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Era consciente de que quizá no encontrara un novio adecuado inmediatamente. Pero se propuso acostarse con alguien antes de que terminara la semana.

¿Quién podía ser? Estaba Jasper French, el famoso chef; no cabía duda de que él estaba dispuesto. Pero era un pelmazo. También estaba Dylan, aquel tipo al que había visto con Ashling. Era una monada. Desgraciadamente estaba casado, de modo que Lisa no tenía muchas posibilidades de encontrárselo en una discoteca. Sería más fácil encontrárselo paseando el fin de semana por una tienda de bricolaje.

«¡Ostras!», dijo en voz alta en cuanto puso el pie en la oficina. Había botellas de champán, tazas, papel de aluminio y alambre por todas partes, y olía a pub. Por lo visto la señora de la limpieza no creía que fuera su deber limpiar los restos de la juerga del viernes. Pues bien, Lisa tampoco pensaba limpiar nada: tenía que pensar en sus uñas. Podía hacerlo Ashling.

El resto de los empleados llegaron tarde, para desesperación de Lisa. Todos habían pasado tres estupendos días de fiesta. Hasta la señora Morley, quien tras el par de copas de champán del viernes se había pasado el resto del fin de semana borracha.

Había llegado el momento de la venganza: todos sin excepción estaban quejumbrosos y deprimidos, sobre todo Kelvin, que había pinchado su mochila naranja inflable con el anillo que llevaba en el pulgar en un trágico accidente ocurrido el sábado por la noche mientras buscaba un bolígrafo.

Mientras todos se guardaban muy bien de mirar las tazas sucias, empezaron a comparar sus resacas.

– A mí siempre me afecta más al estómago que a la cabeza -confesó Dervla O'Donnell-. Lo único que me quita las náuseas son un par de bocadillos de beicon.

– A mí lo que me hunde es la paranoia -dijo Kelvin lanzándole una mirada furtiva a Dervla y volviendo a bajar la cabeza. Hasta la señora Morley admitió tímidamente:

– A mí es como si me estuvieran clavando una daga en el ojo derecho.

A Lisa le habría encantado participar en aquella conversación, pero no podía hacerlo. Por si fuera poco su cabreo, Mercedes entró pavoneándose, cargada de bolsas llenas de adhesivos de compañías aéreas. Al parecer había pasado el fin de semana en Nueva York, nada más y nada menos. «Guarra. Engreída -pensó Lisa con amargura-. Qué suerte tenía. Y ¿cómo podía ser que todo el mundo lo hubiera sabido, menos ella?»

A Mercedes le habían encargado varias cosas de Nueva York: unos Levi's blancos para Ashling (por lo visto allí costaban la mitad); un sombrero Stussy para Kelvin (en Europa era imposible encontrarlos); y un cargamento de barritas Babe Ruth para la señora Morley, que había estado en Chicago en los años sesenta y desde entonces no había vuelto a probar los Cadbury's. Los afortunados receptores se abalanzaron sobre sus artículos chillando de alegría, y el dinero cambió rápidamente de manos.

– Estaba pensando en suicidarme -comentó Kelvin mientras se probaba el sombrero-, pero no lo voy a hacer.

Lisa los miraba con cara avinagrada. Habría podido pedirle a Mercedes que le trajera loción corporal Kiehl's; o mejor dicho, habría sido un placer renunciar a pedírselo.

Aparte de los encargos, Mercedes había traído generosos regalos para la oficina: caramelos de goma de cuarenta sabores, varias bolsas de bombones Hershey y un montón de tazas de crema de cacahuete Reece's. Pero cuando Mercedes le ofreció una bolsa de bombones Hershey a Lisa, esta se estremeció y dijo:

– No, gracias. Siempre he creído que el chocolate americano sabe un poco a vómito.

La señora Morley, que tenía la boca llena de Babe Ruth, se quedó atónita ante aquel sacrilegio, y Mercedes fulminó a Lisa con sus ojos negros azabache. Lisa detectó desprecio en ellos, incluso burla.

– Si tú lo dices -se limitó a replicar Mercedes con tono inexpresivo.

La última en llegar fue Trix, contribuyendo notablemente a la fuerte mezcla aromática de la oficina.

– Se ve que alguien ha pasado el fin de semana en la playa -observó la señora Morley haciendo gala de una insólita tendencia a actuar para la galería-. Huele a pescado.

– Ja, ja -dijo Trix con desdén.

Aquello desencadenó comentarios sarcásticos.

– ¿Has cambiado de perfume, Trix? -preguntó Kelvin.

– Venga, no os paséis -intervino Ashling.

– ¿No será que te han cortado el agua? -terció Mercedes.

En ese momento entró Jack, con las manos en los bolsillos y todo sonrisas.

– Buenos días a todos -dijo alegremente-. ¿Sabéis que esta oficina está patas arriba?

Trix se volvió hacia él y protestó:

– Jack… Bueno, señor Devine. Se están burlando de mí porque huelo a pescado. No paran de hacer bromas.

– Me encanta la gente que se toma el trabajo con alegría -dijo Jack sin intervenir en el conflicto.

– ¿Son alucinaciones? -Trix se había quedado pasmada.

El rostro de Ashling perdió toda su vivacidad. Acababa de recordar los consejos que le había dado a Jack el viernes por la tarde, animada por el champán.

– Dios mío -gimió cubriéndose las acaloradas mejillas con las manos.

– ¿Tanto te molesta el olor? -preguntó Trix, dolida. Se esperaba críticas de los demás, pero no de Ashling.

Ashling sacudió la cabeza. Ahora ya no olía nada: la vergüenza que sentía lo había borrado todo. Tuvo que disculparse.

– Esta oficina está hecha un asco. -Lisa, la aguafiestas, empezó a imponer orden-. Kelvin, ¿puedes recoger las botellas vacías? Y tú, Ashling, ¿puedes lavar las tazas?

– ¿Por qué yo? Siempre me toca a mí -dijo Ashling vagamente, demasiado horrorizada por lo que le había dicho a Jack Devi… ¡Madre mía! ¡Pero si hasta le había llamado JD!

Aquel comentario le cerró la boca a Lisa. Miró amenazadoramente a Ashling, pero esta estaba en la luna, así que dirigió su feroz mirada hacia Trix y dijo:

– Pues lávalos tú, pescadera.

Trix se quedó estupefacta por el tono con que Lisa, que hasta entonces siempre la había tratado como a la más favorecida, se había dirigido a ella; resentida y de mala gana colocó las tazas en la bandeja, las puso medio segundo bajo el grifo del lavabo y las dio por lavadas.

Ashling esperó a que todo el mundo se pusiera a trabajar, y entonces fue, temblando, al despacho de Jack.

– Buenos días, doña Remedios-. Jack se mostró casi asustadizo al recibirla-. ¿Vienes a buscar cigarrillos? Porque me temo que lo de la semana pasada fue excepcional. De todos modos, si insistes…

– ¡No, no! No he venido por eso.

Se interrumpió al reparar en la corbata de Jack, que estaba cubierta de Bart Simpsons de un amarillo chillón. Jack no solía llevar corbatas tan frívolas, ¿verdad que no?

– Entonces ¿a qué has venido?

La miró con sus chispeantes y oscuros ojos. Curiosamente, su despacho no parecía tan tenebroso e inquietante como otras veces.

– Quería decirte que lamento haberte dado consejos sobre tu relación el viernes. Es que… -intentó esbozar una sonrisa desenfadada, pero lo que le salió fue un rictus espantoso- había bebido.

– No pasa nada -dijo Jack.

– Bueno, si tú lo dices…

– Además, tenías razón. Mai es una chica encantadora. No debería discutir con ella.

– Ah, vale. Fantástico.

Ashling salió del despacho; era extraño, pero se sentía peor que antes de entrar. Al salir por la puerta, Lisa se quedó mirándola fijamente.

Al cabo de un rato llegó un mensajero con las fotografías de la ropa de Frieda Kiely. Mercedes intentó hacerse con ellas, pero Lisa las interceptó. Abrió el sobre acolchado y extrajo un pesado y flexible montón de fotografías brillantes de modelos con manchas de turba en la cara y con paja en el pelo, paseándose por una ciénaga.

Lisa las fue pasando sumida en un silencio que no presagiaba nada bueno, separándolas en dos montones desiguales.

El montón más pequeño contenía una fotografía de una chica sucia y despeinada ataviada con un vestido de noche ceñido y unas botas de montaña embarradas. En otra fotografía aparecía la misma chica con un traje sastre elegantísimo, sentada en un cubo puesto del revés, haciendo ver que ordeñaba una vaca. Y otra modelo con un vestido corto y entallado de seda, haciendo ver que conducía un tractor. En el montón más grande había fotografías poco realistas de chicas con vestidos poco realistas bailando en un paisaje poco realista.