– Sí, brindemos-. Jack levantó su copa y se esforzó por sonreír, pero era evidente que estaba preocupado.
De lo único que hablaba era del trabajo. Perfiles de clientes, costes de impresión, la importancia de incluir una página de libros. Por otra parte, no parecía que se sintiera muy cómodo en el ambiente chic y vanguardista de Halo. Lidiaba laboriosamente con su entrante de lechuga frisée, muy difícil de manejar, intentando convencer a las hojas rizadas de que se aguantaran en el tenedor y luego permanecieran en su boca.
– ¡Joder! -exclamó de pronto cuando otra hoja escapó de su boca en busca de la libertad-. Me siento como una jirafa.
Lisa se lo tomó con calma. No le pareció oportuno recrear las bromas relajadas de la otra noche en la cocina de su casa, porque era evidente que a él no le interesaba. Jack estaba demasiado ocupado, demasiado estresado, y para Lisa ya era suficiente halago que él hubiera accedido a comer con ella. Si a él le apetecía hablar de trabajo, hablarían de trabajo. Con aquella admirable capacidad suya para sacar partido de cualquier eventualidad, decidió que aquel era un buen momento para sondearlo respecto a la posibilidad de publicar la columna de Marcus Valentina en otras publicaciones de la empresa.
– Pero ¿ya te ha confirmado que va a escribirnos una columna? -preguntó Jack, casi con entusiasmo.
– No exactamente. Todavía no, vamos. -Sonrió con confianza y añadió-: Pero lo hará.
– Veré qué posibilidades hay. Tienes unas ideas excelentes -admitió.
Cuando salieron del restaurante, Jack volvía a parecer un ser humano.
– ¿Qué tal te va el temporizador del calentador? -preguntó con un simpático brillo en los ojos.
– Estupendamente -contestó Lisa-. Ahora puedo darme duchas largas y calientes siempre que quiero -dijo «largas» y «calientes» con un tono lánguido, sensual, insinuante.
– Me alegro -repuso Jack, y sus pupilas se dilataron con una gratificante chispa de interés-. Me alegro mucho.
Cuando llegó del trabajo, Lisa tropezó en la puerta de su casa con una mujer demacrada, con el cabello rubio mostaza, que llevaba chándal y un incongruente bolsón de DKNY. El bolsón de DKNY de Lisa, concretamente. Al menos había sido suyo hasta que se lo regaló a Francine, una de las niñas de la calle. Intuyó que aquella mujer de aspecto cascado (¿Kathy?) era la madre de Francine.
– Hola, Lisa -la saludó, radiante-. ¿Estás bien?
– Sí, gracias -contestó Lisa fríamente. ¿Cómo podía ser que todo el mundo supiera su nombre?
– Me voy a trabajar. Función de gala en el Harbison. Treinta libras en efectivo y el taxi de vuelta pagado. -Al parecer Kathy estaba hablando de un trabajo de camarera. Agitó el bolso de doscientas libras y añadió-: Volveré tarde. Hasta luego.
De pronto Lisa tuvo una idea.
– Oye, Kathy… Te llamas Kathy, ¿verdad? ¿Te interesaría un trabajo de limpieza?
– ¡Creía que no me lo ibas a preguntar nunca!
– Ah, ¿sí? ¿Cómo es eso?
– Tú eres una mujer muy ocupada. ¿Cómo vas a tener tiempo para limpiar la casa?
En realidad, lo que Kathy quería decir era que Francine se las había ingeniado para que Lisa la invitara a entrar en su casa y luego le había dicho a su madre que estaba hecha una pocilga. «iMucho peor que la nuestra!», le aseguró.
Ashling, entretanto, había pasado el miércoles por la noche llevándole a la madre de Phelim un cuenco de Portmeirion envuelto para regalo con el que completaba su colección.
– Bueno, ya he terminado mi trabajo aquí -bromeó.
Luego tuvo que sentarse largo rato en la cocina con la señora Egan, soportando sus trillados lamentos.
– Phelim no sabe lo que le conviene. Tendría que haberse casado contigo, Ashling.
La señora Egan se quedó esperando a que Ashling le diera la razón, pero por primera vez ella no lo hizo.
Cuando Ashling llegó a su casa no había ningún mensaje en el contestador. Maldijo a Joy y sus teorías.
– No seas tan pesimista, mujer. Solo son las nueve -le reprendió Joy cuando llegó para hacerle compañía a Ashling-. Todavía hay mucho tiempo. Descorcha una botella de vino y te contaré todos los piropos que Mick me dijo anoche.
Ashling estaba harta de los altibajos que tenía la relación de Joy y Mick. Eran peores que los de Jack Devine y su novia comededos. Buscó el sacacorchos, sirvió dos copas de vino y empezó a analizar, sílaba por sílaba, todo lo que Mick le había dicho a Joy.
– … Entonces dijo que yo era de esas mujeres a las que les gusta trasnochar. ¿Qué crees que quería decir con eso? Que estoy bien para ir de juerga pero no para casarse conmigo, ¿no?
– A lo mejor solo quería decir que te gusta trasnochar.
Joy negó enérgicamente con la cabeza.
– No, Ashling, siempre hay un trasfondo…
– Ted dice que no. Dice que cuando un hombre dice algo solo quiere decir lo que ha dicho.
– Y él ¿qué sabe?
Buscarle un significado oculto a todo era una tarea tan apasionante que a las diez y siete minutos, cuando sonó el teléfono, Ashling casi había olvidado que esperaba una llamada.
– Contesta-. Joy señaló el teléfono con la barbilla. Pero Ashling no se atrevía a descolgar el auricular, por si no era Marcus.
– Hola -dijo, insegura.
– Hola. ¿Eres Ashling, la santa patrona de los cómicos? Soy Marcus Valentina.
– Hola -dijo Ashling. «Es él», le dijo a Joy moviendo los labios, y se dio unos golpecitos por la cara con la yema del dedo que indicaban las pecas-. ¿Cómo me has llamado? -preguntó risueña.
– La santa patrona de los cómicos. Ayudaste a Ted Mullins en su primera función, ¿no te acuerdas? Y yo me dije: esa chica es una amiga de los cómicos.
Ashling reflexionó; sí, no le disgustaba la idea de ser la santa patrona de los cómicos.
– ¿Cómo estás? -preguntó Marcus. Ashling decidió que le gustaba su voz: no tenía nada que indicara que pertenecía a un hombre pecoso-. ¿Has ido a alguna función últimamente?
– Pues sí, el sábado pasado -contestó ella riendo.
– Tendrás que contármelo -repuso él con su voz libre de pecas.
– Lo haré -dijo Ashling, y volvió a escapársele aquella risita tonta. ¿A qué venía tanta risita? Parecía imbécil.
– ¿Te va bien que quedemos el sábado por la noche? -le propuso él.
– Lo siento, no puedo.
Lo dijo con verdadero pesar. Estuvo a punto de explicarle que tenía que hacer de niñera para Clodagh, pero en el último momento logró dominarse. No estaba de más que Marcus creyera que Ashling tenía otros compromisos.
– ¿Te vas a pasar el puente fuera? -preguntó él, desilusionado.
– No; es que he quedado el sábado por la noche.
– Vaya. Pues yo ya he quedado el domingo.
La conversación se interrumpió un instante, y de pronto ambos hablaron simultáneamente.
– ¿Haces algo el lunes? -preguntó él, al tiempo que Ashling proponía:
– ¿Qué tal el lunes?
Ella rió otra vez.
– Parece que las cosas empiezan a encajar -dijo Marcus-. ¿Qué tal si te llamo el lunes por la mañana, no muy temprano, y quedamos?
– Muy bien. Nos vemos.
– Nos vemos -repitió él con tono tierno y prometedor.
Ashling colgó.
– ¡Ostras! He quedado el lunes con Marcus Valentina. -Estaba emocionada e impresionada-. Hacía años que no tenía una cita. Desde que salía con Phelim.
– ¿Estás contenta? -le preguntó Joy.
Ashling asintió con cautela. Ahora que Marcus ya había llamado, cabía la posibilidad de que ella volviera a perder el interés.
– Muy bien -dijo Joy-. Ahora tienes que entrenarte un poco. Repite conmigo: «¡Oh, Marcus! ¡Marcus!».
A la mañana siguiente, cuando Ashling llegó a la oficina, Lisa la llamó para decirle: