– ¿En un yate? -preguntó Lisa con entusiasmo, ignorando que Jack había mencionado a Mai.
– No, no. Qué va. Es una embarcación para una sola persona, no mucho más grande que una tabla de surf. A ver…, juego a Sim City hasta altas horas de la noche. ¿Cuenta eso?
– ¿Qué es? ¿Un juego de ordenador? Claro que cuenta. ¿Algo más?
– No lo sé. Vamos a un pub, o a comer fuera, y hablamos mucho de ir al cine, pero al final nunca vamos, no sé por qué.
A Lisa no le gustó que Jack hubiera empleado el plural en aquella frase. Supuso que Jack se refería a Mai, y aunque él no había especificado qué hacían en lugar de ir al cine, ella se lo imaginaba.
– También salgo con mis amigos de la universidad, y veo bastante televisión, pero porque me lo exige mi trabajo, ¿eh?
– Ya, claro -dijo Lisa con sorna, bromeando. Entonces se dio cuenta de una cosa y añadió-: Eso es lo que más te gusta, ¿verdad? Trabajar en la televisión.
– Sí… -Ella vio que Jack se ponía en tensión, pues había recordado con quién estaba hablando-. Hombre, las revistas también me gustan. Pero no te imaginas la cantidad de trabajo que me da el Canal y…
– Así que podrías ahorrarte el trabajo que te da Colleen, ¿no? -dijo Lisa, burlona.
Jack desvió con tacto la pregunta.
– El caso es que actualmente mi trabajo en el Canal y resulta muy gratificante. Después de dos años currando como un enano, el personal está bien pagado, por fin; los patrocinadores están satisfechos y los consumidores tienen una programación inteligente. Y estamos a punto de atraer inversiones, así que pronto podremos ofrecer una programación de mayor calidad aún.
– Genial -dijo Lisa con vaguedad. De momento ya había oído bastante sobre el Canal 9-. ¿Qué más haces?
– Pues… -Pensó en voz alta-. Los fines de semana suelo ir a ver a mis padres. Se están haciendo mayores, y las horas que paso con ellos cada vez parecen más valiosas. No sé si me entiendes.
Lisa cambió de tema apresuradamente:
– ¿No vas nunca a inauguraciones de restaurantes? ¿Ni a estrenos de teatro?
– No -respondió él, tajante-. Odio esas cosas. Nací sin el gen de la diplomacia, aunque estoy seguro de que no hace falta que te lo diga.
– ¿Por qué? -preguntó Lisa, disimulando.
– ¡Bah! Tengo muy mala leche.
– Conmigo nunca la has empleado -dijo ella, lo cual no significaba que no se hubiera fijado en sus berrinches.
– Lo hago sin querer -explicó Jack con cierta nostalgia-. No sé qué me pasa, pero no puedo evitarlo, y luego siempre me arrepiento.
– Perro ladrador, poco mordedor, ¿no?
Jack se dio la vuelta, dejó la llave inglesa en el suelo y exclamó:
– ¡Ya está! -Con tono más suave añadió-: No siempre. A veces sí muerdo.
Antes de que Lisa pudiera contestar a aquella provocativa afirmación, se puso a recoger las herramientas.
– La he conectado de modo que tengas agua caliente a todas horas. Nos vemos mañana, y perdona que me haya presentado sin avisar.
– No pasa na…
Jack no se entretuvo más. La casa se quedó muy vacía, y Lisa sola, muy sola, con sus pensamientos.
A Oliver le gustaban la ropa, las fiestas, el arte, la música, las discotecas y relacionarse con gente importante. Jack era un socialista mal vestido que navegaba en una tabla de surf y que no tenía vida social de que hablar. Pero también era corpulento, sexy, peligroso, y olía maravillosamente. Además…, oye, no se puede tener todo.
24
«Eres una chica estupenda, Ashling. Eres una chica estupenda, Ashling.» La frase con que Dylan se había despedido en el Shelbourne resonaba en los oídos de Ashling, que iba andando a su casa. Y siguió resonando hasta que se paró en el café Moka para comer algo.
Cuando llegó a casa encontró a Boo sentado en la acera.
– ¿Dónde has estado? -le preguntó Ashling-. Hace un par de días que no te veo.
Boo miró al cielo y exclamó en tono de guasa:
– ¡Mujeres! ¡Siempre controlándote! -Iba sin afeitar, y le brillaban los ojos-. Necesitaba un cambio de aires. -Agitó una mano con aire indolente-. Me sentí atraído por la puerta de una bonita tienda de Henry Street, así que me instalé allí un par de noches.
– Entiendo. Te gusta cambiar de cama -repuso ella-. Sois todos iguales.
– No significó nada -dijo Boo con seriedad-. La atracción era puramente física.
– Anoche te bajé unos libros. -Una vez más, Ashling lamentó que la hubieran pillado desprevenida.
Hasta que recordó que llevaba en el bolso un ejemplar para la prensa de un libro de Patricia Cornwell. Nadie se había interesado por él en la oficina, así que Ashling lo había cogido para regalárselo a Joy.
– ¿Crees que te gustará esto?
Sacó con torpeza el libro de su bolso. A Boo se le iluminó tanto la cara que a ella casi le entró mareo. Ella tenía de todo, y él, en cambio, no tenía más que una manta de color naranja.
– Me encantará -contestó Boo-. Lo cuidaré. Puedes estar segura de que te lo devolveré intacto.
– Puedes quedártelo.
– ¿Por qué?
– Me lo han regalado. En el trabajo.
– Qué trabajo tan estupendo -la felicitó él-. Gracias, Ashling. Eres muy amable.
– De nada -replicó ella con fría formalidad. Estaba disgustada por la injusticia del mundo, enfadada consigo misma por tener tanto poder, y se sentía culpable por lo poco que hacía al respecto.
Cuando metía la llave en la cerradura, Boo le gritó:
– ¿Qué te pareció Marcus Valentina?
– No lo sé. -Estuvo a punto de soltarle un largo discurso y explicarle que el día que lo conoció no le había gustado, que luego lo había visto actuar y no pudo evitar cambiar de opinión, que estaba deseando que la llamara y que confiaba en que hubiera un mensaje en el contestador, que…-Gracioso -resumió componiendo una débil sonrisa-. Muy gracioso.
«Muy gracioso, desde luego. Decir que me llamaría, y luego pasar de todo.» Subió a toda prisa la escalera, ansiosa por comprobar si Marcus había llamado durante su ausencia.
Cuando vio la luz roja parpadeante le entró vértigo. Apretó el play y, mientras la cinta se rebobinaba hasta el principio, dio una rápida vuelta por el piso para frotar el Buda de la suerte, tocar la piedra milagrosa, acariciar el cristal mágico y ponerse la gorra roja. «Por favor, Fuerza Benigna del Universo que llamamos Dios -rezó-, que haya llamado.»
Evidentemente algo no funcionaba bien en el continuo espaciotemporal, porque sus plegarias tuvieron respuesta. Pero no la respuesta adecuada, sino una desfasada: el mensaje era de Phelim. Ashling había rezado muchas veces para que Phelim la llamara, y ahora que lo había hecho, era demasiado tarde.
«¿Qué tal, Ashling? -crujió su voz desde Sydney-. ¿Cómo va todo? -Sonaba muy alegre y muy australiano; luego volvió a hablar con su acento de Dublín-. Oye, se me olvidó regalarle algo a mi madre por su cumpleaños, y ella no me lo perdonaría jamás. ¿Podrías comprarle algún adorno o algo? Tú conoces sus gustos mejor que yo. Ya te compensaré. Gracias, eres un tesoro.»
– Gilipollas -murmuró Ashling quitándose la gorra prodigiosa.
Si ella no se hubiera encargado de prepararle los billetes, los visados, el pasaporte y los dólares australianos, Phelim todavía estaría intentando averiguar qué tenía que hacer para salir del país. Lo único que había faltado era que ella lo metiera en el avión con un cartelito colgado del cuello. Entonces se fijó en su reacción: ni rastro de náuseas, añoranza o emoción. Normalmente se afligía mucho cuando tenía noticias de Phelim, pero por lo visto había empezado a creerse aquello que siempre proclamaba: verdaderamente ya no estaba colgada de él.