– Es una monada. -Dylan también estaba un poco achispado.
– ¿Crees que estarán bien? -preguntó Clodagh, angustiada.
– ¡Claro que sí! Además, Ashling y Ted tienen el número del móvil. Si pasa algo nos llamarán.
– Como qué. ¿Qué podría pasar?
– Nada.
– Déjame el móvil. Voy a llamarlos.
– ¿Por qué no intentas olvidarte de los niños aunque solo sea por una noche? -suplicó él-. Solo hace una hora que hemos salido de casa.
– Tienes razón. Me estoy comportando como una idiota.-Volvió a mirar su plato de sopa de pescado-. No, no aguanto más -dijo de pronto-. Déjame el móvil.
Dylan exhaló un suspiro y se lo dio.
– Hola, Ted. Soy Clodagh. Solo llamaba para ver si todo va bien.
– Nos lo estamos pasando en grande -mintió Ted mientras Ashling les tapaba la boca a Craig y Molly.
– ¿Me los pasas un momento?
– Es que… ahora están ocupados. Jugando. Sí, eso es. Están jugando con Ashling.
– Ah, vale. Pues hasta luego.
– Es desesperante -dijo con voz lastimera mientras cerraba el teléfono-. Se pasan toda la semana martirizándome, no puedo separarme de ellos ni cinco minutos, y una noche que salgo a cenar ¡me preocupo por,, ellos!
– Si quieres podemos volver a casa -dijo Dylan-. Podemos comer patatas fritas de bolsa y escuchar una inacabable lista de exigencias.
– Hombre, si lo planteas así… Lo siento, Dylan. La verdad es que lo estoy pasando muy bien. Me siento muy a gusto.
No podía decirse lo mismo de Ashling y Ted. Craig y Molly habían tardado una eternidad en dejar de llorar cuando sus padres se marcharon. Finalmente se habían tranquilizado, pero solo después de que se apropiaran del televisor para ver La sirenita, y Ted tuviera que renunciar a ver el programa Stars in their Eyes.
– Y hoy es la noche de los famosos -protestó Ted.
Para pasar el rato, Ted examinó la enorme colección de LP y CD de Dylan, con envidia y admiración, exclamando cada vez que encontraba alguno especialmente raro.
– Mira este. Catch a Fire, de Bob Marley. ¡Con la funda original! ¿De dónde lo habrá sacado el muy desgraciado?
A Ashling no le interesaba saberlo. Los hombres y sus colecciones de discos. Phelim hacía lo mismo.
– ¡Hostia! -exclamó Ted-. ¡Los dos primeros álbumes de Burning Spear editados por Studio One! Creía que solo podías conseguirlos en Jamaica.
– Dylan y Clodagh fueron a Jamaica de luna de miel -explicó Ashling con tono deliberadamente inexpresivo.
– Los hay con suerte -comentó él con nostalgia-. La colección completa de Billy Holiday editada por Verve -prosiguió Ted, como si estuviera a punto de vomitar-. ¿Dónde la habrá conseguido? ¡Yo llevo anos buscándola!
»¡Ajá! -gritó, y se abalanzó sobre otro disco-. ¡Ya he encontrado su secreto vergonzoso! ¿Qué hace aquí un álbum de Simply Red? Tu amigo no es tan moderno como creíamos…
– Siento decepcionarte, pero ese disco es de Clodagh.
– ¿A Clodagh le gusta Simply Red? -dijo Ted con cara de asco.
– Al menos, le gustaba.
– Bueno, si dices que le gustaba, no es tan grave -replicó él con alivio. Tenía a Clodagh por una diosa, pero si resultaba que le gustaba Mick Hucknall, tendría que replanteárselo. Una diosa no podía permitirse semejante lapsus de mal gusto.
Cuando terminó La sirenita, Craig y Molly exigieron más distracciones. Pero cuando Ted empezó a contarles chistes de búhos, Molly le dijo que se marchara a casa ¡ya!, y Craig se puso a llorar. A Ted le sentó muy mal, sobre todo cuando Ashling les hizo reír a carcajadas escondiéndose detrás de una bolsa de papel y reapareciendo.
– Malditos cabroncetes -masculló-. Hay gente que daría un brazo por esta oportunidad.
– Sí, pero ellos son niños.
Craig empezó a tirarle de la manga a Ashling, pidiéndole un 7-Up. Como Ashling no le dio el refresco inmediatamente, volvieron a surgir las lágrimas.
– Es un niño mimado -comentó Ted con mordacidad.
– No es verdad.
– Claro que sí. Si viviera en Bangladesh, trabajaría dieciocho horas diarias en una fábrica. Entonces sí tendría motivos para llorar.
Fue una noche muy larga. Ashling y Ted tuvieron que utilizar un arsenal inagotable de risas, cuentos, caramelos, cosquillas, refrescos, pases de camión, fútbol de Barbies y el clásico por excelencia: la bromita de esconder la mano en la manga.
– ¿Dónde está la mano de Molly? -preguntó Ted cansinamente mientras la niña escondía una mano en la manga por enésima vez-. ¡Oh! -exclamó con aburrimiento-. Molly ha perdido una mano. Alguien se la ha robado. -Entonces Molly volvió a sacar la mano, triunfante, y Ted exclamó-: ¡Oh, qué sorpresa! ¡La ha encontrado! ¿Dónde está la mano de Molly…?
Luego llegó la hora de acostarse, pero conseguir que los niños se metieran en la cama y se quedaran allí resultó una tarea casi imposible.
– Si no dormís, vendrá el coco -los amenazó Ted.
– El coco no existe -replicó Craig con vehemencia-. Me lo ha dicho mamá.
Ted recapacitó. Tenía que haber algo que le diera miedo.
– Está bien. Si no dormís, vendrá Mick Hucknall.
– ¿Quién es ese?
– Ahora te lo enseño. -Ted bajó al salón, cogió el CD de Simply Red y subió corriendo al cuarto de los niños-. Mira, este es Mick Hucknall.
Ashling, que estaba abajo disfrutando de un momento de tranquilidad, miró hacia arriba, asustada, cuando se desató una algarabía de gritos en el piso superior. Poco después apareció Ted, con aire contrito y sospechoso.
– ¿Qué pasa? -le preguntó Ashling.
– Nada.
– Será mejor que vaya a ver.
Ashling se quedó un rato con Craig, intentando calmarlo.
– Pero ¿qué le has dicho? -le preguntó a Ted cuando volvió a bajar-. Está desconsolado.
Dylan y Clodagh llegaron a casa envueltos en ese halo de cariño que hace que los demás se sientan excluidos y faltos de amor. Entraron tambaleándose; Clodagh rodeaba a Dylan por la cintura, y él tenía una mano en el trasero de ella (en el lado no manchado de mermelada de moras).
En cuanto se despidieron de Ashling y Ted, Clodagh le guiñó un ojo a Dylan, señaló la escalera y dijo: «¿Vamos?». Hacía exactamente cuatro semanas que no hacían el amor, pero el alcohol había despertado en Clodagh tanta magnanimidad que habría propuesto una sesión extra aunque no hubiera tocado.
– Voy a apagar las luces y cerrar las puertas -dijo Dylan.
– Date prisa -dijo ella con coquetería, con la tranquilidad que le daba saber que él se tomaría su tiempo.
Hacía mucho que no se entretenían en desnudarse el uno al otro. Clodagh ya estaba desnuda bajo el edredón cuando Dylan entró en el dormitorio; tras un frufrú de licra y algodón que duró treinta segundos, él también se metió desnudo en la cama. Clodagh se tumbó boca arriba, cerró los ojos y se dejó besar durante unos minutos; luego, como siempre, Dylan pasó a sus pezones. Cuando terminó con ellos, hubo una lucha silenciosa y no reconocida, pues aquel era el punto en que Dylan solía deslizarse por el cuerpo de ella para hacerle un cunnilingus, pero Clodagh no lo soportaba. Lo encontraba muy aburrido, y no hacía más que añadir unos minutos más a todo el proceso. Esta vez ganó ella, que consiguió cortarle el paso. Entonces Clodagh pasó directamente a la felación, que duró entre cuatro y cinco minutos; el final era la señal de que Dylan ya podía penetrarla. En ocasiones especiales, como cumpleaños o aniversarios, Clodagh se ponía encima. Pero esta noche no tocaba la versión de lujo, sino la postura estándar del misionero. Se abrazó a Dylan y juntos iniciaron una cómoda danza con la que estaban familiarizados. Clodagh admitió que, una vez puestos, no estaba tan mal. Lo que le fastidiaba era tener que pensar en ello de antemano. Dylan, como de costumbre, esperó a que ella fingiera correrse y luego aceleró el ritmo, moviéndose como si lo estuvieran cronometrando. Ya va siendo hora de que cambiemos esta habitación, pensó Clodagh mientras él empujaba en medio de fuertes gemidos y resuellos. La moqueta no está del todo mal, pero me gustaría pintar las paredes de otro color.