– ¿Podrías redactarme un currículum? -le preguntó Clodagh-. Oye, y no quiero que Dylan lo sepa. Al menos de momento; podría herirle el orgullo. Él tiene muy asumido que es el sostén de la familia, no sé si me entiendes.
Ashling no estaba del todo convencida, pero decidió apoyar a su amiga.
– Vale.¿Qué hobbies quieres que ponga en el currículum? ¿Ala delta? ¿Sadomasoquismo?
– Rafting en aguas rápidas -dijo Clodagh con una risita-. Y sacrificios humanos.
– Y… ¿seguro que estás bien? -Ashling necesitaba que se lo confirmara.
– Sí, ahora sí. Pero la verdad es que últimamente he estado un poco baja de moral. Estaba empezando a preocuparme.
Ashling concluyó que, al fin y al cabo, quizá Dylan no iba del todo mal encaminado. Quizá, verdaderamente, tenía motivos para estar preocupado por su esposa.
– Ahora ya sé qué tengo que hacer -prosiguió Clodagh, muy animada-, y todo se va a arreglar. ¡Oye! -Había recordado algo de repente-. Dylan me ha dicho que vas a quedarte con los niños el sábado por la noche.
Por lo visto, la operación «Animar a Clodagh» seguía en marcha.
– Iremos a cenar a L'Oeuf -explicó Clodagh, encantada-. Hace siglos que no salgo.
– Por cierto, ¿te importaría que Ted viniera conmigo el sábado? -preguntó Ashling con la esperanza de que su amiga se lo prohibiera rotundamente.
– ¿Ted? ¿Ese bajito y moreno? -Clodagh se lo pensó un momento y dijo-: Vale, ¿por qué no? Parece inofensivo.
27
Ashling fue temprano a la oficina para introducir en el ordenador el currículum de Clodagh; luego le pidió a Gerry que lo editara bien bonito. Mientras esperaba a que él lo imprimiera, se sorprendió garabateando las palabras «Ashling Valentina». ¿Te has vuelto loca? Lo mejor sería que trabajara un poco. Pero en lugar de hacer eso hizo otra cosa más desagradable aún: llamó a sus padres. Contestó su padre.
– Hola, papá. Soy Ashling.
– ¡Hola, Ashling! -Parecía muy feliz de oírla-. ¿Cómo te va la vida?
– Muy bien, muy bien. ¿Y vosotros? ¿Estáis todos bien?
– Estupendamente. Dime, ¿cuándo vamos a verte? ¿No puedes venir algún fin de semana?
– Todavía no -dijo Ashling, consumida por los remordimientos-. Es que a veces trabajo los fines de semana.
– Qué lástima. Espero que no te estén explotando. Pero estás contenta con el nuevo empleo, ¿no?
– Sí, sí, muy contenta.
– Espera un momento. Tu madre quiere decirte algo.
– Mira, papá, es que ahora no puedo enrollarme mucho. Estoy en la oficina. Ya os llamaré un día de estos por la noche. Me alegro de que estéis bien.
Colgó; en parte se sentía un poco mejor, y en parte un poco peor. Sentía alivio por haber llamado, porque así no tendría que volver a hacerlo hasta pasadas unas dos semanas; pero también se sentía culpable porque no podía complacer a sus padres. Encendió un cigarrillo y dio una honda calada.
Lisa llegó tarde.
– ¿Dónde estabas? -le preguntó Trix-. Todo el mundo te buscaba.
– Eres mi secretaria personal -contestó Lisa con impaciencia-. Tendrías que saberlo. ¿Por qué no consultas mi agenda?
– Ah, tu agenda. Claro. -Buscó la página correspondiente y leyó en voz alta-: «Entrevista Frieda Kiely». ¿Os habéis enterado, chicos?
– Exacto -dijo Lisa subiendo el tono de voz para que la oyeran todos, y especialmente Mercedes-. Esta mañana he entrevistado a Frieda Kiely en su atelier. Es un encanto. Un verdadero encanto.
En realidad había sido una pesadilla. Una grotesca pesadilla. Antipática, histérica y con unos humos insoportables.
Cuando llegó Lisa, Frieda estaba tumbada en una chaise ion gue, con uno de sus espectaculares vestidos, y con la larga melena gris suelta hasta la cintura. Reposaba sobre montañas de tela, comiéndose un desayuno McDonald's. Pese a que Lisa había confirmado la cita con la secretaria de Frieda aquella misma mañana, Frieda estaba empeñada en que ella no había quedado con nadie.
– Pero si su secretaria…
– Mi secretaria -la interrumpió Frieda a voz en grito- es subnormal. La voy a despedir. ¡Julie! ¡Elaine! ¡Como te llames! ¡Estás despedida! Pero ya que está usted aquí… -concedió finalmente. Por lo visto le apetecía divertirse un rato.
– Hábleme de usted -dijo Lisa intentando tomar las riendas de la entrevista-. ¿Dónde nació?
– En el planeta Zog, querida -contestó Frieda arrastrando las palabras.
Lisa se quedó mirándola. No le habría extrañado que fuera verdad.
– Si prefiere que hablemos de su ropa… -dijo, tanteando el terreno.
– ¿Ropa? -le espetó Frieda-. ¡Lo que yo hago no es ropa!
Ah, ¿no? «Y si no era ropa, ¿qué era?», se preguntó Lisa.
– ¡Obras de arte, imbécil!
A Lisa no le sentó bien que la llamaran imbécil. Aquella situación le estaba resultando sumamente difícil. Pero tenía que pensar que lo hacía por el bien de Colleen.
Contuvo la rabia y prosiguió:
– ¿Podría decirme por qué tiene tanto éxito?
– ¿Por qué? ¿Por qué? -repitió Frieda con desdén-. Pues porque soy un genio. Oigo voces.
– Quizá debería verla un médico. -Lisa no pudo contenerse.
– ¡Me refiero a mis guías espirituales, idiota! Ellos me dicen lo que tengo que crear.
Un yorkshire andrajoso que llevaba puesta una chistera en miniatura entró correteando en la habitación, soltando unos estridentes y espantosos ladridos.
– Ven aquí, cariñito. -Frieda cogió al perrito en brazos y se lo pegó contra los enormes pechos, arrastrándolo por el tweed y por un huevo McMuffin-. Este es Schiaperelli, mi musa. Sin él mi genio desaparecería.
Lisa deseó que el perro sufriera un terrible accidente, sentimiento que se intensificó cuando Schiaperelli respondió a las presentaciones hincando sus afilados dientes en la mano de Lisa.
Frieda Kiely estaba horrorizada.
– ¡Oh! ¿Qué ha hecho esta desagradable periodista? ¿Te ha metido la mano en la boca? -Miró a Lisa con odio y añadió-: Si Schiaperelli se pone enfermo la demandaré. A usted y a ese periodicucho que representa.
– No represento a ningún periódico. Represento a la revista Colleen. Hicimos un reportaje en Donegal sobre su…
Pero Frieda no la escuchaba. Se incorporó, apoyándose en un codo, y le gritó a su secretaria:
– ¡Niña! ¡En este edificio hay alguien que huele a nabos! Averigua quién es y échalo de aquí. Ya sabes que no lo soporto.
La secretaria se asomó por la puerta del despachito contiguo y dijo con serenidad:
– Son imaginaciones suyas. Nadie huele a nabos.
– ¡Te he dicho que huele a nabos! ¡Estás despedida! -gritó Frieda.
Lisa se miró la mano. Aquella birria de perro le había dejado los dientes marcados. Ya no aguantaba más. Era imposible publicar un reportaje sobre aquella chiflada.
En el despachito contiguo, la secretaria, que se llamaba Flora, le frotó a Lisa la herida con tintura de árnica, que tenía allí precisamente para aquellas ocasiones.
– ¿Cuántas veces te despide al día? -le preguntó Lisa.
– ¡Uf! Muchísimas. A veces es un poco intratable -explicó Flora-. Pero eso se debe a que es un genio.
– Lo que le pasa es que está como una cabra-. Flora ladeó la cabeza y caviló unos instantes. -Sí -coincidió-. Eso también.
Lisa fue a la oficina en taxi. Bajo ningún concepto iba a darle a Mercedes la satisfacción de saber que tenía razón, que Frieda Kiely estaba completamente loca.
– Frieda es un verdadero amor -dijo Lisa a los empleados de Colleen-. Nos hemos hecho muy amigas.
Miró a Mercedes para ver cómo reaccionaba, pero sus oscuros ojos no denotaban ninguna emoción.
Media hora más tarde Jack salió de su despacho, fue directamente hasta Lisa y dijo:
– Han llamado de Londres.