Выбрать главу

El mendigo estaba sentado en la acera, con la manta naranja de rigor (aunque ya no era exactamente naranja). Ashling bajó la cabeza; cada vez que lo veía se sentía obligada a darle una libra, y eso empezaba a fastidiarla. Pero lo miró con disimulo y vio que él ni siquiera se había fijado en ella, porque estaba leyendo un libro.

– Un momento, chicos, quiero… -Dio media vuelta y se acercó al mendigo.

– ¡Hola! -El chico levantó la cabeza, gratamente sorprendido, como si fueran viejos amigos que llevaran años sin verse-. Qué guapa te has puesto. ¿Te vas de fiesta?

– Eh… sí. -Ashling sacó una libra que él no cogió.

– ¿Adónde?

– A una función de cómicos.

– Qué bien -repuso él, como si todas las noches fuera a ver funciones de cómicos-. ¿Quién actúa?

– Un tal Marcus Valentina.

– He oído que es muy bueno. -Finalmente miró la moneda que ella tenía en la mano-. Guárdatela, Ashling. No quiero que me des limosna cada vez que me veas. Si no, te dará miedo salir del piso.

Ashling soltó una risita nerviosa que sonó como un relincho. Últimamente, cada vez que bajaba por la escalera se ponía a rezar para no encontrar al mendigo en el portal.

– ¿Cómo sabes mi nombre? -le preguntó, casi halagada.

– No lo sé. Debo de habérselo oído a tus amigos.

Ashling se debatió con lo que acababa de ocurrírsele. Finalmente lo dijo:

– ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?

– Mis amigos me llaman Boo -contestó él sonriéndole.

– Encantada de conocerte, Boo -dijo ella automáticamente, y antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, él le había tendido una mano mugrienta y ella se la estaba estrechando.

El libro que Boo había dejado boca abajo en su regazo era Enciclopedia de las setas.

– ¿Cómo es que lees eso? -le preguntó Ashling, que no pudo disimular su asombro.

– Es que no tengo nada más.

Ashling tuvo que correr para alcanzar a Joy y Ted.

– ¿Otro de tus niñitos abandonados, Ashling? -comentó Ted con aire de superioridad. Ya no parecía nervioso ni necesitado, como diez minutos atrás.

– Ay, déjame en paz.

«Imagínate -pensó-, tener que pasarte la noche del sábado pidiendo limosna en la fría calle, leyendo un libro sobre setas.»

19

Lisa albergaba esperanzas de avanzar algo con Jack invitándolo a la función. Era una ocasión idónea para intimar con él, con el pretexto del trabajo. Pero ni siquiera tuvo la oportunidad de proponérselo porque había surgido una crisis en la televisión (lo cual, al parecer, ocurría constantemente), y Jack se pasó todo el jueves y el viernes fuera de la oficina, resolviendo problemas. Lo cual significó también que Lisa no pudo recibir las alabanzas de Jack por ingeniárselas para que su fotografía saliera en los periódicos y generar un poco más de publicidad para Colleen. Eso la cabreaba.

El sábado consiguió distraerse comprando cosas para su casa «nueva». Se había instalado en ella la noche anterior, y estaba decidida a atenuar el efecto de tanta madera de pino. Además, no había nada como mantenerse ocupada para no deprimirse. Aunque, como todo en aquel horrible país, las tiendas de decoración eran lamentables, sumamente feas.

Nadie había oído hablar de las persianas de papel de arroz japonesas, de las cortinas de ducha con bolsillos ni de los tiradores de armario con forma de flores de vidrio. Consiguió encontrar unas sábanas decentes de color crudo, pero no del tamaño que ella necesitaba, y si las encargaba tardarían muchísimo, porque tenían que importarlas de Inglaterra.

Cuando volvió a «su» casa tuvo que esperar media hora para que se calentara el agua y así poder ducharse. Y eso que Jack le había prometido que arreglaría el temporizador. Todos los hombres eran iguales: unos bocazas.

Estaba resentida y malhumorada después de un día escandalosamente frustraste, pero todavía se sentía motivada para salir tras la pista de Marcus Valentina. Al menos iba a hacer algo constructivo. Desde que recibiera la mala noticia de la escasa cifra de anunciantes, la necesidad de conseguir buenas columnas para Colleen se había convertido en una de sus prioridades.

Llegó al River Club poco después de las nueve. El local, como todo lo irlandés, la decepcionó: era más pequeño y más cutre de lo que había imaginado. No podía compararse con el K-Bar, desde luego.

No estaba segura de si tendría ocasión de acorralar a Marcus Valentina, pero por si acaso se había vestido para causar la impresión de una chica normal, no de peligrosa ejecutiva. Vaqueros gastados, zapatillas sin cordones, camiseta de cuello barco. Aunque llevaba mucho maquillaje, era tan sutil que parecía invisible. El resultado era un aspecto juvenil, asequible y atractivo; daba la impresión de que se había puesto lo primero que había encontrado en el armario, y nada delataba que se hubiera pasado una hora mirándose en el espejo (de pino, por supuesto), calculando meticulosamente el efecto que causaría.

Dio una vuelta por el abarrotado local buscando a Ashling y sus amigos, pero no los vio, así que volvió a la barra y pidió un cosmopolitas. Era la bebida de moda en el K-Bar y el Chinawhite y en todos los otros bares in que Lisa solía frecuentar en Londres.

– ¿Un qué? -preguntó el camarero, un individuo de cara redonda y sonrosada que no cabía en su camisa de nailon.

– Un cosmopolitas.

– Si lo que buscas son revistas, hay un quiosco un poco más abajo -se disculpó-. Aquí solo servimos bebidas.

Lisa se planteó explicarle cómo se preparaba el cóctel, pero se dio cuenta de que no sabía.

– Una copa de vino blanco -le espetó de mal talante.

Cabía la posibilidad de que ni eso tuvieran, y entonces tendría que beber aquella asquerosa Guinness.

– ¿Chablis o Chardonnay?

– Hummm… Chardonnay.

Encendió un cigarrillo y se puso a mirar a la gente. Cuando se acabó el cigarrillo y la copa de vino, Ashling todavía no había aparecido.

Quizá su reloj no funcionara bien. Lisa vio a un grupo de chicos cerca de ella, eligió al más guapo y le preguntó:

– ¿Qué hora tienes?

– Las nueve y veinte.

– ¿Y veinte? -Era más tarde de lo que ella creía.

– ¿Te han dado plantón?

– ¡No, qué va! Pero había quedado a las nueve.

El chico se fijó en el acento de Lisa y le preguntó:

– ¿Eres inglesa?

Ella asintió.

– No tardarán mucho en llegar. Antes de las diez seguro que aparecen. Verás, es que aquí cuando decimos las nueve es una forma de hablar.

Lisa notó que se le revolvían las entrañas. Maldito país. Lo odiaba con toda su alma.

– Pero no te preocupes. Nosotros te daremos conversación hasta que lleguen -se ofreció esbozando una caballerosa sonrisa. Se metió los dedos en la boca, dio un fuerte silbido y llamó a sus amigos, que se habían apartado un poco.

– No hace falta que… -empezó Lisa.

– No pasa nada -le aseguró él-. Chicos -dijo dirigiéndose a sus cinco amigos-, os presento a… -Señaló a Lisa con un ademán galante, invitándola a decir su nombre.

– Lisa -dijo ella de mala gana.

– Es inglesa. Sus amigos se están retrasando y se siente como un pulpo en un garaje.

– Ah, pues quédate con nosotros -la animó un chico bajito y con cara de hurón-. Declan, tráele una copa.

– Hospitalidad irlandesa -murmuró Lisa con desdén.

Los seis chicos asintieron con entusiasmo. Aunque para ser sinceros, su actitud no tenía nada que ver con la legendaria hospitalidad irlandesa, sino más bien con la melena color caramelo de Lisa, sus delgadas caderas y sus largas, lisas y bronceadas pantorrillas, que asomaban por debajo del dobladillo de sus astutamente desgarrados vaqueros. Si Lisa hubiera sido un hombre, habría permanecido contemplando su jarra de cerveza y nadie se habría fijado en él.

– Vale, chicos, ya está. Ya han llegado. -Lisa vio a Ashling entrar por la puerta, y sintió un gran alivio.