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Trix lo miró con desdén y dijo:

– Eso es un cumplido, idiota. ¡No tienes ni idea!

Siguieron poniendo verde a Frieda Kiely; la única que no participó fue Ashling, que había leído en algún sitio que verdaderamente estaba loca. Por lo visto padecía esquizofrenia leve y no se tomaba la medicación.

– ¿No creéis -les interrumpió, creyendo que alguien tenía que defenderla- que antes de criticarla deberíamos conocerla mejor?

– Exacto -dijo Jack, que acababa de asomarse por la puerta para ver a qué se debía tanto alboroto-. Así podríamos fotografiarla persiguiéndonos con un zapato en la mano. No me parece mala idea. -Le lanzó una sonrisa burlona a Ashling, y luego bramó-: Por el amor de Dios, Ashling, compórtate de acuerdo con la edad que tienes, y no como una anciana que ha sobrepasado el límite de velocidad.

A Lisa le hizo gracia la broma.

– ¿Cuál es el límite de velocidad en este país? -preguntó.

– Setenta -contestó Jack, y volvió a cerrar la puerta.

Ashling volvía a odiar a Jack. Todo volvía a la normalidad.

Aunque Marcus Valentina no tenía su número del trabajo, Ashling tragó saliva cuando, a las cuatro menos diez, Trix le pasó el teléfono y dijo:

– Preguntan por ti. Es un hombre.

Ashling cogió el auricular, esperó un momento para serenarse y luego dijo:

– ¡Hola!

– ¿Ashling? -Era Dylan, y parecía desconcertado-. ¿Qué te pasa? ¿Estás resfriada?

– No. -Ashling, desilusionada, volvió a adoptar su voz normal-. Creía que eras otra persona.

– ¿Cómo lo tienes esta noche? Puedo bajar al centro a la hora que te vaya bien.

– Vale. -Así no tendría que quedarse en casa pendiente del teléfono-. Pásate por la oficina sobre las seis.

A continuación llamó a su casa para ver si había algún mensaje. Solo hacía un cuarto de hora que lo había hecho, pero nunca se sabía.

O quizá sí se sabía, porque no había llamado nadie.

A las seis y cuarto Dylan causó una pequeña conmoción cuando, con el rubio cabello tapándole los ojos, se presentó en la oficina de Ashling con un elegante traje de lino y una inmaculada camisa blanca. Se plantó delante de la mesa de Ashling, y ella le encontró algo raro: tenía un hombro torcido, como si se lo hubiera dislocado.

– ¿Te encuentras bien? -Ashling se levantó, dio una vuelta alrededor de Dylan y descubrió que la razón por la que todo su cuerpo estaba inclinado hacia un lado era que estaba intentando ocultar una bolsa de HMV detrás de la espalda-. Dylan, no voy a decirle a nadie que has estado comprando discos.

– Lo siento. -Se encogió de hombros, avergonzado-. Eso me pasa por trabajar en Sandyford, lejos de la civilización. Cada vez que vengo al centro, pierdo la cabeza en las tiendas de discos. Y luego me siento culpable.

– No temas, tu secreto está a salvo conmigo.

– ¿Chaqueta nueva? -le preguntó Dylan mientras Ashling apagaba el ordenador.

– Pues… sí.

– Déjame ver.

Dylan se empeñó en que se quedara quieta un momento, pasó la mirada por sus hombros, asintió y dijo: «Sí». Ashling intentó en vano meter el estómago mientras él bajaba la mirada por las costuras laterales, volvía a asentir y repetía, con más aprobación aún: «Sí». Cuando hubo terminado, la miró, sonriente, y dijo:

– Te queda bien. Muy bien.

– Eres un granuja. -Ashling se sintió muy halagada por el examen de Dylan. Este nunca escatimaba piropos; sin embargo, pese a saber que lo hacía casi automáticamente, era difícil no creérselo aunque solo fuera un poco, y más difícil aún disimular el placer que sentía-. Eres un auténtico peligro- añadió, radiante.

»Ya podemos irnos.

Ashling se dio la vuelta y vio que Jack Devine estaba cerca, buscando algo en una carpeta que había en la mesa de Bernard, con aire taciturno. Le dijo adiós con una sonrisilla nerviosa, y por un instante temió que Jack fuera a ignorarla. Pero entonces él soltó un profundo suspiro y dijo:

– Adiós, Ashling-. Lisa venía del lavabo, donde había ido a arreglarse el maquillaje porque aquella noche tenía una cita con un famoso chef irlandés al que quería convencer para que les hiciera artículos sobre gastronomía. Iba corriendo hacia su mesa para recoger su chaqueta, y al pasar por la puerta tropezó con un individuo rubio al que nunca había visto. Le golpeó el pecho con el hombro y notó, aunque brevemente, el calor que atravesaba su camisa.

– Perdona. -Dylan le puso las manos sobre los hombros-. ¿Estás bien?

– Creo que sí. -Lisa se enderezó y ambos se miraron con interés. Luego Lisa reparó en que Ashling estaba a su lado. ¿Quién era aquel tipo? ¿Su novio? No, no podía ser.

– ¿Quién era esa? -preguntó Dylan cuando ya se habían cerrado las puertas del ascensor.

– Eres un hombre felizmente casado -le recordó Ashling.

– Solo pregunto.

– Se llama Lisa Edwards, y es mi jefa. -Pero inmediatamente Ashling se acordó de la conversación que había tenido con Clodagh sobre aquellas reuniones a las que iba Dylan. «¿Le pone cuernos?», pensó-. ¿Adónde vamos? -preguntó.

Dylan la llevó al Shelbourne, que estaba abarrotado de gente que salía del trabajo.

– Tendremos que quedarnos en la barra -observó Ashling-. Jamás conseguiremos una mesa.

– No seas tan pesimista -dijo Dylan, risueño-. Espera un momento.

Se acercó a una mesa, charló brevemente con sus ocupantes y luego regresó junto a Ashling.

– Ven, esos ya se marchan.

– ¿Cómo que ya se marchan? ¿Qué demonios les has contado?

– ¡Nada! Es que he visto que casi habían terminado.

– Hummm. -Dylan era tan encantador y tan persuasivo que sería capaz de vender sal a Siberia.

– Siéntate aquí, Ashling. ¡Adiós! ¡Muchas gracias!

Se despidió con una ancha sonrisa de los clientes que le habían cedido la mesa. Luego, con una velocidad sospechosa, se perdió entre la muchedumbre y regresó con dos copas. A Dylan todo le salía bien; mientras él le ponía el gin-tonic delante, Ashling se preguntó cómo sería estar casada con él. Una maravilla, se imaginaba.

– Cuéntamelo todo sobre este fabuloso nuevo empleo -le pidió Dylan-. Quiero saberlo absolutamente todo.

Ashling se dejó llevar por el contagioso entusiasmo de Dylan. Se lo pasó la mar de bien describiendo a sus compañeros de Colleen y las relaciones que había entre ellos (o las que no había).

Dylan, que al parecer lo encontraba todo muy gracioso, rió mucho, y Ashling estuvo a punto de caer en la trampa de pensar que era una gran anectodista. Era el mismo rollo que con la chaqueta: el gran don de Dylan consistía en lograr que los demás se sintieran bien con ellos mismos. Lo hacía sin darse cuenta. Ashling sabía que no se trataba de que fuera falso; se pasaba un poco, sencillamente. Y ella no podía cometer el error de contarle las mismas historias patéticas a otras personas y esperar de ellas carcajadas como las de Dylan.

– Qué graciosa eres, Ashling.

Dylan, elogioso, entrechocó su vaso con el de ella. Aquellos comentarios insinuantes siempre daban a entender algo más de lo que él estaba dispuesto a expresar con palabras. Aunque Ashling no se los tomaba en serio. Al menos ya no se los tomaba en serio a estas alturas.

– ¿Cómo va tu negocio de informática? -le preguntó al fin.

– ¡Uf! ¡Increíblemente bien! La verdad es que no damos abasto.

– ¡Ostras! -Ashling sacudió la cabeza, admirada-. Y eso que cuando te conocí no estabais seguros de que la empresa lograra superar el primer año. ¡Ya ves!

El tono de la conversación experimentó un breve declive, casi imperceptible, cuando Ashling mencionó los viejos tiempos. Pero afortunadamente casi se habían terminado las copas, así que Ashling se levantó de un brinco.

– ¿Lo mismo?

– Siéntate. Iré yo.

– No, ni hablar, yo…

– Siéntate, Ashling. Insisto.