Wayne Baker era de Hastings y muy joven, aunque seguramente no tanto como él aseguraba. Dijo que tenía veinte años, pero Lisa le calculó veintidós o veintitrés. Se tomaba muy en serio su carrera de modelo.
– Hombre, tampoco es astrofísica, ¿no? -bromeó Lisa.
Él se mostró dolido.
– Verás, no pretendo hacerlo toda la vida.
– A ver si lo adivino. Te gustaría ser actor.
La sorpresa se dibujó en el rostro casi ridículamente perfecto de Wayne.
– ¿Cómo lo has sabido?
Lisa contuvo un suspiro de exasperación. Aunque no le gustaba hacer proselitismo, era evidente que Wayne no era exageradamente inteligente, y eso suavizaba su amenazante belleza. Lisa no tenía nada contra la gente con escasa o nula educación; al fin y al cabo, cuando terminó sus estudios ella apenas sabía hacer la o con un canuto. Pero no había motivo para que alguien no supiera con quién estaba casada Meg Matthews.
– ¿Dónde vives, guapo? -preguntó Lisa. Dijo «guapo» con tono despectivo, como si Wayne fuera un trozo de carne. Él lo encontró gracioso, porque así era como solía hablar a las chicas.
– Tengo un apartamento en Londres, pero casi nunca estoy allí. -No consiguió ocultar que se enorgullecía de ello.
– Y ¿cuánto tiempo vas a estar en Dublín?
– Me marcho mañana.
– ¿Dónde te hospedas?
– Aquí, en el Clarence.
– Genial.
Lisa no quería llevarlo a su Casita de la Pradera. Temía que él se desanimara con tanta madera de pino, aunque todavía había más posibilidades de que ella se aburriera de él antes de que terminase el trayecto en taxi.
En cuanto el camarero les retiró los platos (aunque lo único que ambos habían hecho era cambiar la comida de sitio), Lisa decidió que ya había postergado suficientemente su satisfacción personal. Le dijo a Wayne, sin ningún miramiento:
– A la cama.
– Caray. -Impresionado por tanto descaro, pero obediente, él se levantó de la silla.
Cuando subían en el ascensor del hotel, Lisa notó un burbujeo de emoción en el estómago. Se sentía perversa y decadente; a veces lo que verdaderamente necesitaba una mujer era sexo rápido y salvaje con un perfecto desconocido. Y ¿qué gracia tenía matarse de hambre para conseguir un cuerpo fabuloso si no podías exhibirlo de vez en cuando ante alguien?
La suave y bronceada mano de Wayne tembló ligeramente cuando introdujo la llave en la cerradura, y aunque en el fondo solo estaba interpretando un papel, Lisa estaba encantada con el poder que ejercía sobre él.
Una vez en la habitación, aumentó el nerviosismo de Lisa. Era como estar en un plató: una habitación moderna y elegante, un hombre joven y atlético. No se podía negar que Wayne era guapo.
– Cierra la puerta y quítate la ropa -ordenó, adaptándose aún más a su papel de mujer dominadora. Wayne estaba convencido de que iba a impresionarla.
– Esto te va a gustar -dijo sonriente, al tiempo que se desabrochaba lentamente la camisa-. Hago doscientas abdominales cada día.
Su vientre era una maravilla de firmeza: seis apretados bultos orientados hacia las costillas, bajo un pecho liso, tenso y bronceado. Wayne era tan perfecto que la seguridad de Lisa decayó momentáneamente. Debía de estar acostumbrado a acostarse con modelos exquisitas y escuálidas. Suerte que ella no comía nada.
– Ahora tú -dijo él.
Con una sonrisa pícara y elocuente (la actitud era muy importante), Lisa se quitó el vestido blanco por la cabeza con un único y fluido movimiento. Kelvin tenía razón: no llevaba bragas.
– ¡Vamos allá! -dijo Wayne sonriendo, y se desabrochó la cremallera de los ajustados pantalones. Su miembro salió disparado, ya semitumescente. Él tampoco llevaba ropa interior.
Lisa sintió un escalofrío. Aquello era justo lo que necesitaba.
Wayne no era la primera persona con la que se acostaba desde su ruptura con Oliver. Poco después de que su marido la dejara. Lisa se llevó a un ligue a su casa con la intención de quitarse a Oliver de la cabeza. Pero no había tenido mucho éxito; seguramente lo había hecho demasiado pronto. Esto, en cambio, prometía dar mejores resultados.
– Eres preciosa -observó Wayne tocándole un pezón con interés profesional.
– Ya lo sé. Tú también.
– Ya lo sé.
Rieron a carcajadas apreciando mutuamente su respectiva belleza, y él la besó, no sin encanto.
– Ven -dijo Wayne intentando llevarla hacia la cama.
– No. En el suelo. -Lisa quería un polvo violento, duro e intenso.
– Eres algo pervertidilla, ¿no?
– Qué va -dijo ella, desdeñosa-. Lo que pasa es que tú has vivido siempre muy protegido.
Wayne no lo hacía mal. Tampoco era nada del otro mundo. Era lo que solía pasar con los hombres muy guapos. Creían que bastaba con que se tumbaran en la cama para que tú tuvieras un montón de orgasmos. Afortunadamente, Lisa sabía muy bien lo que quería.
Cuando Wayne intentó colocarse encima de ella, se lo impidió. Esta vez era ella la que mandaba.
– Más despacio -le previno al ver que él se ponía demasiado juguetón. Era una lata tener que dirigir cada movimiento, pero al menos Wayne se amoldaba a sus deseos.
Al cabo de un rato;Lisa deslizó las manos bajo las nalgas de él y dijo:
– ¡Más rápido! ¡Más rápido!
– Creía que querías ir despacio.
– Pues ahora quiero ir más rápido -dijo ella, jadeante, y Wayne obedeció.
En un arrebato de placer, Lisa le mordió en el hombro.
– ¡No me muerdas! -gritó él-. Dentro de un par de días tengo una sesión fotográfica de trajes de baño. No puedo presentarme con marcas.
– ¡Dios mío! -exclamó ella-. ¡Más fuerte!
Wayne aumentó la fuerza y la velocidad, golpeando con sus musculosas caderas contra las de ella.
– Creo… que voy a… -jadeó.
– Pobre de ti -le espetó Lisa en un tono tan amenazador que el inminente orgasmo de él se postergó de inmediato.
Después se quedaron tumbados en el suelo, jadeando y sin aliento. Momentáneamente saciada, Lisa examinó distraídamente las patas de la silla de madera de haya que tenía al lado. Había sido estupendo. Justo lo que necesitaba.
Siguieron tumbados en la moqueta azul hasta que el ritmo de su respiración se normalizó, y entonces Wayne empezó a dar señales de vida. Le acarició el cabello con ternura y dijo con tono soñador:
– Nunca he conocido a nadie como tú. Eres tan… fuerte.
Ella replicó con un cortante:
– ¿Hay minibar? Sírveme una copa. Voy al lavabo.
– ¡Vale!
Lisa casi no pudo entrar en el cuarto de baño, porque estaba lleno de productos cosméticos: champú, mousse de baño, lociones hidratantes y colonias. Aquello no le gustó nada. Qué presumido, pensó torciendo los labios. En el lavabo había varias botehitas de gel de ducha y crema hidratante, cortesía del hotel, y Lisa se prometió cogerlas antes de marcharse.
Cuando salió del cuarto de baño, él la guió hasta la cama y le puso una copa de champán frío en la mano. Se metió en la cama con ella, entre las frescas sábanas de algodón, y dijo:
– ¿Puedo preguntarte una cosa?
Por el grave tono de voz con que lo dijo, Lisa se imaginó que sería alguna de aquellas vulgares preguntas que se hacen los amantes: ¿Crees en el amor a primera vista? ¿En qué piensas? ¿Prometes serme fiel?
– Adelante -contestó Lisa bruscamente.
Wayne se apoyó en un codo, se señaló la frente y dijo:
– ¿Crees que esto que tengo aquí es un grano?
No tenía nada en la frente. De hecho, la tenía más lisa que el culito de un bebé, más suave que un melocotón, o que una balsa de aceite.
– Huy, sí -dijo ella con ceño-. Y muy feo, ¿verdad? Debe de estar infectado.
Wayne soltó un gruñido de angustia y sacó un espejito con el que evidentemente se había estado inspeccionando la frente mientras Lisa estaba en el cuarto de baño.