– Trix, hueles a algo que espero sea pescado.
– Es pescado.
– ¿Puedo preguntarte por qué?
– Buscaba a un hombre con vehículo -contestó Trix, enfurruñada.
Kelvin se dio varias palmadas en las mejillas y dijo:
– ¡No! Ya estoy despierto y sigo sin entenderlo.
– Buscaba a un hombre con vehículo -repitió Trix, enojada-. Conocí a Paul, que reparte pescado, y resulta que utiliza la furgoneta del trabajo en su tiempo libre.
Como era de esperar, la imagen de Trix con sus mejores galas y su mejor maquillaje sentada junto a un montón de pescado provocó las carcajadas de sus compañeros.
– Yo iba sentada delante junto al conductor -protestó Trix, pero fue en vano-. No detrás, con el pescado.
– ¿Qué has hecho con tus otros novios? -le preguntó Kelvin.
– Los he mandado a paseo.
Ojalá fuera tan dura como ella, pensó Ashling mientras tecleaba con furia. Estaba introduciendo su artículo sobre el club de salsa en el ordenador. Cuando hubo terminado de copiar el texto, se lo pasó a Gerry, que escaneó los dibujos de Joy y las fotografías.
– Voy a probar diferentes tipos de letra y diferentes colores -dijo Gerry-. Dame un poco de tiempo y luego se lo enseñaremos a Lisa. Confía en mí: te haré quedar bien.
– Confío en ti plenamente -le prometió Ashling. Gerry era un imperturbable oasis de serenidad; nunca le entraba pánico, por muy confuso o difícil que fuera lo que le pidieras.
Mientras esperaba, Ashling llamó por teléfono a Clodagh.
– Querías hablar conmigo de algo, ¿no? -le dijo, nerviosa.
– Sí. -Se oía la clásica algarabía de fondo-. Craig está enfermo, y a Molly han vuelto a echarla de la guardería.
– ¿Qué ha hecho esta vez?
– Por lo visto intentó prenderle fuego a la casa. Es una niña, y es lógico que explore su entorno, que quiera saber para qué sirven las cerillas. No sé qué espera esa gente. -Se oyeron más gritos-. Al menos ella siente curiosidad. En cambio yo ya no sé qué hago aquí, Ashling.
– No me extraña.
– Por eso quería hablar contigo de… ¡Molly! ¡Suelta ese cuchillo! ¡He dicho que lo sueltes! ¡Ahora mismo! Craig, si Molly te pega, ¡pégale tú a ella, por el amor de Dios! -Clodagh masculló algo por lo bajo y dijo-: Tengo que dejarte, Ashling. Ya te llamaré más tarde.
Clodagh colgó. Así que Dylan tenía razón: estaba pasando algo. Ashling tragó saliva. Bueno, ya eran mayorcitos para arreglárselas solos.
Para distraerse, Ashling pulsó unas cuantas teclas del ordenador, y se llevó una grata sorpresa al ver que tenía un e-mail. Era un chiste que le había enviado Joy. ¿Qué diferencia hay entre un erizo y un BMW?
– Un chiste, chicos -dijo Ashling a nadie en particular. Todos dejaron de trabajar al instante. Cualquier excusa era buena-. ¿Por qué los hombres no se ahogan?
– Ya lo sé -bramó Jack Devine, que se dirigía a su despacho a grandes zancadas.
– Pero si ni siquiera sabes qué voy a decir -protestó Ashling.
– Porque flotan, como la mierda -dijo Jack, y pegó un portazo.
Ashling se quedó atónita.
– ¿Cómo lo sabía? -preguntó.
– Ese chiste circula hace un par de días -explicó Kelvin-. Se lo habrá contado alguien.
– ¡Ah! Creía que había vuelto a pelearse con su novia.
– ¿No os habéis parado a pensar en la cantidad de presión que soporta el pobre señor Devine? -La señora Morley se había levantado de su silla (aunque con eso no conseguía parecer más alta), y habló con un tono cargado de rabia e instinto protector-. El sábado estuvo negociando con el sindicato de técnicos hasta las diez de la noche. Y esta mañana tiene una reunión con tres ejecutivos que han venido de Londres, entre ellos el contable del grupo, para discutir sobre asuntos muy serios. Pero por lo visto, eso a ninguno de vosotros os importa. Y debería importaros -concluyó con tono amenazador.
Aunque en general todos la consideraban una pelmaza que no hacía más que sembrar pesimismo, sus palabras tuvieron un efecto aleccionador en el personal. Sobre todo en Lisa. Seguía sin haber noticias sobre los ingresos provenientes de la publicidad. Lisa tenía nervios de acero, pero aquella situación la estaba sacando de quicio incluso a ella.
Jack salió de su despacho.
– Acaban de llamar -le informó la señora Morley-. Llegarán dentro de diez minutos.
– Gracias-. Jack suspiró y, distraído, se mesó el despeinado cabello. Parecía cansado y preocupado, y de pronto Ashling sintió lástima por él.
– ¿Quieres una taza de café antes de la reunión? -le preguntó con compasión.
Él la miró con sus oscuros ojos y, cabreado, respondió:
– No, no vaya a ser que me despierte.
«Pues vete al cuerno», pensó Ashling, que ya no se compadecía de Jack.
– Ven a ver esto, Ashling -dijo entonces Gerry.
Ella se acercó a la pantalla de Gerry y se quedó impresionada por cómo había quedado el artículo: era un reportaje de cuatro páginas, vistoso, divertido, atractivo e interesante. El texto estaba distribuido en tiras y columnas, y dominado por la erótica fotografía de la pareja bailando, con el cabello de la mujer rozando el suelo.
Gerry lo imprimió todo y Ashling se lo llevó a Lisa, como si se tratara de una ofrenda sagrada. Lisa examinó las páginas sin decir ni pío. Ni siquiera la expresión de su rostro daba alguna pista de lo que estaba pensando. El silencio se prolongó tanto que la emoción de Ashling empezó a disminuir y a convertirse en preocupación. ¿Y silo había entendido mal? Quizá no fuera aquello lo que Lisa quería.
– Aquí hay una falta de ortografía -dijo Lisa con voz monótona-. Y aquí, un error tipográfico. Y aquí otro. Y otro. -Cuando llegó al final del artículo, se lo devolvió a Ashling y dijo-: Muy bien.
– ¿Muy bien? -repitió Ashling, que seguía esperando que Lisa reconociera cuánto había trabajado y cuánto se había esmerado.
– Sí, muy bien -dijo Lisa con impaciencia-. Corrígelo y pásalo.
Ashling le lanzó una mirada iracunda. Estaba tan disgustada que no pudo evitarlo. Ella no podía saber que aquello significaba un gran elogio por parte de Lisa. Cuando los empleados de Femme oían gritar a Lisa: «Llévate esta mierda de mi mesa y escríbelo otra vez», solían considerarlo un homenaje.
Entonces Lisa se acordó de una cosa y cambió de tema.
– Oye, ¿quién era ese tipo con el que ibas anoche? -preguntó con exagerada indiferencia.
– ¿Qué tipo? -Ashling sabía perfectamente a quién se refería, pero quería vengarse.
– Uno rubio. Te marchaste de aquí con él.
– Ah, ya. Era Dylan. -Ashling no dijo nada más. Estaba disfrutando de lo lindo.
– Y ¿quién es Dylan? -tuvo que preguntar Lisa.
– Un amigo mío.
– ¿Soltero?
– Está casado con mi mejor amiga. ¿Qué? ¿Te gusta mi artículo? -insistió con tesón.
– Ya te he dicho que está bien -contestó Lisa con fastidio. Y añadió algo con lo que hurgaba en la herida-: Creo que podríamos convertirlo en una sección. Prepara otro reportaje sobre cómo ligar para el número de octubre. ¿Qué fue lo que propusiste en la primera reunión que celebramos? ¿Ir a una agencia matrimonial? ¿A montar a caballo? ¿Navegar por internet?
Se acuerda de todo, pensó Ashling, que no se sentía capaz de hacer otro esfuerzo monumental el mes siguiente y cada mes. ¡Y sin que Lisa elogiara su trabajo!
– Aunque también podrías escribir algo sobre la posiblidad de ligar en una función de cómicos de micrófono -añadió Lisa con una astuta sonrisa.