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Mientras Lisa se paseaba por la oficina brindando con los empleados, Mai comentó con picardía:

– Qué ambiente de trabajo tan agradable. ¿Esto lo hacéis todos los días?

Sus palabras provocaron una carcajada general.

– ¿Todos los días? ¡Qué va! ¡Ni hablar! Solo en ocasiones especiales, en la víspera de un puente, por ejemplo.

– No se lo contarás a Jack, ¿verdad? -preguntó Trix.

Mai parpadeó expresando desprecio y dijo:

– ¿A Jack? ¡No!

– Y tú ¿dónde trabajas? ¿A qué te dedicas? -se atrevió a preguntar Trix.

Mai se apartó la voluptuosa melena de los hombros, agitó brevemente sus negras pestañas y de pronto volvió a convertirse en una criatura misteriosa e inescrutable.

– Soy bailarina exótica.

Aquella revelación sumió a la oficina en un breve silencio de perplejidad; luego todos se unieron para exclamar con displicencia:

– ¡Qué maravilla! ¡Qué interesante!

– ¿Verdad que está haciendo un tiempo fabuloso para eso? -Bernard el soso no lo había captado, como de costumbre.

– Qué bien -dijo Lisa con esfuerzo.

Se imaginaba que Jack y Mai debían de pegar unos polvos fabulosos, y estaba muerta de celos.

– ¿Qué es una bailarina exótica? -le preguntó la señora Morley a Kelvin al oído.

– Creo que implica bailar… ligera de ropa -le contestó él con diplomacia, para no herir su sensibilidad.

– ¡Oh, no! ¡Es una bailarina de striptease! -La señora Morley miró a Mai de arriba abajo con algo que de pronto parecía respeto.

– No, hombre, no. ¡Qué voy a ser bailarina exótica! -dijo Mai con sorna, adoptando de nuevo aquel tono ordinario-. Lo decía en broma. Trabajo vendiendo teléfonos móviles, pero por mi aspecto la gente siempre piensa que soy una especie de gatita.

Volvió a desatarse un coro entusiasta: «¡Menuda lata! ¡Qué fuerte! ¡Hay que ver lo burra que es la gente!».

– A ver si lo he entendido bien. ¿No es bailarina de striptease? -preguntó discretamente la señora Morley a Kelvin, que negó con su cabeza rubia oxigenada.

Era difícil decir cuál de los dos estaba más desilusionado.

– A la gente le encanta poner etiquetas -se lamentó Ashling.

– Pues sí, la verdad -afirmó Mai, animada por la segunda taza de detergente y champán-. Nací y me crié en Dublín, y mi padre es irlandés, pero como mi madre es asiática, los hombres siempre dan por hecho que conozco todos esos trucos orientales en la cama. Pelotas de ping-pong y cosas así. O eso, o por la calle me llaman «piojosa». -Exhaló un suspiro y añadió-: Me deprime tanto lo uno como lo otro.

Echó un vistazo a Kelvin y Gerry, que la observaban lascivamente; luego se arrimó más a Ashling, Lisa y Trix y dijo con franqueza:

– Eso no quiere decir que no esté dispuesta a probar lo de las pelotas de ping-pong. No me importa experimentar, si el chico me gusta de verdad.

«Como Jack, ¿no?» A todos les habría gustado preguntárselo, pero nadie se atrevió. Ni siquiera Trix. Sin embargo, a medida que disminuía el número de botellas llenas y aumentaba el de botellas vacías, las lenguas se fueron soltando.

– ¿Cuántos años tienes? -preguntó Trix.

– Veintinueve.

– Y ¿cuánto hace que sales con Jack?

– Casi seis meses.

– No sé cómo lo aguantas. Siempre está de mal humor -comentó Trix.

– ¡Dímelo a mí! Desde que empezó lo de Colleen, no hay manera de hablar con él. Trabaja demasiado y se lo toma todo demasiado en serio; luego sale a navegar para relajarse, o sea que no le veo el pelo. ¡Supongo que vosotros tenéis la culpa de su mal humor!

– ¡Tiene gracia! -exclamó Trix-. Porque nosotros creíamos que la culpable eras tú.

Mai empezó a removerse en la silla.

– Lo siento. ¿Te estamos molestando? No hablaremos más de este tema -intervino Ashling, aunque a su pesar, pues encontraba fascinante aquella conversación.

– No, no pasa nada -repuso Mai con una sonrisa nerviosa, sin dejar de removerse-. Es que se me han subido las bragas. No lo soporto.

Lisa tragó saliva, impresionada por la belleza, el descaro y la insolencia de Mai. Estaba segura de gustarle a Jack, pero ahora entendía que él estuviera hechizado por Mai.

Cuando regresó Jack, todos habían bebido tanto que ya ni se molestaron en disimularlo.

– ¿Os lo estáis pasando bien? -preguntó Jack esbozando una sonrisa.

– Este fin de semana hay puente -anunció la señora Morley lanzándole una mirada desafiante. Ella no solía beber, y en la última hora y media había pasado por el recelo, la tranquilidad, un bienestar maravilloso, un arrepentimiento sensiblero, y por último, como era de esperar, la agresividad.

– Sí, ya lo sé -concedió Jack.

– Hola, Jack. -Mai sonrió mostrando todos los dientes-. Pasaba por aquí y se me ocurrió subir a saludarte.

Jack parecía abochornado.

Mai lo siguió a su despacho y cerró la puerta con firmeza.

Cuando Trix puso su taza contra la puerta y luego pegó la oreja a la taza, todos rieron. Pero no hacían falta tazas. La voz de Mai, chillona y furiosa, llegaba hasta las mesas más apartadas.

– ¿Cómo te atreves a ignorarme cuando vengo a verte? Si crees que voy a aguantar que…

A Jack no se le oía, pero debía de estar diciendo algo también, porque entre los arrebatos acusadores de Mai había breves pausas.

– Despejen las salidas -dijo Kelvin imitando a una azafata de avión.

La puerta del despacho de Jack no tardó en abrirse; Mai salió hecha una fiera, fue hacia la puerta y desapareció, dejando un gran vacío en la oficina. No se había despedido de nadie.

– Ahora que el espectáculo ha terminado, me marcho -anunció Kelvin colgándose la mochila naranja hinchable de los hombros-. Tengo setenta y dos horas maravillosas por delante.

Todos recogieron sus cosas y se escabulleron, excepto Jack y Ashling. Jack se quedó porque esperaba una llamada de Nueva York; Ashling, porque había quedado con Joy a las seis y media y no valía la pena que se fuera a casa. Mientras esperaba siguió trabajando, porque le estaba confeccionando una base de datos a Lisa e iba bastante atrasada por culpa de la improvisada fiesta.

– Déjalo, doña Remedios -gruñó Jack-. Mañana es fiesta. Además, debes de estar cansada: de todos modos tendrías que rehacerlo el martes.

– Tienes razón. -Ashling estaba lo bastante sobria para saber que estaba borracha-. No me aclaro.

– Vete a casa -le ordenó él.

De todos modos, ya eran casi las seis y media. Ashling recogió su bolso y, tímidamente, preguntó:

– ¿Haces algo este fin de semana, JD? -Lo hizo porque había bebido, por supuesto.

– ¿JD? -preguntó Jack con curiosidad.

– Bueno… Jack, señor Devine, o como quieras. -Ashling lamentaba que se le hubiera escapado el apodo con que se refería a su jefe-. ¿Haces algo?

– No lo sé -dijo él con hosquedad-. El domingo iré a ver a mis padres. Lo demás depende del tiempo que haga. Si no puedo salir a navegar, me quedaré en casa viendo vídeos de Star Trek.

– ¿De Star Trek? Pues… «larga vida y prosperidad» -dijo Ashling, intentando imitar el saludo vulcaniano formando una uva con los dedos.

Jack se quedó mirándola con cara de pocos amigos.

– Ilógico, capitana Kennedy. Este fin de semana no habrá prosperidad.

– ¿Por qué no?

– Supongo que no se te habrá escapado el detalle de que mi novia tiene un cabreo de mil demonios -admitió, apenado.

Ashling no pudo evitarlo. Las palabras salieron de su boca sin que ella se diera cuenta. La culpa la tenía el alcohol.

– ¿Por qué te peleas tanto con Mai? Es encantadora. ¿No podrías esforzarte un poco más? Ella dice que no te ve el pelo porque siempre estás navegando. Quizá si no salieras a navegar tan a menudo… -Se dio cuenta de que se había pasado de la raya y supuso que Jack se pondría furioso, pero él se limitó a reír, aunque de manera desagradable. Ashling recordó entonces que en las riñas de enamorados siempre había dos versiones-. ¿Qué pasa? ¿No es verdad?