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– Vale. -Su voz había decidido actuar por propia iniciativa-. Llámame.

– ¿Me das tu número?

– Ya lo tienes.

– Dámelo otra vez, por si acaso.

Marcus inició una complicada pantomima, dándose palmadas por todo el cuerpo, fingiendo que buscaba papel y bolígrafo.

Afortunadamente, Ashling llevaba un pequeño kit de escritura en su bolso. Anotó su nombre y su número de teléfono en un bloc y arrancó la hoja.

– Lo guardaré como si fuera un tesoro -dijo él doblándolo varias veces y metiéndoselo en el bolsillo delantero de los vaqueros-. Junto a mi corazón -prometió en un tono cargado de insinuación-. Ahora tengo que irme, pero te llamaré.

Ashling lo vio marchar, desconcertada. Luego, al darse cuenta de que Lisa la miraba con interés, se escondió en el lavabo. Para acercarse al lavamanos tuvo que esquivar a una chica bajita con ojos de actriz trágica que estaba plantada ante el espejo, aplicándose delineador de ojos para conseguir un efecto todavía más trágico. Cuando Ashling abrió el grifo, la chica se volvió hacia su amiga, otra chica más alta que, distraída, se estaba aplicando capas y capas de brillo de labios rosado y pegajoso, y le dijo:

– No te lo vas a creer, Frances, pero esa era yo.

– ¿Quién?

– La chica a la que Marcus Valentina entregó la nota que rezaba Llamez-moi!

Ashling pegó un respingo y se mojó toda la blusa. Nadie se dio cuenta.

Frances realizó un lento e incrédulo giro con el cuerpo, sin apartar la barra de brillo de sus labios. Su amiga, la actriz trágica, le explicó:

– Fue las Navidades pasadas. Estuvimos dos horas haciendo cola juntos para coger un taxi.

– Y ¿por qué no lo llamaste? -Frances apartó la barra de brillo de su boca y sacudió enérgicamente a su amiga sujetándola por los hombros-. ¡Pero si está como un queso! ¡Como un queso!

– Lo encontré demasiado pecoso y gilipollas.

Frances contempló a su amiga con aire meditabundo, antes de emitir su juicio:

– ¿Sabes qué te digo, Linda O'Neill? Que te mereces tu desgracia. De verdad. Jamás volveré a compadecerme de ti.

Ashling, que seguía lavándose las manos como si se encontrara en la fase terminal de un trastorno obsesivo compulsivo, estaba pasmada. Se había pasado la vida entera buscando Señales, y si aquello no era una Señal, a ver qué era. Tírale los tejos a Marcus Valentina, le estaba aconsejando el oráculo celestial. Aunque Marcus se dedicara a repartir notas como aquella como si fueran folletos, Ashling tenía muy buenos presagios sobre aquel asunto.

Cuando Ashling salió del lavabo, Lisa estaba a punto de marcharse. Ahora que ya había conseguido lo que quería, no tenía por qué quedarse más tiempo en aquel local tan cutre.

– Adiós, nos vemos el lunes en la oficina -se despidió Ashling, incómoda, insegura sobre el grado de familiaridad que debía adoptar con su jefa.

Lisa se escurrió entre la multitud con gesto satisfecho. La velada no había estado mal. Conocer a Marcus Valentina la había convencido de que valía la pena perseguirlo. Aunque no iba a resultar fácil. En la vida real no era tan cándido como en el escenario. De hecho era muy listo, y muy evasivo. Lisa sospechaba que de entrada no tenía reparos para escribir una columna, pero que se estaba reservando para un periódico de calidad. Para combatir eso Lisa podía venderle la posibilidad de publicar su columna en otras publicaciones de Randolph Media, por todo el mundo.

Por otra parte estaba aquel giro inesperado: por lo visto a Marcus le gustaba Ashling. Entre las dos podían hacer un movimiento de tenazas. La columna estaba prácticamente asegurada.

Pero más valía que se diera prisa y cerrara el trato antes de que Marcus se cansara de Ashling. Porque seguro que se cansaba de Ashling y se la quitaba de encima. Lisa conocía muy bien a los de su clase. Cuando lanzas a un tipo vulgar como él al estrellato, lo primero que hace es aprovechar la fama para ligar con todas las chicas que se le ponen a tiro.

La cosa podía ponerse fea, porque Ashling parecía de esas mujeres patéticas que se toman muy a pecho los desengaños amorosos, y con lo ocupada que estaba lo último que le convenía a Lisa era una subdirectora deprimida. Ella no entendía a la gente débil que se venía abajo ante el menor contratiempo. Ella jamás lo haría. Aunque todo eso se basaba en la suposición de que Ashling acabara saliendo con Marcus. Quizá no llegara a hacerlo, y Lisa no podría reprochárselo. En opinión de Lisa, Marcus era asqueroso. ¡Con aquellas pecas! Y el hecho de que fuera capaz de hacer reír a un puñado de borrachos no las borraba de su piel.

– ¡Hasta luego, Lisa! ¡Adiós, Lisa! -Los chicos que habían estado charlando con ella al principio de la velada le decían adiós con la mano-. ¡Hasta otra!

Sorprendiéndose a sí misma, Lisa sonrió.

Al pasar por la puerta se cruzó con Joy, que estaba discutiendo con un individuo que tenía un mechón blanco en su larga y negra melena. Lisa tuvo un capricho y le dijo en voz baja:

– Russ Abbott, Hale o Pace. Y no vale decir que ninguno.

Joy se dio la vuelta, pero Lisa ya había salido a la calle. Mientras caminaba hacia su casa, se dio cuenta de que aquella noche había sentido algo especial. Se sentía… había… De pronto lo comprendió. ¡Se había divertido!

20

Pero a la mañana siguiente Lisa se despertó con la sensación de que no podía más. Así, por las buenas. Nunca se había sentido tan abatida, ni siquiera en los peores momentos de su agonizante relación con Oliver. Entonces se había refugiado en el trabajo, consolándose al comprobar que al menos una parte de su vida seguía funcionando.

El caso es que Lisa no estaba de acuerdo con el concepto de depresión. La depresión era un estado anímico que tenían otras personas cuando su vida no les satisfacía por completo. Igual que la soledad o la tristeza. Pero si tenías suficientes pares de zapatos bonitos, comías en suficientes restaurantes estupendos y te habían ascendido pese a que alguien se merecía el ascenso más que tú, no había motivo para sentirse mal.

Al menos esa era la teoría. Pero aquella mañana, tumbada en la cama, le sorprendió el alcance de su depresión. Le echó la culpa a las cortinas y a la plétora de madera de pino, que bastaban para llevar al borde de la desesperación a cualquier persona con un mínimo sentido de la estética y el estilo. También detestaba el silencio que reinaba fuera de la habitación tenuemente iluminada. Maldito jardín, pensó furiosa. Lo que ella quería oír era el ronroneo de los taxis, los portazos de los coches; quería ver a gente bien vestida yendo y viniendo por la calle. Quería ver vida detrás de su ventana. Además, tenía resaca de la noche anterior (había perdido la cuenta de las copas de vino blanco, y la táctica de tomarte un agua mineral después de cada copa deja de surtir efecto cuando vas por la ronda número veinte. De eso culpaba a Joy).

Sin embargo, lo peor era la resaca emocional. Se lo había pasado bien, se había reído, y el buen rollo había desencadenado algo en su interior, porque no podía dejar de pensar en Oliver. Hasta ahora lo había sobrellevado muy bien. Llevaba mucho tiempo apartándolo de su mente. Hizo memoria: casi cinco meses. De hecho, ahora que no se resistía a pensar en ello, se dio cuenta de que sabía exactamente cuántos días habían pasado: 145. No es difícil llevar la cuenta cuando alguien elige el día de Año Nuevo para dejarte.

Aunque la verdad es que Lisa no había hecho gran cosa para impedir que Oliver pusiera fin a la relación. Era demasiado orgullosa. Y demasiado pragmática: había llegado a la conclusión de que sus diferencias eran irreconciliables. Había cosas por las que ella no estaba dispuesta a pasar.

Aun así, aquella espantosa mañana, lo único que Lisa recordaba eran los momentos buenos, la primera fase de la relación, cuando rebosaba esperanza y todo eran promesas de amor.