– Afrodisíaco lleva acento, ostra se escribe sin hache, y espárrago con dos erres. A ver si de vez en cuando utilizas el corrector.
– Nunca he tenido que corregir nada.
– Pues las cosas han cambiado. Colleen es una revista de alto nivel.
– Creía que éramos una revista sexy -replicó Trix, testaruda.
– Se puede ser las dos cosas a la vez. ¡Ostras! ¡Mercedes! ¿Cómo va tu artículo sobre los zapatos de talón abierto?
No era un trabajo excesivamente interesante, pero sí necesario. Y agotador.
Ashling estaba muerta de cansancio. En la oficina había mucha tensión, pero además ella soportaba la preocupación constante acerca de la brusquedad con que se habían despedido Marcus y ella el lunes por la noche. ¿Por qué no se había acostado con él? No podía decir que se estuviera reservando para la noche de bodas, admitió compungida. Sin embargo, a ella siempre le había costado adaptarse a los cambios, y hacía mucho tiempo que no se acostaba con nadie que no fuera Phelim.
Exhaló un suspiro cantarín y aceptó que la vida de la mujer moderna era muy dura. Antes, la norma era que tenías que esperar cuanto pudieras antes de acostarte con un hombre. En cambio, ahora la norma era que si querías retenerlo tenías que entregar la mercancía cuanto antes.
Marcus no la llamó ni el martes por la noche ni el miércoles por la noche, y aunque Joy no paraba de hablar de lo que ella llamaba la regla de los tres días, Ashling dijo:
– Pero ¿y si no vuelve a llamarme?
– Seamos realistas: cabe esa posibilidad. Los hombres actúan de modo misterioso. Lo que está claro es que no te va a llamar esta noche. Haz algo, aprovecha el tiempo. ¿No tienes que lavar nada? ¿Nada que pintar para contemplar cómo se seca la pintura? Porque esta es la noche ideal para hacerlo.
Ashling se prometió que si Marcus volvía a llamarla, se acostaría con él.
Durante la pausa para el desayuno de Ashling, mientras hojeaba con desgana el periódico, de pronto tropezó con su nombre. Aparecía en un artículo que hablaba del creciente éxito de los cómicos irlandeses en el Reino Unido. Las letras bailaban en la página: MaRcUs. Es mi novio. Ashling miró fijamente las pequeñas letras negras, animada por una intensa oleada de orgullo. Que desapareció rápidamente. Porque lo es, ¿no?
El que Lisa, de repente, pusiera la directa hizo que el jueves ya estuviera todo el mundo de mal rollo. Lisa estaba discutiendo con la señora Morley cuando Jack, que parecía consternado, salió de su despacho.
– Señora Morley, ¿podría reservarme una mesa para comer? Para dos personas.
– ¿En el sitio de siempre?
Cuando venía algún jefazo de Londres, Jack siempre lo llevaba a comer filetes poco hechos acompañados con vino tinto en un club con paredes forradas de madera de roble y sofás de piel.
– ¡No, no! Un restaurante agradable, un sitio que pueda gustarle a una mujer. -Parecía indefenso y desamparado. Al final, tímidamente, admitió-: Se ve que hace seis meses que Mai y yo salimos juntos.
Lisa no pudo disimular su consternación. ¿Por qué se portaba bien con Mai? ¿Por qué no se habían peleado el otro día, cuando Mai fue a verlo a la oficina? Se dio cuenta, horrorizada, de que la conducta de Jack empezaba a seguir una pauta, y la seguridad en sí misma y el optimismo de que gozaba desde que se acostara con Wayne se desvanecieron sin dejar rastro.
– ¡Suerte que no he olvidado nuestro aniversario! -dijo Jack sonriente.
– ¿Cómo lo ha hecho? -preguntó la señora Morley.
– Bueno, en realidad me lo ha recordado ella -dijo él vagamente-. Oye, Lisa, ¿cómo se llama ese restaurante al que me llevaste? Seguro que le encantará.
– Halo -dijo Lisa, pero demasiado bajo.
– ¿Cómo dices?
– Halo -repitió ella, no mucho más alto.
– ¡Eso es! -Jack estaba encantado-. ¡Lleno de pijos! Comida sofisticada a precios escandalosos. Le encantará. Si me das el número, reservaré una mesa.
– De eso. nada -le atajó la señora Morley poniendo cara de buldog-. Eso me corresponde hacerlo a mí.
Lisa se marchó, temblando literalmente de rabia y rezando para que fuera demasiado tarde para reservar mesa en el Halo.
Media hora más tarde llegó Mai, que parecía una Barbie asiática. Cuando Lisa la vio, su rabia se transformó en depresión.
– Qué traje tan bonito -dijo Trix para hacerle la pelota a Mai.
– Gracias.
– ¿Es de Dunnes?
– Sí.
Mai adoptó una actitud distante, cosa que no había hecho el día que abrieron el champán. Por lo visto, la reciente devoción de Jack había cambiado las cosas. Estaba simpática y educada, pero era sin duda la novia de su jefe.
La señora Morley hizo un movimiento con la cabeza y Mai entró meneando sus inexistentes caderas en el despacho de Jack. La puerta se cerró con firmeza detrás de ella, y todos los empleados de la oficina interrumpieron su trabajo, aguzando el oído con la esperanza, con el ansia, con el vehemente deseo de oírlos pelear. Pero pasados unos segundos aparecieron Jack y Mai cogiditos de la mano. Observados por una ávida multitud, se dirigieron hacia la salida y desaparecieron. Aunque ya era evidente que no iba a pasar nada, la oficina permanecía en silencio.
– Me gustó más lo del otro día -comentó Trix con tristeza, expresando lo que pensaban todos.
Lisa, que estaba a punto de salir para ir a comer con Marcus Valentina, intentó tragarse los celos, la pena y el desconcierto. Estaba segura de que el interés que Jack demostraba por ella no era producto de su imaginación. Así que ¿de qué iba? No lo entendía. Tan pronto estaba discutiendo a grito pelado con Mai como se comportaba como si estuviera en el séptimo cielo. ¿Por qué? ¿Por qué? Aquellas preguntas sin respuesta no dejaron de darle vueltas en la cabeza hasta que llegó a Mao.
Diez minutos más tarde llegó Marcus. Alto, atlético, pero… ¡puaj! ¿Cómo podía Ashling…? Lisa esbozó una sonrisa de bienvenida, pero le resultó inusitadamente difícil desenterrar su habitual exceso de encanto.
– Hemos venido a comer, ¿no? -dijo Marcus casi con agresividad al sentarse enfrente de Lisa-. Lo que quiero decir es que me gustaría que disfrutáramos de la comida sin que me insistas todo el rato en que escriba la columna.
– Vale.
Lisa hizo un esfuerzo y sonrió, pero de pronto tenía la moral por los suelos. A veces su trabajo resultaba terriblemente humillante. Tenías que adoptar una actitud asquerosamente avasalladora, y tu piel tenía que ser más dura que la de un rinoceronte.
Se dio cuenta de que no le importaba que Marcus no hiciera la columna. ¿Qué más daba? No era más que una columna para una estúpida revista femenina. Aparte de unos someros comentarios sobre cuánto le gustaba la comida picante, Lisa dejó que la conversación quedara en un lúgubre suspenso.
Paradójicamente, cuanto más apagada estaba ella, más se animaba Marcus, y cuando iban por el segundo plato, Lisa se dia cuenta de lo que estaba pasando. Entonces empezó a sacarle el máximo partido a su reticencia.
– Dime, ¿qué tipo de artículo tenías pensado que escribiera? -preguntó Marcus.
Ella negó con la cabeza y agitó el tenedor.
– Disfruta de la comida.
– De acuerdo. -Pero poco después volvió a abordar el tema-: ¿Qué extensión te gustaría que tuviera?
– Unas mil palabras. Pero olvídalo, de verdad.
– Y ¿te has enterado de si podría distribuirse a otras publicaciones?
– Una de nuestras revistas australianas ha dicho que le encantaría publicarlo. Y también Bloke, nuestra revista masculina de Gran Bretaña. -Entonces entró a matar-: Pero Marcus, si no quieres escribir una columna, no pasa nada. -Sonrió con pesar-. Ya encontraremos a otro. No será tan bueno como tú, pero…
– Dime lo fantástico que soy -dijo él, sonriente-. Si me lo dices, la haré.
Sin inmutarse, Lisa dijo:
– Eres el tipo más gracioso que he visto en los tres últimos años. Tus números son una original mezcla de inocencia y perspicacia. Conectas estupendamente con el público y tienes un sentido del ritmo excelente. Firma aquí. -Sacó un contrato del bolso y se lo pasó.
– Un poco más -dijo él.
– Pese a que tus números tienen reminiscencias de Tony Hancock y… -¡Ostras! No se le ocurría nada más.
– ¿Woody Allen? -sugirió él-. ¿Peter Cook?
– Woody Allen, Peter Cook y Groucho Marx -prosiguió Lisa, sonriéndole con complicidad. Estaba convencida de que Marcus se sabía de memoria cada una de sus críticas-. Tu estilo es sin lugar a dudas vanguardista y modernista.
Confiaba en que Marcus lo encontrara adecuado. Porque si le pedía alguna explicación más de su gracia, lo único que Lisa podría decirle sería: «Tienes cara de bobalicón».