Les pusieron una copa en la mano y ellos se sentaron tranquilamente mientras a su alrededor jóvenes y no tan jóvenes, ataviados con ropa de campesinos con bordados y volantes, bailaban extrañas danzas parecidas a la polka al son de una estridente y rápida música de estilo bazouki. Una anciana que llevaba un pañuelo en la cabeza le pellizcó cariñosamente la mejilla a Lisa y, mirando sonriente a la pareja, dijo con un fuerte acento extranjero: «Enamorrrado. Muy enamorrrado».
– ¿A quién se refiere? ¿A ti o a mí? -preguntó Lisa, ansiosa, al darse cuenta de que se había excedido demostrando sus sentimientos.
– A ursted, jovencitag. -La anciana esbozó una gran sonrisa desdentada.
– Y usted qué sabe -farfulló Lisa.
– ¡Ostras! ¡Qué susceptible! -bromeó Oliver rompiendo a reír, y al estirar sus hermosos labios mostró sus dientes inmaculados-. Eso significa que me quieres.
– ¿No será que tú me quieres a mí? -refunfuñó ella. -Nunca he dicho lo contrario.
Y aunque normalmente Lisa no sentía aquellas cosas, aquella vez, atrapada de forma imprevista en una hermosa y surrealista boda, tuvo la impresión de que Dios los bendecía.
El domingo por la mañana amanecieron con los cuerpos entrelazados. Oliver la metió en su coche y la llevó a Alton Towers, donde pasaron el día compitiendo por ver quién se atrevía a subir a las montañas rusas más peligrosas. Pese a que estaba muerta de miedo, ella se montó en el Nemesis porque no quería parecer cobarde. Al verla palidecer, Oliver rió y dijo: «¿Qué pasa? ¿Lo encuentras demasiado fuerte?». De lo que Lisa se defendió diciendo que tenía una afección del oído. Oliver le interesaba y la estimulaba más que ningún hombre de los que había conocido hasta entonces. Era igual que ella, solo que más.
Luego se fueron a casa a comerse una pizza y a acostarse. Su primera cita duró sesenta horas y terminó cuando Oliver dejó a Lisa en la oficina, el lunes por la mañana.
En la tercera cita ya estaban oficialmente enamorados.
En la cuarta Oliver decidió llevarla a Purley para que conociera a sus padres. Lisa lo interpretó como una señal fabulosa, pero el encuentro resultó fatídico. La decepción empezó cuando llevaban cerca de media hora en el coche y él comentó:
– No sé si mi padre habrá vuelto ya del trabajo.
– ¿A qué se dedica? -Nunca se le había ocurrido preguntárselo; no le había parecido relevante.
– Es médico.
¡Médico!
– ¿Qué especialidad tiene? -preguntó Lisa, esperanzada. ¿Doctor en higiene callejera, es decir, barrendero?
– Medicina general.
Lisa se quedó sin habla. Ella se lo había imaginado como un machote rudo, y resultaba que pertenecía a una familia de clase media y que era ella la ruda. ¿Cómo iba a presentarle ella a sus padres?
Durante el resto del trayecto, Lisa rezó para que, pese a la profesión del padre, la familia de Oliver fuera pobre. Pero cuando el coche se detuvo delante de una gran casa, las ventanas emplomadas de estilo tudor, las cortinas de Laura Ashley y la plétora de adornitos que había en las repisas de las ventanas le hicieron entender que no andaban precisamente cortos de dinero.
Ella había confiado en que la madre de Oliver fuera una mujer bondadosa de muslos gruesos con zapatos Minnie Mouse que bebía Red Stripe para desayunar y tenía una risa aguda (tipo «¡ji, ji, ji!»). Pero la mujer que les abrió la puerta parecía más bien la reina de Inglaterra. Un poco más morena, de acuerdo, pero con el mismo peinado y los mismos trapitos cursis de Marks & Spencer, muy pulcra y muy correcta.
– Encantada de conocerte, querida. -Tenía un perfecto acento de los condados de los alrededores de Londres, y Lisa notó cómo su autoestima mermaba aún más.
– Hola, señora Livingstone.
– Llámame Rita, por favor. Pasad. Papá todavía no ha vuelto de la consulta, pero no tardará mucho.
Los condujo a un salón bien decorado, y cuando Lisa vio que los mullidos sofás no tenían puestas fundas de plástico, se llevó un gran disgusto.
– ¿Te apetece una taza de té? -ofreció Rita alegremente, al tiempo que acariciaba al labrador rubio que había apoyado la cabeza en su regazo-. ¿Lapsang Suchong o Earl Grey?
– Me da lo mismo -contestó Lisa. ¿Qué tenían de malo las bolsitas Lipton?
»Esto no es como me lo había imaginado -le susurró Lisa al oído a Oliver, sin poder contenerse, cuando se quedaron solos.
– ¿Qué te habías imaginado? ¿Que los encontrarías comiendo arroz con guisantes, bebiendo ron -para terminar la frase Oliver adoptó un perfecto acento caribeño- y bailando en el porche al son de los tambores?
– ¡Exacto! Es la única razón por la que he venido.
– Pues te equivocas, querida. -Cambió rápidamente a un acento de locutor de radio de la BBC -. ¡Porque somos británicos!
– Según tengo entendido -intervino Rita, que acababa de aparecer con una bandeja de galletas caseras, sin azúcar y sin ninguna gracia-, el término correcto es bounties. O «bombones helados».
– ¿Bombones helados? ¿Por qué? -preguntó Lisa, confusa.
– Marrones por fuera y blancos por dentro -explicó Rita, y de pronto esbozó una sonrisa de oreja a oreja-. Así es como nos llama mi familia. Y estamos perdidos, porque nuestros vecinos blancos también nos odian. Los de la casa de al lado me dijeron que su casa se había depreciado diez mil libras cuando nos mudamos a este barrio.
Inesperadamente, contradiciendo su atuendo de Marks & Spencer, Rita soltó una estridente carcajada. «¡Ji, ji, ji!» Y Lisa notó que su resentimiento se disolvía como el azúcar que no tomaba con el café. Bueno, al menos los vecinos los odiaban. Menos mal. Ya no los encontraba tan intimidantes.
En su quinta cita hablaron de irse a vivir juntos. En la sexta siguieron analizando aquella posibilidad. La séptima cita consistió en hacer dos viajes en furgoneta de Battersea a West Hampstead para trasladar el enorme vestuario de Lisa de su piso al de Oliver. «Tendrás que deshacerte de algunas de estas cosas, cielo -dijo él, alarmado-. Si no tendremos que comprarnos un piso más grande.»
Posteriormente Lisa se dio cuenta de que quizá ya entonces hubo indicios de que no todo iba tan bien como debería. Pero en aquel momento no supo verlos. Lo encontraba todo fabuloso. Tenía la impresión de que Oliver la aceptaba tal como era, con toda su ambición, energía, filosofía y miedo. Creía que eran dos almas gemelas. Jóvenes, entusiastas, ambiciosos y venciendo las dificultades en su camino hacia el éxito.
En aquella época el concepto del alma gemela estaba muy de moda, pues se había importado recientemente de Los Ángeles. Y ahora Lisa podía decir con orgullo que ella tenía la suya.
Poco después de irse a vivir con Oliver, Lisa se fue a trabajar a Femme, como subdirectora. Eso coincidió con un rápido aumento de la popularidad de Oliver. Aunque no todo el mundo lo admiraba a nivel personal (había gente que opinaba que era demasiado intratable), todas las revistas ilustradas se peleaban para contratarlo. Oliver se repartía equitativamente entre todas, hasta que Lily Headly-Smythe le prometió publicar una de sus fotografías en la portada de Navidad de Panache, y luego se desdijo.
– No ha cumplido su palabra. Nunca volveré a trabajar para Panache ni para Lily Headly-Smythe -sentenció Oliver.
– Ya. Hasta la próxima vez -dijo Lisa, burlona.
– No -insistió él, muy serio-. Nunca más.
Y no lo hizo, ni siquiera cuando Lily le envió un cachorro de perro lobo irlandés a modo de disculpa. Lisa estaba admirada. ¡Qué idealismo! ¡Qué tozudez!
Pero eso fue antes de que Lisa se convirtiera en víctima del mal carácter de Oliver. Entonces ya no le gustó tanto.
21
Para Ashling aquel tampoco estaba siendo el mejor domingo de su vida. Se había despertado emocionadísima respecto a Marcus Valentina. Curiosa y expectante, se sentía preparada para cualquier cosa: para una cita, para un poco de coqueteo, para una tanda de halagos. Para lo que fuera, pero para algo…