La sonrisa se borró del rostro de Ashling.
– No lo dirás en serio -dijo.
– Claro que sí -repuso Clodagh con convicción-. Ya estaba harta de ese capullo de color morado y de todos esos mocosos impertinentes que se pasaban el día dándome lecciones de moralidad y diciéndome cómo debía vivir mi vida.
– ¿Y Molly? ¿Se disgustó mucho?
– Ya lo superará. Tiene que curtirse, ¿no?
– Sí, pero… pero… ella solo tiene dos años y medio.
– Yo también soy una persona -replicó Clodagh poniéndose a la defensiva-. También tengo mis derechos. Y me estaba volviendo loca, te lo juro.
Ashling reflexionó, desconcertada. Pero quizá Clodagh tuviera razón. Todo el mundo espera que las madres sublimen sus deseos y necesidades por el bien de sus hijos, pero quizá no fuera justo.
– A veces -prosiguió Clodagh exhalando un hondo suspiro- me pregunto qué sentido tiene mi vida. Me paso el día trajinando niños: llevo a Craig al colegio, a Molly a la guardería; recojo a Molly de la guardería, llevo a Craig a sus clases de papiroflexia… Soy una esclava.
– Pero educar a los hijos es el trabajo más importante que uno puede hacer en la vida -protestó Ashling.
– Sí, pero nunca tengo ocasión de hablar con adultos. Excepto con otras madres, y entonces la conversación se vuelve muy competitiva. Ya sabes, cosas como «Mi Andrew es mucho más violento que tu Craig». Craig nunca pega a otros niños, pero Andrew Higgins es un Rambo en miniatura. ¡Es tan humillante! -Miró a Ashling con aflicción-. A veces leo artículos sobre la competitividad en el trabajo, pero eso no es nada comparado con lo que pasa en las sesiones de la escuela de padres.
– Si te sirve de consuelo, yo llevo toda la semana preocupadísima porque tengo que escribir un artículo sobre las clases de salsa -explicó Ashling-. Hace varias noches que no pego ojo. Tú no tienes ese tipo de preocupaciones. -Para acabar de convencerla, agregó-: Y sobre todo, tú tienes a Dylan.
– Ah, no, amiga mía. El matrimonio no es tan bueno como lo pintan.
Ashling no daba su brazo a torcer.
– Eso lo dices porque es lo que hay que decir, ya lo sé. Es la norma, no creas que no me he dado cuenta. A las mujeres casadas no se les permite decir que están locamente enamoradas de sus maridos, a menos que estén recién casadas. En cuanto se reúnen varias mujeres casadas, empiezan a competir para ver quién pone más verde a su pareja. «El mío deja los calcetines sucios tirados en el suelo», «Pues el mío ni siquiera se da cuenta de que me he cortado el pelo». Creo que lo que pasa es que os avergonzáis de vuestra buena suerte.
Cuando salieron otra vez a la soleada calle, Ashling oyó una voz que le resultaba familiar:
– ¿Salman Rushdie, Jeffrey Archer o James Joyce?
Era Joy.
– ¿Qué haces levantada tan temprano?
– Todavía no me he acostado. Hola.
Joy miró a Clodagh con recelo. Clodagh y Joy no se caían bien. Joy creía que Clodagh era una niña mimada, y Clodagh estaba celosa por la estrecha relación que Joy tenía con Ashling.
– Venga -insistió Joy-. ¿Salman Rushdie, Jeffrey Archer o James Joyce?
– ¿James Joyce vivo o en descomposición?
– En descomposición.
Ashling analizó aquella truculenta elección mientras Clodagh las miraba con cara de marginada.
– James Joyce -decidió finalmente Ashling-. A ver, inútil. ¿Gerry Adams, Tony Blair o el príncipe Carlos?
Joy hizo una mueca de asco.
– ¡Uf! Bueno, Tony Blair ni loca. Y el príncipe Carlos tampoco. Así que tendré que quedarme con el primero.
Ashling miró a Clodagh y dijo:
– Ahora te toca a ti.
– ¿Qué tengo que hacer?
– Nombras a tres hombres horripilantes y nosotras tenemos que elegir con cuál nos acostaríamos.
Clodagh no acababa de entenderlo.
– ¿Por qué? -preguntó.
– Pues porque… porque… porque es divertido.
– Tengo que marcharme -dijo Joy, aliviando la tensión-. Estoy a punto de morirme. Ya nos veremos. ¿A qué hora es lo del River Club?
– He quedado allí con Lisa a las nueve.
– Tienes tantos amigos que yo ni siquiera conozco -se lamentó Clodagh mirando con resentimiento a Joy, que se alejaba-. Joy, Ted. Yo, en cambio, soy como una muerta viviente.
– Oye, ¿por qué no vienes con nosotras?
– Sí, podría ir, ¿no? Supongo que Dylan podría quedarse cuidando a los niños, para variar.
– Pues claro. Aunque también podrías invitarlo.
18
Ashling se había equivocado: Marcus Valentina no la llamó por teléfono. No podía creer en su suerte. El contestador automático se había pasado toda la semana agazapado en su piso, como una bomba sin detonar. Si llegaba del trabajo y la luz roja parpadeaba, le daba un vuelco el corazón. Pero aunque encontró un mensaje de Cormac diciendo que el martes enviaría un contenedor, y otro diciendo que el viernes recogería el contenedor, no había nada de Marcus Valentina. Y el sábado por la noche, cuando volvió a casa después de pasarse el día de compras con Clodagh, se tranquilizó pensando que ya no podía haber ningún mensaje suyo.
Pero mientras se pintaba las uñas (y también la parte de los dedos que rodeaba las uñas) de azul claro en honor a la función que iba a tener lugar en el River Club, se dio cuenta de que cabía la posibilidad de que Marcus la viera entre el público. Confiaba en que eso no sucediera. El botín del día estaba esparcido encima de su cama: pantalones Capri azul claro, sandalias espectaculares, camisa blanca con nudo en la cintura. Quita no debería ponerse un conjunto tan mono aquella noche: después de la suerte que había tenido, ¿no sería imprudente estar guapa?
Pero no podía tirar piedras contra su propio tejado. En la fiesta habría otras personas, y tenía que pensar en ellas.
Ted y Joy aparecieron sobre las nueve. Joy felicitó a Ashling por su elegante atuendo de tonos pastel, pero Ted, muy nervioso, no paraba de susurrar:
– Mi búho no tiene esposa. ¡Mierda! ¡No va así! Mi esposa no tiene nariz. ¡No! ¡Mierda, mierda, mierda! Creo que lo mejor sería que nos quedáramos en casa -dijo, acongojado-. Lo voy a hacer fatal. Ahora la gente tiene expectativas respecto a mí. Cuando no tenía admiradores todo era diferente. Mi búho no tiene nariz…
Ashling se apresuró a ponerle unas gotas de bálsamo curalotodo en la lengua y frotarle las sienes con aceite de lavanda; luego le dio la Oración de la Serenidad y dijo:
– Lee esto, y si no funciona probaremos con las Desiderata.
– Tráeme el Buda de la suerte -dijo Ted, que estaba hiperventilándose en el sofá.
– ¿Cómo está el Hombre Tejón? -le preguntó Ashling a Joy mientras entre ambas le acercaban la estatua a Ted.
– Muy bien. Mick está muy bien.
Si Joy había empezado a llamar al Hombre Tejón por su verdadero nombre, aquello debía de ir en serio. Dentro de poco ya estarían visitando centros de jardinería juntos.
Después de frotar el Buda de la suerte, Ted se incorporó, encontró una carta del tarot tranquilizadora y escuchó su horóscopo. (Ashling le leyó Aries aunque Ted era Escorpio, porque el pronóstico para los Escorpio no era muy favorable.)
– Bueno, esta noche tenéis que comportaron -les previno Ashling-. Quiero que seáis muy simpáticos con Lisa.
– Que no se crea que va a recibir un trato especial por mi parte -dijo Joy, poniéndose a la defensiva.
– ¿Qué pasa? ¿Tan borde es? -preguntó Ted.
– No, no tanto. -Al menos no siempre-. Pero no es una persona de trato fácil. De hecho es complicadísima. Vámonos ya.
Los tres bajaron la escalera, muy engalanados, charlando y taconeando, animados por aquella sensación típica del sábado por la noche de que se encontraban justo en los albores de su futuro. La excitante intuición de que el resto de su vida estaba a punto de revelárseles.