Lisa dirigió hacia él sus ojos grises perfectamente maquillados; estaba demasiado nerviosa para hablar. ¡Madre mía! ¡Menuda mañanita!
Jack hizo una pausa efectista, y luego, muy despacio, dijo:
– L'Oréal… ha puesto… un anuncio de cuatro páginas…, en todos los números… de los próximos… ¡seis meses!
Esperó un momento para que Lisa asimilara la noticia. Luego sonrió, y la felicidad iluminó su rostro, generalmente atormentado. Torció las comisuras de la boca hacia arriba, mostrando su incisivo roto, y sus ojos centellearon.
– ¿Qué descuento les aplicamos? -preguntó Lisa, imperturbable.
– Ninguno. Pagan la tarifa ordinaria. ¡Porque nosotros lo merecemos! ¡Ja, ja!
Lisa permaneció inmóvil, contemplando admirada el rostro de Jack. Ahora que volvían a estar en marcha reconoció el grado de terror que había sentido la semana anterior. No hacía falta que Jack le dijera que el voto de confianza de L'Oréal sería suficiente para convencer a otras marcas de cosméticos para que compraran espacio en Colleen.
– Estupendo -logró decir.
¿Por qué había tenido que contárselo delante de todo el mundo? Si hubieran estado encerrados en el despacho de Jack, Lisa se habría echado en sus brazos y le habría dado un beso.
– ¿Estupendo?.- Jack abrió mucho los ojos.
– Deberíamos celebrarlo. -Lisa empezó a serenarse-. Podríamos ir a comer.
Su nivel de felicidad siguió aumentando cuando Jack dijo:
– Sí, me parece una idea excelente.
Se miraron fijamente y compartieron un momento de vertiginosa euforia.
– Yo me encargo de reservar una mesa. ¡Trix -dijo Lisa, jovial-, cancela mi cita en la peluquería-.Empezaba a sentirse como en los viejos tiempos-. Por cierto, Jack, ya que estás aquí, échale un vistazo a esto.
Ashling, que estaba sentada tres mesas más allá y los había estado observando con interés, vio que Lisa le enseñaba a Jack su artículo sobre el local de salsa.
– Ya te dije que haría maravillas con esta revista -comentó Lisa, jovial.
– Tienes razón -concedió Jack examinando el artículo y moviendo la cabeza con aprobación-. Es excelente.
Ashling siguió mirándolos, impotente. Lisa se las había ingeniado para atribuirse todo el mérito de su trabajo. No era justo. Pero ¿qué podía hacer ella? Nada. No se atrevía a provocar un enfrentamiento. De repente se oyó decir en voz alta:
– ¡Me alegro de que te guste! -Le temblaba la voz. Había intentado sonar despreocupada, pero sabía que su tono era tenso y extraño.
Jack giró la cabeza hacia Ashling, sorprendido.
– Lo he escrito yo -se disculpó ella-. Me alegro de que te guste -añadió sin convicción.
– Y Gerry ha hecho la composición -terció Lisa-. Y yo propuse la idea. Tendrás que aprender a trabajar en equipo, Ashling. -A Lisa le encantó la oportunidad de reprender a Ashling delante de Jack.
Pero él estaba mirando la fotografía de la pareja de bailarines; luego apartó la vista del papel y miró a Ashling con descaro, provocativamente. La mirada de Jack hizo sentir muy incómoda a Ashling, que se ruborizó.
– Vaya, vaya-. Jack torció la boca, como si estuviera reprimiendo una ancha sonrisa-. Conque a esto dedicas tu tiempo libre, ¿eh, Ashling? A los bailes cochinos…
– No tiene na… -Sintió ganas de pegarle una bofetada.
– No, en serio: es un artículo excelente. Lo has hecho muy bien, Ashling -dijo Jack sin hacer más insinuaciones-. ¿Verdad, Lisa?
Lisa ensayó varias formas con la boca, pero no había escapatoria.
– Sí -se vio obligada a decir-, es verdad.
Lisa reservó una mesa en Halo para ella y Jack. Creyó que lo mejor era tomar el mando, porque temía que si le dejaba decidir a él acabarían en un Pizza Hut.
Media hora antes de salir, Lisa fue al lavabo para asegurarse de que su aspecto era impecable. Suerte que aquella mañana había decidido ponerse el traje azul lavanda de Press and Bastyan. Aunque si hubiera elegido otro habría sido igual de elegante. Como directora de una revista, nunca sabía cuándo podía requerirse que se presentara en algún sitio en todo su esplendor. Siempre preparada, ese era su lema.
Sus delicadas sandalias no habrían sobrevivido ni a un corto paseo por los muelles: apenas se aguantaban cuando Lisa las llevaba en la oficina. De todos modos no le contrariaba que fueran tan poco prácticas: había zapatos que existían únicamente para exhibir su intensa aunque breve belleza. Y si no, ¿para qué había inventado Dios los taxis?
Se miró en el espejo y reconoció que estaba estupenda. Tenía los ojos grandes y brillantes (gracias al delineador blanco aplicado en la parte interna del párpado), el cutis hidratado (cortesía de Aveda Masque) y la frente lisa y sin arrugas (obra de la inyección de Botox que se había puesto antes de marcharse de Londres). Se cepilló el cabello hasta hacerlo brillar, lo cual no le llevó mucho tiempo. Su cabello siempre brillaba, gracias al suavizante sin aclarado, la laca de efecto alisador y el secado de peluquería.
El taxi llegó a la una menos diez y ambos bajaron juntos a la calle, bajo la atenta mirada del resto de la oficina. Lisa estaba encantada de tener a Jack para ella sola en un espacio tan reducido, y planeaba utilizar la estrechez del taxi para tocarle «accidentalmente» las piernas con las suyas, esbeltas y desnudas. Pero en cuanto entraron en el taxi, a Jack le sonó el teléfono móvil y se pasó todo el trayecto discutiendo con el consejero legal de la emisora de radio sobre una demanda judicial que les había caído, relacionada con una controvertida entrevista con un obispo que había tenido una aventura amorosa. La oportunidad de rozarle las piernas ni se presentó.
– No veo dónde está el problema -protestó Jack por el auricular-. Hoy en día lo novedoso es encontrar a un obispo que no haya tenido ningún lío. Es más, ¿por qué nos interesa tanto entrevistar a ese tipo?
– ¿Cómo estás, Lisa? -preguntó el taxista-. ¿Ya has encontrado piso?
Lisa se inclinó hacia delante. ¿Quién era aquel individuo que estaba tan al corriente de su vida? Entonces vio que era el mismo taxista que la había llevado a ver los pisos durante su primera semana en Dublín.
– Ah, sí. Tengo una casita junto al South Circular -contestó educadamente.
– ¿El South Circular? -El taxista asintió con aprobación-. Es una de las pocas zonas de Dublín que todavía no ha sido invadida por los yuppies.
– Ya, pero aun así es muy agradable -la defendió Lisa. Entonces se acordó de algo que el taxista no había llegado a explicarle-. Dígame, ¿qué pasó después de que se enfrentara usted a aquel grupo de niñas que molestaban a su hija de catorce años? La última vez que nos vimos no acabó de contármelo.
– Desde aquel día no han vuelto a meterse con ella -contestó el taxista, sonriente-. Y mi hija parece otra.
Cuando Lisa se apeó del taxi, el hombre añadió:
– Me llamo Liam. Si quiere, la próxima vez que necesite un taxi puede pedir que me envíen a mí.
Jack seguía hablando por teléfono cuando los condujeron hasta la mesa del bonito y animado restaurante. Aquello satisfizo a Lisa. Jack llevaba un traje que parecía sacado de un contenedor, pero hablaba con autoridad por un teléfono móvil, y eso restablecía en gran medida el equilibrio. Al ver a Jack con su teléfono, varios clientes buscaron rápidamente el suyo e hicieron un par de llamadas completamente innecesarias.
Tras prometer que volvería a llamar antes de las cinco con una solución, Jack se guardó el teléfono.
– Perdona, Lisa.
– No pasa nada -repuso ella con una amplia sonrisa, exhibiendo al máximo el efecto de su nueva barra de labios Source.
Pero aquella llamada telefónica había acabado con la anterior ligereza de Jack. Volvía a estar serio y atribulado, y no parecía muy inclinado a coquetear. Aunque a Lisa nada le impedía hacerlo.
– Por nosotros -dijo esbozando una sonrisa de complicidad y entrechocando su copa de vino con la de él. Y para desconcertarlo un poco y hacer que se mantuviera alerta, añadió-: Por la prosperidad de Colleen.