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Ashling se encogió de hombros, abochornada.

– ¿Ya te ha llamado? -preguntó de pronto Lisa.

Ashling negó con la cabeza; le fastidiaba tener que reconocer su derrota. ¿Y si Marcus había llamado a Lisa? Seguro que sí; por eso se estaba mostrando tan cruel con ella. Tras unos segundos de silencio, la venció la curiosidad.

– ¿Y a ti? -preguntó.

Lisa también negó con la cabeza, lo cual sorprendió mucho a Ashling.

– ¡Es un gilipollas! -exclamó con vehemencia y profundo alivio.

– ¡Un imbécil! -coincidió Lisa, y soltó una inesperada risotada.

De repente Ashling encontró muy gracioso que Marcus Valentina no las hubiera llamado a ninguna de las dos.

– ¡Hombres! -Las onerosas horas de espera que Ashling había soportado desde el sábado se disolvieron en una carcajada.

– ¡Hombres! -coincidió Lisa, riendo también.

Entonces ambas se fijaron en Kelvin, que estaba plantado en medio de la oficina, rascándose distraídamente el paquete y con la mirada perdida. Era una imagen tan típica, que cuando Ashling y Lisa volvieron a mirarse, se desternillaron de risa.

Lisa rió con ganas. Y eso la animó y la relajó tanto que se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no reía de verdad. Una carcajada como Dios manda, de esas que te hacen olvidar todo lo demás.

– ¿Qué pasa? -preguntó Kelvin, ofendido-. ¿Qué os hace tanta gracia?

Aquello bastó para que Ashling y Lisa volvieran a empezar. La risa les hizo olvidar su desconfianza mutua, y al menos por un momento se sintieron unidas.

Secándose las lágrimas y tocándose las doloridas mejillas, Lisa, llevada por un impulso, le dijo a Ashling:

– Tengo invitaciones para una presentación de cosméticos que hay esta tarde. ¿Quieres venir conmigo?

– ¿Por qué no? -respondió Ashling alegremente. Estaba agradecida, pero ya no lastimosamente agradecida.

La presentación de cosméticos era de Source, la marca de moda, pues gozaba de mucha popularidad entre las supermodelos y las famosas. Todos sus productos, cuyos desorbitados precios inspiraban gran confianza, eran ecológicos; los envases eran biodegradables, reciclables o reutilizables; y la empresa alardeaba de reinvertir parte de sus beneficios en la replantación de árboles, la reconstrucción de la capa de ozono, etcétera, etcétera. (En realidad invertían el 0,003% de los beneficios descontados los impuestos, y después de que los accionistas hubieran recibido sus dividendos. En la práctica la suma ascendía a unas doscientas libras, pero eso a la gente no le importaba, aunque lo supiera. Se habían tragado aquello de «Source: la belleza responsable».)

El escenario de la presentación era el hotel Morrison, no muy lejos de la oficina. De todos modos, Lisa se empeñó en ir en taxi. Habrían llegado antes si hubieran ido a pie, porque el tráfico estaba fatal, pero a ella no le importaba. En Londres Lisa no iba a pie a ningún sitio, y consideraba que era una afrenta a su estatus el que tuviera que hacerlo en Dublín.

Habían convertido una de las salas de actos del hotel en una antigua farmacia para la ocasión. Las chicas de Source llevaban batas blancas de médico y estaban situadas detrás de unas diminutas mesas de boticario (de MDF, pero tratadas para que parecieran de madera de teca vieja). Por todas partes había botellas con tapón de vidrio, cuentagotas y tarros de medicinas.

– Qué pedantería -le dijo Lisa a Ashling al oído-. Y cuando se ponen a hablar de los productos nuevos, se comportan como si hubieran descubierto un remedio contra el cáncer. Pero antes que nada… ¡una copa!… ¡Zumo de germen de trigo! -exclamó cuando el camarero le descifró el contenido de su bandeja.

– ¡Puaj! ¿No tiene nada más?

Lisa llamó a otro camarero, que llevaba una bandeja llena de latas plateadas, de las cuales sobresalía un tubito opaco.

– ¿Oxígeno? -dijo Lisa con asco-. No diga tonterías. Tráigame una copa de champán.

– Que sean dos -intervino Ashling, nerviosa. Solo con ver el zumo de germen de trigo, verde y grumoso, le habían dado ganas de vomitar, y si no andaba equivocada, el oxígeno podía obtenerlo siempre que quisiera.

Se bebieron tres copas de champán cada una, para envidia de los otros invitados, que bebían tímidamente sus zumos de germen de trigo gratis e intentaban no vomitar. Solo Dan Heigel del Sunday Independent, cuyo lema era «Hay que probarlo todo», se había atrevido con el oxígeno, y le dio tal mareo que tuvo que tumbarse en el vestíbulo, donde los turistas lo esquivaban con una sonrisa indulgente, creyendo que era el paradigma del irlandés borracho.

– Vamos -le dijo Lisa a Ashling-. Ahora toca aguantar el sermón; luego podremos exigir nuestro regalo.

Ashling comprobó que Lisa tenía razón. Caro, que se encargó de presentar los cosméticos, hablaba de los productos con una seriedad y una poca gracia asombrosas.

– Esta temporada se va a llevar el look reluciente -anunció Caro al tiempo que se aplicaba con suavidad un poco de sombra de ojos en el dorso de la mano.

– Igual que la temporada pasada -la desafió Lisa.

– No, no. La temporada pasada se llevaba el look brillante. -Lo dijo completamente convencida, sin una pizca de ironía.

Lisa le dio un codazo a Ashling y ambas se miraron, conteniendo la risa. Lisa tuvo que admitir que estaba muy bien tener a alguien con quien reírse de aquellas cosas.

– Esta temporada hemos abierto nuevos caminos creando un brillo de labios para la frente del que estamos muy satisfechos… Cualquier imperfección que se detecte en su textura se debe a que, a diferencia de otras marcas de cosméticos, nosotros no utilizamos grasas animales para fabricar nuestros productos. Es el precio que hay que pagar…

Finalmente la encomiable presentación llegó a su fin, y Caro reunió una selección de los cosméticos de la nueva temporada. Todos los productos iban envasados en tarros de grueso cristal marrón, como los tarros de medicinas antiguos, y recogidos en una réplica de maletín de médico.

Caro le dio un maletín a Lisa, pues parecía evidente que ella era la responsable. Pero al ver que Ashling y Lisa no se marchaban, Caro dijo con ansiedad:

– Solo un obsequio por publicación. La filosofía de Source es no fomentar los excesos.

Lisa y Ashling volvieron a contemplarse una a otra como rivales.

– Ya lo sabía -dijo Lisa quitándole importancia, y se marchó de la sala con aire despreocupado, aferrada a la bolsa de cosméticos: la posesión era lo que contaba.

Salió al vestíbulo con paso decidido, sin aminorar la marcha cuando pasó por encima de Dan Heigel, que seguía tumbado en el suelo.

– Qué bragas tan monas -murmuró él.

– Y tú ¿por qué tienes que llevar pantalones? -preguntó un segundo más tarde, cuando Ashling saltó por encima de él.

Cuando Lisa consideró que estaban suficientemente lejos del hotel, aminoró el paso. Ashling la alcanzó y le echó un vistazo, angustiada, a la bolsa de obsequios.

– Depende de lo que haya dentro -dijo Lisa, tajante. Acababa de recordar por qué le gustaba tanto trabajar sola. Si no trabajabas sola, siempre acababas teniendo que compartir algo: maquillaje, elogios… Abrió el maletín de médico y dijo-: Puedes quedarte la sombra de ojos. ¡Eh! ¡Es reluciente!

Pero además de ser reluciente era de un extraño color de barro que a ninguna de las dos les gustó.

– Y también puedes quedarte el brillo para la frente. Yo me quedo la crema para el cuello y el delineador de ojos.

– ¿Y la barra de labios? -preguntó Ashling, anhelante.

La barra de labios era el verdadero premio: era de un marrón claro precioso, con un perfecto acabado mate.

– La barra de labios es para mí -dijo Lisa-. Al fin y al cabo, yo soy la jefa.

«¿Me lo dices o me lo cuentas?», pensó Ashling, resentida.

26

El martes por la noche Ashling fue a su clase de salsa. Como la vez anterior, las mujeres superaban en número a los hombres, y a Ashling le tocó bailar con otra mujer, que le preguntó si iba allí a menudo.