Las supersticiones empezaron a cobrar gran importancia para Ashling. Si veía una urraca (tristeza) tenía que buscar rápidamente otra (alegría). Un día derramó la sal y para evitar más lágrimas arrojó un puñadito por encima de su hombro izquierdo. Que fue a parar sobre el pastel de crema. Su madre se quedó mirando con gesto inexpresivo cómo los granos de sal se disolvían en la capa de crema; luego apoyó la cabeza en la mesa de la cocina y rompió a llorar. Lo de la sal no había funcionado.
Los gritos de Ted la devolvieron a la realidad.
– ¡Contéstame, Ashling! ¿Qué dicen las cartas del tarot sobre esta noche?
Ashling se recuperó rápidamente; se alegraba muchísimo de estar en el presente y no en el pasado.
– No está mal. Me ha salido el cuatro de copas. -No hacía falta mencionar que antes le había salido el diez de espadas, más amenazadora, pero que la había descartado-. Y mi horóscopo es favorable en dos de los periódicos del domingo -añadió. Y no tan favorable en otros dos, pero ¿qué importancia tenía eso?-. Y la carta del Oráculo de los Ángeles que he sacado era el Milagro del Amor. -Bueno, la había sacado después de sacar la Madurez, la Salud, la Creatividad y la Sabiduría.
– ¿Eso es lo que te vas a poner? -preguntó Ted señalando los pantalones pirata negros y la blusa atada a la cintura.
– ¿Por qué? -preguntó Ashling, a la defensiva.
Se había vestido con mucho cuidado y estaba especialmente satisfecha con la blusa porque, gracias a algún efecto óptico, parecía que tuviera cintura.
– ¿No tienes una falda corta?
– Yo nunca llevo faldas cortas -masculló ella preguntándose, inquieta, si se habría pasado con el colorete-. Odio mis piernas. ¿Llevo demasiado colorete?
– ¿Qué es el colorete? ¿Eso rojo que te has puesto en las mejillas? No; puedes ponerte un poco más.
Ashling se apresuró a quitarse un poco. Los motivos de Ted eran sospechosos.
– ¿Dónde habéis quedado? ¿En Kehoe's? Te acompaño.
– Ni hablar -dijo ella con firmeza.
– Pero si solo…
– ¡He dicho que no!
Ashling no quería tenerlo merodeando por allí, haciéndole la pelota a Marcus y preguntándole si podían ser amigos.
– Bueno, pues buena suerte -dijo Ted lastimeramente, mientras ella guardaba la piedra de la suerte en su nuevo bolso con bordados, se calzaba unas sandalias con tacón de cuña y se preparaba para salir-. Espero que este romance sea un lecho de rosas.
– Yo también -dijo Ashling, y dedicó unas rápidas palabras a Dios o a quienquiera que fuera el ministro celestial de romances-, si es que así está escrito que sea.
– Chorradas -dijo Ted, burlón.
Ashling le dio un repasillo al Buda y se marchó.
Marcus Valentina me va a gustar y yo le voy a gustar a él, Marcus Valentina me va a gustar y yo le voy a gustar a él… Cuando caminaba por Grafton Street con aquellas infernales sandalias intentando afirmarse mediante las técnicas de Louise L. Hay, un silbido de admiración interrumpió su mantra. ¿Ya? ¿Marcus Valentina? ¡Madre mía, esa Louise L. Hay era infalible!
Pero no era Marcus Valentina. En la otra acera estaba Boo, sin su manta naranja, con otros dos hombres cuyas caras sin afeitar y extraño atuendo (llevaban de esa ropa que no podrías comprarte ni que lo intentaras) los identificaban también como mendigos. Estaban comiendo bocadillos.
Ashling creyó que lo correcto era cruzar la calle.
– Hola, Ashling -dijo Boo exhibiendo su sonrisa desdentada-. Veo que no te has ido fuera a pasar el puente.
Ella negó con la cabeza.
– Yo tampoco -dijo Boo con dignidad.
De repente se dio cuenta de lo maleducado que había sido, se dio una palmada en la frente y extendió un brazo hacia sus dos acompañantes. Uno era joven, desgreñado y esquelético; la cinturilla de los pantalones de chándal se aguantaban precariamente en sus delgadísimas caderas. El otro era mayor y llevaba una melena y una barba descomunales, como si le hubieran enganchado un montón de gatos monteses con celo alrededor de la cara. Llevaba unas zapatillas de lona que en su día habían sido blancas y un esmoquin que evidentemente estaba hecho para un hombre mucho más bajo que él.
Comparado con ellos, Boo parecía casi normal.
– Ostras, perdona. Ashling, este es John John -dijo señalando al más joven-. Y este es Hairy Dave. Chicos, os presento a Ashling, mi amable vecina.
Ashling, que se sentía un tanto violenta, les estrechó las manos a ambos. ¿Y si Clodagh la viera ahora? ¡Le daría un ataque! El peludo era el que parecía más guarro, y cuando asió con su mano con costras la de Ashling, ella tuvo que contener un estremecimiento.
Un transeúnte estuvo a punto de chocar contra una farola al girar la cabeza para contemplar a aquel insólito cuarteto: Ashling tan arreglada y perfumada, y los otros todo lo contrario.
– Estás preciosa -observó Boo con sincera admiración-. Deduzco que tienes una cita con un hombre.
– Sí -afirmó ella. Y entonces, sintiendo un repentino cariño hacia Boo, admitió-: A que no adivinas con quién.
– ¿Con quién? -preguntaron los tres al unísono, acercándose más a ella.
Ashling tuvo que contener la respiración.
– Con Marcus Valentina.
Boo rompió a reír.
– ¿El humorista? -preguntó Hairy Dave con un lento y denso gruñido.
Ashling asintió.
– ¿El que hace esos chistes de búhos? -preguntó John John, muy emocionado.
¡Madre mía! ¿Tanto se había extendido la fama de Ted que hasta los marginados lo conocían? ¡Cómo se iba a poner cuando se lo contara!
– No, el de los búhos es Ted Mullins -le explicó Boo a John John-. Marcus Valentina es el de la mantequilla y los copos de nieve.
– No lo conozco -admitió John John, decepcionado.
– Es muy bueno. ¡Cuánto me alegro, Ashling! Espero que te lo pases muy bien.
– Gracias. Os dejo para que sigáis cenando tranquilos. -Ashling señaló los bocadillos que los tres mendigos habían dejado de comer al verla aparecer.
– Son de Marks & Spencer -dijo Boo-. Nos dan los que no venden. Ya sé que la ropa es horrible, pero los bocadillos son deliciosos.
De pronto los tres se pusieron en tensión, como si hubieran detectado algún peligro. Ashling miró alrededor. Por lo visto el problema eran dos policías que habían aparecido al final de la calle.
– Creo que están aburridos -dijo John John con preocupación.
– ¡Vámonos! -dijo Boo, y los tres se escabulleron-. Adiós, Ashling.
Cuando llegó al pub, Marcus ya estaba allí, con unos pantalones militares y una camiseta, tomándose una Guinness. Al verlo, Ashling se sobresaltó. Marcus se había presentado. Aquello era real.
Sus sentimientos hacia Marcus eran ambiguos. ¿Cómo lo veía? ¿Como el gilipollas pecoso y entusiasta al que no había querido llamar? ¿O como el cómico seguro de sí mismo cuya llamada había esperado con ansiedad? El aspecto físico de Marcus no la ayudó a aclarar la confusión, pues no era ni exageradamente atractivo ni completamente asqueroso. Había que reconocerlo: era del montón. Tenía el pelo castaño rojizo, sus ojos eran de un color indefinido, y por supuesto estaba aquel pequeño detalle de las pecas. Pero a ella le gustaban los chicos del montón. A ella le correspondía un chico del montón. No tenía sentido que apuntara demasiado alto.
Y aunque era del montón, su estatura significaba que al menos era una versión de lujo. Tenía un cuerpo precioso.
Al verla, Marcus se levantó y le hizo señas. Había un hueco junto a él en el banco, y Ashling se sentó.
– Hola -dijo él solemnemente una vez ella se hubo puesto cómoda.
– Hola -replicó Ashling con la misma solemnidad.