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Aquella era otra de las características de Dylan: era sumamente generoso, y cuando te invitaba lo hacía sin ningún esfuerzo.

Cuando Dylan volvió con las bebidas, Ashling le preguntó:

– ¿Tenías algún motivo en concreto para pedirme que nos viéramos?

– Pues… sí -contestó Dylan mientras jugueteaba con un posavasos-. Sí, tenía un motivo. -De pronto parecía muy incómodo, y eso no era nada propio de él-. ¿No has notado… nada…?

Se detuvo y no siguió hablando.

– Nada… ¿de qué?

– En Clodagh.

– ¿Qué quieres decir?

– Estoy… -hizo una pausa- un poco preocupado por ella. Nunca está contenta, está muy irritable con los niños y a veces hasta… un poco irracional. El otro día Molly acusó a Clodagh de haberla pegado, y nosotros nunca hemos pegado a los niños.

Otra incómoda pausa; luego Dylan prosiguió:

– Ya sé que te parecerá una tontería, pero Clodagh se pasa la vida decorando la casa. En cuanto acaba de cambiar una habitación ya empieza a pensar en otra. Y no sirve de nada que intente hablar de este tema con ella. No sé si… He pensado que quizá esté deprimida.

Ashling reflexionó. Ahora que lo pensaba, últimamente Clodagh parecía insatisfecha, y estaba un poco intratable. Y era verdad: se estaba pasando con la decoración. Además, a Ashling le había sorprendido el que le hubiera dicho a Molly que Barney había muerto. Es más, la había impresionado. Aunque la defensa de Clodagh, alegando que ella también tenía sentimientos, parecía razonable. Sin embargo ahora, en el contexto de la inquietud de Dylan, aquel detalle recuperó su calidad de mal augurio.

– No lo sé. Puede que sí -dijo Ashling, pensativa-. Pero los niños dan mucho trabajo. Son muy absorbentes. Y teniendo en cuenta que tú tienes un horario de trabajo muy largo…

Dylan se inclinó, escuchando con atención a Ashling, como si pudiera coger sus palabras con las manos. Pero aprovechando un momento en que ella se quedó callada, sumida en un lamentable silencio, dijo:

– Espero que no te moleste que te diga esto, pero he pensado que quizá tú sepas reconocer los síntomas. Por lo de tu madre… Tu madre… -insistió al ver que Ashling se había quedado muda-. Tenía depresión, ¿no? -La sutileza de Dylan no fue suficiente para hacer hablar a Ashling-. Y he pensado que Clodagh podría tener el mismo problema… -añadió.

De pronto Ashling se vio transportada al pasado, envuelta en el caos, el desconcierto, el terror constante. Los viejos gritos y chillidos resonaban en sus oídos, y tenía los músculos de la boca paralizados por la determinación de no hablar de ello. Con firmeza, casi agresivamente, dijo:

– Lo de Clodagh no tiene nada que ver con lo que le pasaba a mi madre.

– ¿No? -dijo Dylan, esperanzado, y con una pizca de curiosidad.

– Decorar el salón no es un síntoma de depresión. Bueno, al menos no que yo sepa. No le cuesta levantarse de la cama, ¿verdad? Ni te ha dicho que le gustaría estar muerta, ¿no?

– No. -Dylan sacudió la cabeza-. No, qué va. Nada de eso.

Aunque lo de su madre no había empezado de aquel modo. Había sido una cosa gradual. Ashling se trasladó contra su voluntad al pasado y volvió a ser una niña de nueve años, la edad que tenía cuando se dio cuenta de que algo no acababa de funcionar. Estaban de vacaciones en Kerry y su padre, que contemplaba la espléndida puesta de sol, comentó:

– Un hermoso final para un hermoso día, ¿verdad, Monica?

Monica, con la vista al frente, respondió con gravedad:

– Menos mal que se pone el sol. Estoy deseando irme a la cama.

– Pero si ha sido un día perfecto -repuso Mike-. Ha hecho sol, hemos jugado en la playa…

Monica se limitó a repetir:

– Estoy deseando irme a la cama.

Ashling dejó de pelearse con Janet y Owen; se sentía excluida e inquieta. Se suponía que los padres no tenían sentimientos; al menos, no sentimientos de aquel tipo. Podían quejarse cuando no hacías los deberes o no te acababas la cena, pero no se les permitía sentirse desgraciados.

Pasadas las dos semanas de vacaciones volvieron a casa, y su madre, que era joven, guapa y feliz, se transformó de la noche a la mañana en una mujer callada y triste, y dejó de teñirse el pelo. Y lloraba. Lloraba constantemente, en silencio, dejando que las lágrimas resbalaran por sus mejillas.

– ¿Qué te pasa? -le preguntaba Mike una y otra vez-. Pero ¿qué te pasa?

– ¿Qué te pasa, mamá? -le preguntaba Ashling-. ¿Te duele la barriga?

– Me duele el alma -susurraba ella.

– Tómate un par de aspirinas infantiles -decía Ashling, repitiendo lo que su madre le decía a ella cuando le dolía algo.

Las desgracias de los demás hundían a Monica. Pasó tres días llorando por culpa del hambre que asolaba África. Pero cuando Ashling llegó a casa para darle la buena noticia (que a ella le había transmitido la madre de Clodagh) de que ya habían empezado a mandarles comida, Monica rompió a llorar por un recién nacido al que habían encontrado abandonado en una caja de cartón. «Pobre criatura -se lamentaba entre sollozos-. Pobre criatura indefensa.»

Mientras su madre lloraba, su padre sonreía por los dos. Sonreía mucho. Se pasaba la vida sonriendo. Tenía un trabajo importante que lo mantenía muy ocupado. Eso era lo que todo el mundo le decía a Ashling: «Tu padre tiene un trabajo muy importante y está muy ocupado». Era vendedor y tenía que viajar: de Limerick a Cork, de Cavan a Donegal; parecían las aventuras de los fenianos. Tan ocupado estaba y tan importante era su trabajo que muchas veces estaba fuera de casa de lunes a viernes. Ashling estaba orgullosa de su padre. Los padres de todas sus amigas volvían a casa a las cinco y media cada tarde, y ella se sentía superior y pensaba que aquellos padres debían de tener trabajos insulsos.

Entonces llegaba el fin de semana, y su padre se pasaba el día sonriendo, sonriendo y sonriendo.

– ¿Qué podemos hacer hoy? -decía dando una palmada y mirando, radiante, a su familia.

– ¿Qué más me da? -murmuraba Monica-. Me estoy muriendo por dentro.

– Vaya, qué tontería. ¿No se te ocurre nada más divertido? -bromeaba él.

Luego miraba a Ashling, sonreía y decía, como si ambos compartieran un secreto:

– Tu madre tiene temperamento artístico.

Su madre siempre había escrito poesía. Incluso le habían publicado un poema en una antología, cuando Ashling era muy pequeña, y desde que empezaran los llantos y la tristeza, escribía mucho más. Ashling sabía lo que eran los poemas: hermosas palabras rimadas sobre atardeceres y flores, generalmente narcisos. Pero un día, instigada por Clodagh, leyeron a hurtadillas algunos poemas de Monica, y Ashling se quedó horrorizada. Sintió una profunda angustia, y solo daba gracias por una cosa: porque Clodagh apenas sabía leer.

Los poemas no rimaban, el número de sílabas de los versos era irregular; pero lo peor, lo que más confusión le causó, fueron las palabras tomadas individualmente. En los poemas de Monica Kennedy no había flores, sino palabras extrañas, brutales, que Ashling tardó mucho tiempo en descifrar:

Vivo en un silencio suturado. Mi sangre es negra. Soy cristales rotos, soy acero herrumbrado, soy el castigo y el delito.

Ashling regresó al presente y se encontró frente a Dylan, que la miraba con interés y consternación.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó.

Ella asintió.

– Creí que te había dado algo.

– Estoy bien -insistió Ashling-. Clodagh no habrá empezado a escribir poesía, ¿verdad? -Se esforzó por sonreír.

– ¿Poesía? ¡Qué va! -Dylan chascó la lengua, como si acabara de darse cuenta de lo tonto que había sido-. Así que si se pone a escribir poemas puedo empezar a preocuparme, ¿no?

– Bueno, pero de momento no te preocupes. Seguramente lo único que le pasa es que está cansada y necesita un respiro. ¿No podrías preparar algo agradable? Llevártela de vacaciones para que se anime un poco, o algo así.