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La palabra «divorcio» impactó a Lisa. Era una palabra tan dura, tan definitiva. Sin embargo se recuperó rápidamente para replicar con insolencia:

– Me temo que te equivocas.

Pauline soportó con resignación aquella censura. Claro que se equivocaba. Cuando se trataba de Lisa, siempre se equivocaba.

– Oliver registró la boda en cuanto volvimos.

– Ah, entonces nada.

– Exacto. Nada.

Después hubo un silencio, y sin darse cuenta Lisa se puso a recordar la mañana de aquel viernes en que Oliver y ella habían decidido viajar a Las Vegas y casarse, convencidos de que eran un par de jóvenes modernos capaces de comerse el mundo.

– No encontraremos billetes -dijo Oliver, entusiasmado con la idea.

– Claro que sí. -Lisa tenía la seguridad de quien siempre consigue lo que se propone.

Y encontraron billetes, por supuesto: en aquella época el mundo todavía trabajaba para Lisa. Aquella misma noche, emocionados y asustados de lo que estaban haciendo, viajaron a Las Vegas. Y una vez allí, trastornados por el jet lag y por el impresionante azul del cielo del desierto, comprobaron que casarse era terriblemente fácil.

– ¿Lo hacemos? -dijo Lisa riendo; estaba perdiendo el valor.

– Para eso hemos venido aquí.

– Ya lo sé, pero… es un poco extremista, ¿no?

La mirada exasperada de Oliver colisionó con la suya. Lisa conocía muy bien aquella mirada: con Oliver era mejor no empezar las cosas que no pensaras terminar.

– ¡Pues vamos! -La emoción y el terror dieron a su risa un tono estridente.

Hicieron su promesa de matrimonio en la Capilla del Amor, abierta las veinticuatro horas, y los testigos fueron un individuo que se parecía a Elvis Presley y una camarera de un Starbucks. La novia vestía de negro.

– ¡Estamos casados! -Lisa iba muriéndose de risa mientras los hacían salir para que pudiera pasar otra pareja de novios-. Es increíble.

– Te quiero, nena -dijo Oliver.

– Yo también te quiero.

Y era verdad. Pero sobre todo se moría de ganas de volver a Londres para que todo el mundo envidiara el esnobismo de su boda. Las ceremonias en las playas de Santa Lucía no podían compararse con lo que habían hecho ellos. ¡Lo suyo era el no va más! Estaba deseando que llegara el lunes para ir a la oficina y que alguien le preguntara: «¿Has hecho algo este fin de semana?». A lo que ella contestaría con tono indiferente: «He ido a Las Vegas y me he casado».

– En ese caso, tendrás que buscarte un buen abogado. -La voz de Pauline la devolvió al presente-. Asegúrate de que te quedas con lo que te corresponde.

– Sí, mamá -dijo Lisa con enojo.

En realidad no tenía ni idea de qué implicaba el divorcio. Para ser una persona pragmática y dinámica, había adoptado una actitud inusitadamente pasiva respecto al fin de su matrimonio. Quizá su madre tenía razón y necesitaba un abogado.

Pero después de colgar no podía dejar de pensar en Oliver. Unos molestos sentimientos afloraban a la superficie, como ampollas, y de pronto, en una especie de arrebato de locura, Lisa estuvo a punto de telefonearle. La idea de oír su voz, de hacer las paces con él, la embargó de esperanza.

No era la primera vez que sentía el impulso de llamarlo, pero esta vez era un impulso casi irrefrenable, y solo pudo reprimirlo recordándose que había sido él quien la había dejado, aunque hubiera sido con el pretexto de que ella no le dejaba alternativa.

Se apartó del teléfono, pero para ello tuvo que hacer un esfuerzo casi físico. El corazón le latía con violencia de pensar en lo que le estaba siendo vedado. Hacía solo unos segundos, la reconciliación parecía posible, y el bajón que siguió a la subida le produjo un ligero mareo. Encendió un cigarrillo con manos temblorosas y se propuso olvidar a Oliver. Había que pensar en el futuro. Había que pensar en Jack. Pero Jack debía de estar follando como un loco con Mai, aquella descarada.

Ostras, qué ganas tenía de pegar un polvo…, con Jack. O con Oliver. Con cualquiera de los dos. O con ambos… Apareció en su mente una imagen del robusto cuerpo de Oliver, que parecía labrado en ébano, y aquel recuerdo la hizo gemir.

Volvió a consultar su reloj. Las siete y media. ¿Qué podía hacer para que el tiempo pasara más deprisa?

Entonces sonó el timbre, y le dio un vuelco el corazón. ¡Quizá fuera una de las visitas imprevistas de Jack! Se miró en el espejo para ver si estaba presentable y se apresuró a limpiarse un poco de rímel de debajo de los ojos. Se alisó el cabello y corrió a abrir la puerta.

Plantado en el umbral había un chiquillo con una camiseta del Manchester United; llevaba la cabeza afeitada pero con flequillo. Todos los niños del barrio llevaban un corte de pelo parecido.

– ¿Qué tal, Lisa? -le preguntó casi gritando. Se apoyó con desenvoltura en la jamba de la puerta y añadió-: ¿Qué haces? ¿Vienes a jugar?

– ¿A jugar?

– Necesitamos un árbitro.

Detrás de él aparecieron otros niños.

– ¡Sí, Lisa! -gritaron-. ¡Ven a jugar!

Sabía que era absurdo, pero no pudo evitar sentirse halagada. Era agradable sentirse deseada. Apartando de su mente recuerdos de otros puentes en que había ido en helicóptero a Champneys, había viajado a Niza en primera clase o se había hospedado en un hotel de cinco estrellas en Cornualles, Lisa cogió una chaqueta y pasó el resto del domingo sentada en las escaleras de la puerta de su casa, llevando la cuenta de los tantos mientras los niños del barrio jugaban a una versión muy agresiva de tenis.

El domingo por la mañana Jack Devine había llamado a su madre.

– Pasaré a veros más tarde -dijo-. ¿Os importa que vaya con alguien?

Su madre estuvo a punto de atragantarse de la emoción.

– ¿Una amiga?

– Sí, una amiga.

Lulu Devine hizo cuanto pudo para mantener la boca cerrada, pero fracasó.

– ¿Es Dee?

– No, mamá -dijo Jack, suspirando-. No es Dee.

– Ah, bueno. ¿La has visto últimamente? -Lulu echaba de menos a la mujer que había dejado plantado a su adorado y único hijo, al tiempo que la odiaba profundamente.

– Pues sí -admitió él-. La vi hace poco en el aparcamiento de Drury Street. Me dio recuerdos para ti.

– ¿Cómo está?

– Muy bien. Se casa dentro de poco.

– ¿Con quién? ¿Contigo? -Lulu no perdía fácilmente la esperanza.

– No.

– ¡La muy golfa!

– No digas eso, mamá. -En su momento, la noticia tampoco había sido muy agradable para él, aunque no le costó demasiado superarla-. Dee hizo bien al no casarse conmigo. No habríamos durado mucho. Lo que pasa es que ella se dio cuenta antes que yo.

– Y ¿quién es esa chica con la que vas a venir hoy?

– Se llama Mai. Es muy simpática, aunque un poco nerviosa.

– La trataremos bien.

Mai se sentó en el coche de Jack con un recatado vestido camisero estilo años cincuenta que se había comprado en una tienda Oxfam casi en broma, y con unas sandalias de solo ocho centímetros de tacón, dispuesta a dejarse llevar a Raheny.

– ¿Les importará que sea medio vietnamita? ¿Son racistas?

Jack negó con vehemencia.

– Qué va. -Le acarició la mano para expresarle su apoyo-. No te preocupes, Mai. Son gente decente.

– Y ambos son maestros, ¿no?

– Sí, pero ya están retirados.

Lulu y Geoffrey cumplieron el protocolo a rajatabla: recibieron a Mai estrechándole la mano efusivamente, quitaron los periódicos de encima del sofá para que pudiera sentarse, le enseñaron fotografías de cuando Jack era pequeño.

– Era monísimo -comentó Lulu contemplando una fotografía de su hijo cuando tenía cuatro años, en su primer día de colegio-. Y mira esta. -Una fotografía en color de un desgarbado adolescente de pie junto a una mesita.

– Esa mesa la hice yo -dijo Jack con orgullo.

– Es muy bueno con las manos -explicó Lulu.

«Ya lo sé», pensó Mai, y por un instante se horrorizó al creer que lo había dicho en voz alta.