Выбрать главу

Los padres de Jack siguieron bombardeando el nerviosismo de Mai, y las cosas iban bastante bien hasta que ella se fijó en una fotografía que había en la repisa de la chimenea. Jack, más joven, más delgado y menos agobiado por las preocupaciones, abrazaba a una muchacha alta de cabello castaño que, erguida, sonreía con indudable seguridad. Lulu se fijó en ella en el mismo momento en que lo hacía Mai, y horrorizada se preguntó por qué no la había escondido.

– ¿Quién es esa chica? -le preguntó Mai a Jack, como si disfrutara atormentándose.

Lo sabía todo sobre Dee: que Jack y ella habían vivido juntos desde que terminaron la universidad, y que después de nueve años de noviazgo, cuando decidieron casarse, Dee había plantado a Jack. Mai se moría de ganas de saber qué aspecto tenía.

Lo violento de la situación se resolvió con la llegada de Karen, la hermana mayor de Jack, con su marido y sus tres hijos. En cuanto terminaron los ruidosos saludos llegó Jenny, la hermana menor de Jack, también con su marido y sus hijos.

– Bueno, nosotros nos vamos -dijo Jack al poco rato, al ver que Mai empezaba a sentirse abrumada.

Lulu y Geoffrey se quedaron mirando cómo el coche se alejaba.

– Una chica encantadora -comentó Lulu.

– Con un trabajo muy original -observó Geoffrey.

– ¿Original? ¿Vender teléfonos móviles te parece original?

Geoffrey giró la cabeza y miró a su esposa con asombro.

– ¿Vender teléfonos móviles? ¡A mí no me ha dicho eso!

32

Vello. En las piernas. Demasiado vello. A Ashling se le planteaba un dilema. Se había depilado las piernas con cera un par de semanas atrás, durante aquel breve veranillo, y ahora el vello estaba demasiado corto para volverlo a depilar, pero demasiado largo para irse a la cama con alguien.

¿Qué pasaba? ¿Pensaba acostarse con Marcus Valentina? Bueno, nunca se sabe, pensó. Pero no quería que el vello fuera un impedimento.

Siempre podía afeitarse las piernas. Pero no, no podía. En cuanto empiezas a depilarte las piernas a la cera, queda estrictamente prohibido estropearlo todo afeitándotelas para que vuelvan a salirte unos pelos duros y tiesos. Julia, la chica que la depilaba, la mataría.

Solo podía depilárselas con Immac, y debido a un terrible lapsus Ashling se había quedado sin crema. Así que envió a Ted a la farmacia más cercana con una nota.

– ¿Por qué no vas tú? -protestó Ted. Se sentía violento con aquel encargo.

Ashling señaló el papel de plata con que se había envuelto la cabeza.

– Me he puesto aceite en el pelo. Si salgo así a la calle, la gente pensará que han aterrizado los extraterrestres.

– ¡Qué tontería! La gente sabe perfectamente que los extraterrestres jamás encontrarían aparcamiento en esta ciudad. Ostras, Ashling -se lamentó-. Y ¿tengo que darle esta nota a la dependienta? ¿No puedo cogerlo yo mismo del estante?

– No. Hay demasiados tipos, y tú eres un hombre. Lo que yo quiero es mousse sin perfume, y tú me traerías el gel con perfume de limón. O peor aún, podrías traerme el de espátula. ¡Vete, por favor!

Aunque parezca asombroso, Ted realizó la misión con éxito y Ashling se retiró al cuarto de baño, donde, de pie en la bañera, con las piernas burbujeando cubiertas de un nocivo producto blanco, esperaba a que el vello se quemara. Suspiró. A veces era duro ser mujer.

El frenesí embellecedor había empezado el martes por la tarde, cuando Marcus llamó por teléfono y le preguntó:

– ¿Qué? ¿Te apetece?

– Si me apetece ¿qué?

– Lo que sea. Una copa. Una bolsa de patatas. Un polvo desenfrenado.

– La copa no estaría mal. O la bolsa de patatas.

Marcus esperó un momento y luego preguntó con una vocecilla infanticlass="underline"

– ¿Y el polvo desenfrenado?

Ashling tragó saliva e intentó adoptar un tono jocoso:

– Eso ya lo veremos.

– ¿Si me porto bien?

– Eso. Si te portas bien.

En cuanto colgó, Ashling se puso en marcha, quitándose y poniéndose cosas a toda velocidad. En el curso de la tarde se lavó y acondicionó el cabello, se exfolió todo el cuerpo, se quitó el esmalte viejo de las uñas de los pies y se aplicó esmalte nuevo, se quemó el vello de las piernas, se untó de pies a cabeza con crema hidratante Envy de Gucci, que solo usaba en ocasiones especiales, se puso un cuarto de tubo de crema alisadora en el pelo, se maquilló a conciencia (aquel no era momento para sutilezas) y se empapó de eau de parfum Envy.

Ted volvió para supervisar los últimos preparativos. Le interesaba mucho que Marcus y Ashling se cayeran bien, porque así él podría potenciar su carrera de cómico gracias al estrecho contacto con Marcus.

– Tienes que estar sexy -dijo, tumbado en la cama de Ashling, mientras ella se aplicaba la tercera y última capa de rímel.

– ¡Es lo que intento! -gritó Ashling.

Era evidente que estaba más nerviosa de lo que pensaba. ¡Mira lo que hacía con ella la esperanza! Arrasaba con sus sueños de amor y estabilidad y la convertía en un manojo de nervios. A veces, como ahora, pensaba que quizá fuera demasiado sensible. «¿Era aquello normal?», se preguntaba. Seguramente sí. ¿Y si no lo era? «Hombre, tuve grandes carencias afectivas en la niñez», pensó con ironía.

Bueno, afectivas quizá no. Pero sí carencias de rutina, carencias de normalidad. Después del primer episodio de depresión de su madre, las cosas nunca habían vuelto a ser como antes. La vida de la familia había cambiado para siempre, aunque en aquel momento ellos no lo supieran.

Curiosamente, al principio Ashling se alegró cuando vio que ya no había horas de comer. Un día se ensució de hierba una rebeca y se alegró de no recibir una bronca. Pero a medida que pasaban los días hasta ella se dio cuenta de que llevaba la ropa sucia. El alivio dio paso a la angustia. Aquello no estaba bien.

– ¿Puedo ponerme esto? -Se presentó ante su madre con un vestido de verano guarrísimo. Fíjate en mí, fíjate en mí.

Los ojos de su madre la miraron desde un rostro que denotaba una profunda pena.

– Ponte lo que quieras.

Janet y Owen no iban mejor equipados. Ni su madre: siempre había sido tan guapa e ido tan bien vestida, y ahora ni siquiera se daba cuenta de que salía. a la calle con una blusa manchada de huevo.

Aquel verano iban a menudo al parque. Monica solía exclamar: «No aguanto ni un minuto más en esta casa», y los sacaba a todos a la calle. Pero ni siquiera en el parque dejaba de llorar, y nunca llevaba pañuelo. Así que Ashling, a la que no le gustaba que su madre se secara las lágrimas con la manga, se acostumbró a llevar un pañuelo de papel doblado en el bolsillo de la rebeca cada vez que salían de casa.

Una vez en el parque, Ashling intentaba organizar las cosas para que al menos Janet y Owen se lo pasaran bien. Cuando pedían un helado, Ashling temía que no lo consiguieran, porque si se enfadaban podían acabar de estropearlo todo. Pero su madre nunca se acordaba de llevar dinero, así que Ashling se acostumbró a llevar siempre consigo un monedero de plástico rosa y marrón con forma de cara de perro.

A medida que avanzaba el verano, Monica desarrolló un nuevo y alarmante hábito. Sentada lánguidamente en un banco, se rascaba un corte que tenía en el brazo, y no paraba hasta que empezaba a sangrar. Fue por aquella época cuando Ashling empezó a llevar un paquete de tiritas en el bolsillo.

Algo tenía que cambiar. Alguien tenía que darse cuenta de lo que estaba pasando.

Ashling empezó a rezar para que su madre se pusiera mejor y para que su padre no se marchara cada lunes por la mañana y no regresara hasta el viernes. Luego, al ver que las oraciones no producían los resultados deseados, empezó a cultivar la extraña convicción de que si tiraba de la cadena del retrete tres veces cada vez que lo utilizaba, todo se solucionaría. Después se le metió en la cabeza la idea de que cuando bajaba la escalera tenía que hacer una pirueta al llegar abajo. Era un imperativo, y si se olvidaba tenía que volver arriba y repetir todo el ritual.