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«Otra vez», pensó, resentida. No le hacía demasiada gracia que Dylan le pidiera consejo a ella sobre cómo hacerle la vida aún más agradable a Clodagh.

– Ahora no puedo tomarme vacaciones -explicó Dylan.

– Pues… llévala a cenar a un restaurante de lujo.

– Clodagh no se fía de las niñeras.

– ¿Por qué? ¿Qué les pasa a las niñeras?

Dylan rió, un tanto abochornado.

– Le da miedo eso de los abusos deshonestos. O que peguen a los niños. La verdad es que a mí también me preocupa, a veces.

– Ostras, ya no saben qué inventar para que la gente se preocupe. No sé, buscad a alguien de confianza. ¿No podríais dejárselos a tu madre?

– ¿A mi madre? -Dylan hizo un mohín, disimulando su alarma-. Verás, no creo que fuera muy buena idea…

Ashling asintió. Dylan tenía razón. Las únicas ocasiones en que Clodagh y su suegra se miraban a la cara era cuando discutían abiertamente (por lo general sobre la mejor forma de ocuparse de Dylan y de los hijos de Dylan).

– Y la madre de Clodagh está casi inmovilizada por la artritis -añadió Dylan-. No podría con los niños.

– Si quieres, yo puedo haceros de niñera -se ofreció Ashling.

– ¿El fin de semana? ¿Una joven sin compromiso como tú?

Ashling vaciló y dijo:

– Sí… sí -repitió, con más firmeza y tono ligeramente desafiante-. ¿Por qué no?

Si estaba ocupada de verdad, aumentarían las probabilidades de que Marcus Valentina la llamara.

– Eres genial. -Dylan se enderezó, y agregó-: Gracias, Ashling, eres un amor. Reservaré una mesa para el sábado por la noche. A ver si encuentro sitio en L'Oeuf.

Claro, pensó Ashling, ¿dónde si no? L'Oeuf era el no va más de los restaurantes elegantes de Dublín. Tenía ese toque de distinción único de los establecimientos que nunca pasan de moda, aunque no sirvieran cocina asiática ni cocina irlandesa moderna. Los platos eran tan exquisitos que te hacían llorar. Y los precios también.

– Tu madre ya está mejor, ¿verdad? -Dylan quiso reparar la torpeza de haber sacado aquel tema a colación.

«Mejor» era un concepto relativo, y de todos modos no siempre lo estaba, pero para complacer a Dylan, Ashling asintió y dijo:

– Sí, sí. Ya está mejor.

– Eres una chica estupenda, Ashling -dijo Dylan al despedirse.

«Sí -pensó ella con amargura-. ¿Verdad que sí?»

23

A poca distancia del bar donde estaban Dylan y Ashling, en el Clarence, Lisa cenaba con el famoso chef Jasper French. Jasper había pedido que lo llevaran allí, porque así tendría ocasión de comprobar que la comida que servían no era ni la mitad de buena que la que servía él en su epónimo restaurante. Era guapo, antipático, evidentemente se consideraba un genio y se moría de celos de sus competidores.

– Aficionados -declaró enarbolando su sexta copa de vino-. No son más que unos aficionados y unos diletantes. ¿Marco Pierre White? ¡Un aficionado! ¿Alasdair Little? ¡Un aficionado!

Madre mía, qué pelmazo de tío. Lisa asintió, sonriente. Suerte que los hombres difíciles eran su especialidad.

– Por eso te hemos elegido a ti para que participes en el éxito de Colleen, Jasper.

Aquello no era del todo cierto. Habían elegido a Jasper porque Conrad Gallagher ya había rechazado la oferta, alegando exceso de trabajo.

Mientras Jasper se bebía buena parte de la segunda botella de vino, Lisa lo sorprendió hablándole de sin ergía. Sin llegar a prometérselo, insinuó que la columna de Colleen podía llevarlo fácilmente a tener su propio programa en el Canal g, el canal de Randolph Media.

– ¡Trato hecho! -decidió Jasper-. Envíame un contrato mañana por la mañana.

– No será necesario. Aquí tengo uno -dijo Lisa gentilmente; lo mejor era actuar era actuar de inmediato.

Él estampó su firma, y lo hizo justo a tiempo, porque hubo un momento crítico cuando el camarero le retiró el plato a Lisa, que, como de costumbre, había movido la comida por el plato, pero no había probado bocado.

– ¿No le ha gustado el plato? -preguntó el camarero.

– Sí, sí. Estaba delicioso, es que… -Lisa se dio cuenta de que Jasper la miraba fijamente, y modificó rápidamente su veredicto para darle un tono más neutral-: Estaba correcto.

– Si estaba tan estrepitosamente malo como el mío, no me extraña que no haya podido ni probarlo -intervino Jasper, desafiante-. ¿Blinis de morcilla? Eso es más que un tópico. ¡Es un chiste!

– Lo lamento mucho, señor. -El camarero miró con indiferencia a Jasper y su plato vacío. Había trabajado para aquel capullo-. ¿Tomarán postres?

– ¡Ni hablar! -contestó Jasper con vehemencia, lo cual disgustó mucho a Lisa, que aquella semana estaba haciendo un régimen a base de postres. Solo comía los más ligeros, por supuesto: fruta fresca, sorbetes, mousses de fruta. Hacía más de una década que no probaba el chocolate.

Bueno, no importaba. Lisa pagó la cuenta y se levantaron de la mesa (Jasper con paso menos seguro que ella). Cuando llegaron a la puerta del restaurante se estrecharon la mano, y entonces él intentó abalanzarse sobre Lisa, pero ella lo esquivó con mucho tacto. Suerte que ya tenía el contrato firmado.

Jasper se alejó por la acera, tambaleándose y con gesto sombrío, y en cuanto se quedó sola, a Lisa volvió a invadirla la tristeza. ¿Por qué? ¿Por qué aquí todo resultaba tan difícil? En Londres ella estaba bien. Incluso después de la ruptura con Oliver, había seguido adelante. Había seguido trabajando, llevando sus ideas a la práctica, haciendo cosas, convencida de que tarde o temprano obtendría una recompensa. Pero la recompensa se la llevó otra persona, y ahora ella estaba en Irlanda, y sus recursos para sobrellevar las dificultades no parecían funcionar tan bien aquí.

El día anterior no había telefoneado a su madre, aunque era domingo. Estaba demasiado deprimida. Solo se había vestido para bajar a la asquerosa tienda de la esquina y comprarse un tarro de helado y cinco periódicos, y en cuanto regresó a casa volvió a ponerse la bata y pasó el resto del día envuelta en una nube de humo de cigarrillos, sin hacer nada. El único contacto que tuvo con la humanidad fue el de los niños de ocho años del barrio, que golpeaban repetidamente la puerta de su casa con la pelota de fútbol.

Antes de parar un taxi entró en un quiosco para comprar cigarrillos, y se animó un poco al ver que ya había salido el último número de la revista Irish Tatler, una de las rivales de Colleen: podía dedicar el resto de la noche a analizarla y criticarla. De repente ya no le deprimía tanto la idea de volver a casa.

– ¡Hola, Lisa! -le gritaron unas niñas que estaban jugando en la calle cuando se bajó del taxi-. Qué vestido tan sexy.

– Gracias.

– ¿Qué número calzas?

– El seis.

Las niñas se apiñaron para deliberar. ¿Era muy grande el número seis? Decidieron que sin duda era demasiado grande para ellas.

Lisa entró en casa, dejó el bolso en el suelo, enchufó la tetera eléctrica y miró si había mensajes en el contestador. No había, lo cual no la sorprendió, porque casi nadie sabía su número. Con todo, eso no impidió que se sintiera fracasada.

Se quitó los bonitos zapatos, colgó el vestido en el respaldo de una silla y cuando se estaba poniendo unos sencillos pantalones con cordón y una camiseta cortita sonó el timbre de la puerta. Debía de ser una de aquellas niñas para preguntarle si les regalaría su bolso cuando ya no lo quisiera.

Lisa exhaló un suspiro y abrió la puerta de par en par, y allí, plantado en el escalón, y con la cabeza un poco agachada para caber en el umbral, estaba Jack.

– Oh -dijo Lisa, desprevenida.

Era la primera vez que lo veía sin el traje. Llevaba una camisa larga sin cuello, con los primeros botones desabrochados. Y no por una cuestión de estilo, sino porque faltaban los botones. Los pantalones caqui parecían haber sobrevivido a las dos guerras mundiales, y tenían un desgrarrón en la rodilla derecha que dejaba entrever una rótula lisa y un cuadradito de piel con vello. Iba aún más despeinado de lo habitual, y no se había afeitado.