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En cuanto vio a Lisa, a Ashling dejó de encantarle su ropa nueva y se sintió torpe y desaliñada. Presentó, nerviosa, a Joy y Ted, y entonces, para gran espanto de Ashling, Joy miró a Lisa y dijo, levantando la barbilla con gesto desafiante:

– Jim Davidson, Bernard Manning o Jimmy Tarbuck. ¿Con cuál de ellos te acostarías? Y no vale decir que con ninguno.

– ¡Joy! -Ashling le dio un empujón-. Lisa es mi jefa.

Pero Lisa lo captó rápidamente. Se quedó pensativa y, tras considerarlo detenidamente, respondió:

– Jim Davidson. Y ahora, veamos… Des O'Connor…

Aquello desconcertó mucho a Joy.

– … Frank Carson o… o… Chubby Brown.

Joy hizo una mueca de asco, y Lisa se quedó mirándola con los ojos entrecerrados, con regocijo y malicia.

Tras pensárselo, Joy exhaló un hondo suspiro y dijo:

– Pues Des O'Connor. -Dirigiéndose a Ashling, murmuró mientras buscaban asientos-: Tu jefa no está tan mal.

Ted actuaba en primer lugar, y aunque aquella solo era su tercera aparición en público, ya tenía un montón de admiradores. Pronto quedó demostrado que el drama que había montado en el piso de Ashling era innecesario. Cuando inició su actuación gritándole al público «Mi búho se ha ido a las Antillas», un núcleo de unos seis jóvenes con pinta de estudiantes le preguntó a gritos: «¿Adónde? ¿A Jamaica?».

– No -contestó Ted, y varias personas corearon el resto del chiste-: No, se ha ido de motu proprio.

Ted había añadido un montón de chistes nuevos sobre búhos, y todos ellos tuvieron un éxito espectacular. Aunque la mayor parte del público se estaba desternillando, Lisa caló a Ted desde el primer momento.

– Ya sé que es amigo tuyo, pero esto parece el cuento del nuevo traje Hugo Boss del emperador -dijo en tono cáustico.

– Solo lo hace para ligar -explicó Ashling humildemente.

– Ah, en ese caso… -Lisa era partidaria de que el fin justifica los medios.

Después de Ted actuaron otros dos cómicos, y luego le llegó el turno a Marcus Valentina. Fue como si se alterara la composición química de la atmósfera, que se cargó de una intensa expectación. Cuando finalmente Marcus subió al escenario, el público se puso histérico. Ashling y Lisa se enderezaron y prestaron atención, pero cada una por un motivo diferente.

Para ser un cómico de micrófono, Marcus Valentina era un fenómeno extraño. Su número no contenía referencias a la masturbación, a las resacas ni a Ulrike Johnson. Eso era muy poco habitual. Su técnica consistía en presentarse como «el hombre perplejo ante la vida moderna», un tipo al que se le acaba la mantequilla, baja al supermercado y se queda hecho un lío porque no sabe decidir entre la mantequilla especial para untar, la mantequilla insaturada, la mantequilla polinsaturada, la mantequilla salada, la mantequilla sin sal, la mantequilla sin grasas, la mantequilla baja en grasas y una cosa que no es mantequilla sino que solo lo parece. Resultaba encantador y simpático, a pesar de las pecas. Desconcertado y vulnerable. Y tenía un cuerpo que no estaba nada mal. Ashling catalogó todas esas virtudes con alarma.

A continuación enumeró rápidamente las razones por las que había rechazado a Marcus Valentina. Una: su entusiasmo. Los ojos centelleantes y la falta de cinismo no resultaban sexis. Era triste, pero cierto. Dos: sus pecas. Tres: el hecho de no disimular que ella le gustaba. Cuatro: su estúpido nombre.

Pero cuando levantó la cabeza y lo miró, y vio sus largas piernas y sus anchos hombros, se dio cuenta de que corría el peligro de caer en la trampa del escenario. Por si eso fuera poco, Marcus Valentina había dicho que la llamaría por teléfono y no lo había hecho. Aquella era una combinación fatal. No, no voy a hacerlo, se dijo, no pienso hacerlo… Era como meterse los dedos en las orejas y ponerse a gritar: «¡Lalalala! ¡No te oigo! ¡No te oigo!».

– ¡Copos de nieve! -exclamó Marcus recorriendo la sala con los ojos muy abiertos y con expresión cándida-. Dicen que no hay dos iguales.

Hizo una pausa, y a continuación bramó:

– Pero ¿cómo lo saben?

Mientras la gente se retorcía de risa, Marcus preguntó, desconcertado:

– ¿Los han comparado uno por uno? ¿Lo han comprobado?

Luego pasó al siguiente gag.

– Había una chica con la que quería salir -dijo Marcus a su embelesado público.

«¿Se referirá a mí?», se preguntó Ashling.

– Pero la última vez que le pedí el número de teléfono a una chica, ella me contestó: «Está en la guía». El problema era que yo no sabía cómo se llamaba, y cuando se lo pregunté me contestó… -Hizo una pausa, y calculando el tiempo a la perfección, prosiguió-: «También está en la guía».

El público estalló en risas y aplausos cordiales, del tipo «veo que no soy el único».

– Decidí tomármelo con calma. -Esbozó una sonrisa torpe con la que acabó de ganarse al público-. Se me ocurrió imitar a Austin Powers y pedirle a aquella chica que me llamara ella a mí. Así que escribí mi nombre y mi número de teléfono en un papel y me pregunté qué diría Austin Powers en una situación como aquella. -Cerró los ojos y se puso la yema de los dedos sobre las sienes para expresar que estaba en íntima comunión con Austin Powers-. Y de repente se me reveló. Llamez-moi! Fino, ingenioso, sofisticado. ¿Qué mujer podría resistirse? Llamez-moi!

«Soy famosa», pensó Ashling y sintió un impulso irrefrenable de levantarse y decírselo a todo el mundo.

– Y ¿sabéis qué? -Marcus paseó la mirada por el público, con una adorable expresión de tontorrón. La gente lo miraba atentamente, embelesada, mientras él prolongaba el silencio al máximo, sosteniendo al público en la palma de su pecosa mano-. ¡No me llamó!

No cabía duda que Marcus Valentina tenía madera de estrella.

Lisa se levantó del asiento en cuanto el cómico abandonó el escenario. Marcus Valentina ya había rechazado su invitación para comer cuando Trix llamó a su agente, pero Lisa confiaba en que con halagos desmesurados y con su presencia lograría hacerle cambiar de opinión. Ashling vio cómo Lisa lo abordaba al pie del escenario, y se preguntó si debía seguirla. No quería acercarse demasiado a Marcus, por si él la veía. Por si él pensaba… Pero Ted estaba rodeado de admiradoras, y Joy acababa de ver al Hombre Te… a Micke hablando con otra chica y había ido a investigar. Se quedó un rato más sentada, sola, y finalmente se levantó.

Se quedó mirando, con curiosidad, cómo Marcus miraba a Lisa mientras esta le soltaba su discursito. Tenía la cabeza ladeada y torcía las comisuras de la boca hacia abajo componiendo una mueca encantadora. Entonces Lisa dejó de hablar y empezó a hacerlo él. Marcus estaba en mitad de lo que parecía una negativa rotunda, cuando de pronto vio a Ashling y se detuvo bruscamente.

– Hola -dijo desde lejos, y le dedicó una amplia sonrisa, mirándola a los ojos, proyectando todo su cariño. «Como si fuéramos cómplices de algo», pensó Ashling, alarmada. «Seguro que cree que he venido aquí expresamente para verlo.»

Marcus siguió hablando un rato más, pero no paraba de mirar de soslayo; entonces le tocó el brazo a Lisa a modo de despedida y fue hacia Ashling.

– Hola.

– Hola.

– ¿Qué haces aquí?

Ashling esperó un instante, le hizo una caída de ojos y sonrió.

– Pensaba que actuaba Macy Gray.

«Mierda! ¡Estoy coqueteando con él!»

Después de reírle la gracia, Marcus le preguntó:

– ¿Te ha gustado el espectáculo?

– Sí. -Ashling hizo otra de sus caídas de párpados.

– ¿Podré invitarte a tomar algo un día de estos?

Ashling se lo merecía. Se sentía como un conejo deslumbrado por los faros de un coche y que se ha llenado la boca con más hierba de la que puede masticar. Por así decirlo.

No puede ser que me guste por el simple hecho de ser famoso y admirado. Eso es propio de personas muy superficiales.