– ¿Qué software utilizabas?
– Pues… -Clodagh no se acordaba.
– ¿Sabes mecanografía y taquigrafía?
– Sí.
– ¿Cuántas palabras por minuto?
– Huy, no lo sé. Escribo con dos dedos -aclaró Clodagh-, pero muy deprisa. Más deprisa que mucha gente que ha hecho cursillos.
Yvonne entrecerró sus infantiles ojos. Estaba enojada, pero no hasta el punto de perder los estribos. En realidad solo estaba jugando, disfrutando de su poder.
– Entonces deduzco que tampoco dominas la taquigrafía, ¿no?
– Bueno, supongo que no, pero siempre podría… No -confesó Clodagh, que se había quedado sin energía.
– ¿Tienes nociones de tratamiento de textos?
– No.
Y, pese a que ya sabía la respuesta, Yvonne preguntó:
– Y no tienes ningún título universitario, ¿verdad?
– No -reconoció Clodagh, mirándola fijamente con un ojo normal y otro inyectado en sangre.
– De acuerdo. -Yvonne suspiró con resignación, se lamió un dedo y alisó con él una esquina doblada del currículum-. Dime qué lees.
– ¿Qué quieres decir?
Hubo una pausa brevísima, pero Yvonne la creó para dar a entender que consideraba a Clodagh una idiota total.
– ¿FT? ¿Time? -la ayudó. No suspiró, pero fue como si lo hubiera hecho. Entonces, cruelmente, añadió-: ¿Bella? ¿Hola?
Clodagh solo leía revistas de decoración. Y libros de Cat in the Hat. Y, de vez en cuando, best sellers sobre mujeres que montaban su propio negocio y no tenían que someterse a humillantes entrevistas como aquella cuando querían trabajar.
– Veo que una de tus aficiones es el tenis. ¿Dónde juegas?
– No, no. Yo no juego. -Clodagh soltó una risita casi adolescente-. Me refiero a que me gusta verlo jugar.
Wimbledon estaba a punto de empezar, y por la televisión estaban dando mucha publicidad.
– ¿Y vas al gimnasio? -leyó Yvonne-. ¿O eso también te gusta ver cómo lo hacen los demás?
– No, no. Voy -dijo Clodagh, pisando terreno más firme.
– Aunque eso difícilmente puede considerarse un hobby, ¿no? Sería como decir que dormir es un hobby. O comer-. Aquello le hirió en lo más vivo.
– Te gusta el teatro. ¿Con qué frecuencia vas?
Clodagh vaciló un momento, y luego confesó:
– En realidad no voy. Pero algo hay que poner, ¿no?
Cuando Clodagh y Ashling dejaron de inventarse hobbies absurdos, como conducir coches de rally o la adoración satánica, e intentaron componer una lista de hobbies reales, no se les ocurrieron muchas cosas.
– Entonces, ¿cuáles son tus aficiones? -preguntó Yvonne, desafiante.
– Pues… -¿Cuáles eran sus aficiones?
– Hobbies, pasiones, esas cosas -dijo Yvonne, impaciente.
Clodagh se había quedado en blanco. Lo único que se le ocurría decir era que le gustaba jugar con sus puntas abiertas, tirando del extremo roto para ver hasta dónde llegaba. Podía pasarse horas haciéndolo. Pero algo la frenó y decidió no compartir aquella afición con Yvonne.
– Verás, es que tengo dos hijos -dijo tímidamente-. Me absorben mucho.
Yvonne le lanzó una mirada desconfiada.
– ¿Te consideras una persona ambiciosa?
Clodagh retrocedió como si tuviera miedo. No era nada ambiciosa. No le gustaba la gente ambiciosa.
– Cuando trabajabas en la agencia de viajes, ¿qué era lo que te producía más satisfacción?
Que llegara la hora de marcharse, pensó Clodagh. A todas las chicas que trabajaban allí les ocurría lo mismo: entraban, suspendían sus vidas reales durante ocho horas y dedicaban toda su energía a soportar la espera.
– ¿El trato con la gente? -sugirió Yvonne-. ¿Resolver problemas técnicos? ¿Cerrar una venta?
– Recibir mi sueldo -dijo Clodagh, y supo que había metido la pata. Lo que pasaba era que hacía mucho tiempo que no asistía a una entrevista de trabajo. Ya no se acordaba de los tópicos correctos. Y, si no se equivocaba, hasta entonces siempre la habían entrevistado hombres, y todos habían sido bastante más agradables que aquella estúpida.
– La verdad es que no me interesa volver a trabajar en una agencia de viajes -añadió-. En cambio no me importaría trabajar en… una revista.
– ¿Te gustaría trabajar en una revista? -Yvonne hizo ver que le costaba contener una sonrisa.
Clodagh asintió con cautela.
– ¡A quién no! ¿Verdad, querida? -dijo Yvonne con cierta cantinela.
Clodagh decidió que odiaba a aquella niñita despiadada y poderosa. Mira que llamarla «querida», cuando Clodagh le doblaba la edad.
– ¿Cuáles son tus aspiraciones económicas? -preguntó Yvonne, apretándole las tuercas.
– Pues no sé… No lo he pensado… ¿Qué crees tú? -dijo Clodagh, vencida.
– No sé qué decirte. Con los datos que me das… Si estuvieras dispuesta a hacer algún curso de reciclaje…
– Quizá -mintió Clodagh.
– Si sale algo ya te llamaré.
Ambas sabían que no iba a hacerlo.
Yvonne la acompañó hasta la puerta. A Clodagh le entusiasmó ver que era un poco patizamba.
Ya en la calle, con su odioso, ridículo y carísimo traje, echó a andar despacio hacia su coche. Tenía la autoestima por los suelos. Aquella mañana había recibido una cruel lección sobre lo vieja e inútil que era. Clodagh había depositado todas sus esperanzas en un empleo, pero evidentemente el mundo iba demasiado deprisa, y ella ya no estaba capacitada para ocupar un lugar en él.
¿Qué iba a hacer ahora?
34
El martes por la mañana Lisa saltaba de impaciencia por entrar en las oficinas de Randolph Media. No podría soportar otro fin de semana como el que acababa de pasar. El lunes había alcanzado tal grado de aburrimiento que fue al cine sola. Pero para la película que quería ver no quedaban entradas, así que acabó comprando entradas para otra que se titulaba Rugrats II, y compartiendo el cine con una horda de sobreexcitados menores de siete años. No se había enterado hasta entonces de la cantidad de niños que había en el mundo. Y eso que últimamente pasaba gran parte de su tiempo con niños…
Miró con odio a Bill, el portero, quien, al otro lado de la puerta de cristal, hizo tintinear las llaves y le abrió. Todo era culpa de aquel viejo perezoso y holgazán. Si le hubiera dejado ir a trabajar aquel fin de semana, Lisa nunca se habría enterado de lo vacía que estaba su vida.
– Cielos, qué temprano llega usted hoy -refunfuñó el portero, sorprendido.
– ¿Ha pasado un buen fin de semana? -preguntó Lisa, mordaz.
– Ya lo creo -contestó Bill, y se explayó con un detallado recuento de visitas de nietos, visitas a nietos…
– Pues yo no -le interrumpió ella.
– Lo lamento -repuso él, preguntándose qué tenía que ver eso con él.
Pero todo tenía una parte positiva, pensó Lisa al entrar en el ascensor, y en aquel caso lo positivo era que ella había tomado ciertas decisiones. Si no tenía más remedio que pasar una temporada en aquel condenado país, se crearía un círculo de amistades. Bueno, quizá no de amistades en el sentido estricto de la palabra, pero sí de personas a las que pudiera llamar «cariño» y con las que pudiera criticar a otras personas.
Y también pensaba acostarse con alguien. Con un hombre, especificó rápidamente. Al cuerno con la Nueva Bisexualidad, que ella misma había descrito en el número de marzo de Femme: Lisa no había podido pasar de un avergonzado morreo con una modelo en el Met Bar. Tenía muy claro que a ella le iban los hombres.
Aquella espantosa necesidad de llamar a Oliver que había sentido el fin de semana era una señal indudable de que necesitaba un hombre. No estaría mal que fuera Jack. Pero, endureciendo su determinación, decidió que si él quería jugar a Richard Burton y Elizabeth Taylor con Mai, le buscaría un sustituto. Quizá eso lo hiciera entrar en razón. Fuera como fuese, las cosas no podían continuar como estaban.