tan cortos! -exclamó, y al punto se tapó la boca con la mano. ¿He sido yo la que ha dicho eso?

– Tiene gracia que lo digas. Y pensar que hubo un tiempo en que te ponías una funda de almohadón de falda.

– ¿En serio?

– Pero si no son vestidos. -Ashling acababa de fijarse en las prendas que Clodagh estaba mirando-. Son casacas. Para llevar con pantalones.

– No tengo ni idea -admitió Clodagh con tristeza-. Sin que te des cuenta, de repente lo que te interesa de una prenda es que disimule bien las manchas de vómito… Mira cómo voy -añadió señalando sus pantalones acampanados negros y su chaqueta vaquera.

Ashling hizo una mueca irónica. Quizá Clodagh no fuera un figurín pero, aun así, ella habría dado cualquier cosa por parecerse a su amiga: tenía las piernas bien proporcionadas, la chaqueta entallada le resaltaba la delgada cintura, y llevaba la melena recogida en un moño informal.

– ¿Ves ese verde? -Clodagh se abalanzó sobre una camiseta verde claro-. ¿Te lo imaginas combinado con azul?

– Pues… sí -mintió Ashling.

Sospechaba que aquello tenía algo que ver con la decoración.

– Es exactamente el mismo color del papel pintado que he comprado para el salón -explicó Clodagh, radiante-. Van a venir a ponerlo el lunes. Estoy impaciente.

– ¿El lunes? Qué rápido. Pero si solo hace dos semanas que comentaste que querías cambiarlo.

– Decidí hacerlo cuanto antes. Ese horrible terracota me está matando, así que les dije a los decoradores que se trataba de una emergencia.

– A mí el terracota me gustaba -opinó Ashling.

A Clodagh también le había gustado muy poco tiempo atrás.

– Pues a mí no -dijo Clodagh con firmeza, y volvió a concentrarse en la ropa, decidida a encontrarle el truco.

Acabó comprándose un vestido ceñido de Oasis, tan corto y transparente que Ashling pensó que ni siquiera Trix se atrevería a ponérselo. ¡Y eso que Trix se atrevía con todo!

– ¿Cuándo te lo pondrás? -preguntó Ashling con curiosidad.

– No lo sé. Para llevar a Molly a la guardería, para recoger a Craig de las clases de dibujo. Oye, me gusta y punto, ¿vale?.- Con actitud desafiante, pagó con una tarjeta de crédito que la identificaba como la señora Clodagh Kelly. Ashling sintió una punzada de dolor, y supuso que debían ser celos. Pese a que no trabajaba, Clodagh siempre disponía de todo el dinero que quería. Debía de ser maravilloso vivir así.

Siguieron paseando.

– ¡Oh! ¡Mira qué peto! -exclamó Clodagh acercándose al escaparate de una tienda de ropa infantil de lo más cursi-. A Molly le quedaría monísimo. ¿Y esa gorra de béisbol? ¿Verdad que es ideal para Craig?

El sentimiento de culpa de Clodagh no disminuyó hasta que hubo gastado en cada uno de sus hijos lo mismo que se había gastado en ella.

– ¿Vamos a tomarnos un café? -propuso Ashling cuando se les hubo pasado la fiebre consumiste.

Clodagh vaciló y dijo: -Preferiría una copa.

– Solo son las doce y media.

– Estoy segura de que hay sitios que abren a las diez-. En realidad Ashling no se refería a eso, pero daba igual. Mientras los dublineses disfrutaban de una inesperada mañana de sol radiante, bebiendo café en las terrazas y fingiendo que estaban en Los Ángeles, Ashling y Clodagh se sentaron en un pub de viejos, cuya clientela parecía una advertencia del Ministerio de Sanidad sobre los peligros del demonio de la bebida.

Ashling se puso a hablar, muy animada, de su nuevo trabajo, de los famosos a los que casi había conocido, de la camiseta que le habían regalado en la presentación de Morocco; y la moral de Clodagh fue descendiendo hasta el fondo de su vaso de gintonic.

– Quizá debería buscarme un empleo -dijo de pronto-. Era lo que pensaba hacer después de que naciera Craig.

– Es verdad, siempre lo decías.

Ashling sabía que Clodagh estaba un poco a la defensiva por no ser una de esas supermujeres que trabajan y crían a sus hijos.

– Pero estaba completamente agotada -insistió Clodagh-. Por mucho que te preparen para los dolores del parto, no hay nada que pueda prepararte para el tormento de las noches en vela. Estaba hecha polvo, y cada día me levantaba como si acabara de des-

pertarme de una anestesia. ¿Cómo querías que además trabajara? -Afortunadamente, el negocio de informática de Dylan iba viento en popa, con lo que Clodagh no necesitaba trabajar.

– ¿Y ahora? ¿Crees que tendrías tiempo para trabajar? -preguntó Ashling.

– Estoy muy ocupada, la verdad -admitió Clodagh-. No tengo ni un momento para mí, aparte de un par de horas para ir al gimnasio. Bueno, son cosas intrascendentes, claro: cambiarme de ropa porque los niños me han vomitado encima, o mirar un vídeo tras otro de Barney… Ah, pero… -Sus ojos centellearon brevemente-. Ya me he librado de Barney.

– ¿Cómo?

– Le he dicho a Molly que se ha muerto.

Ashling prorrumpió en carcajadas.

– Le dije que lo atropelló un camión -añadió Clodagh, muy seria.