– Eres el tipo más gracioso que he visto en los tres últimos años. Tus números son una original mezcla de inocencia y perspicacia. Conectas estupendamente con el público y tienes un sentido del ritmo excelente. Firma aquí. -Sacó un contrato del bolso y se lo pasó.
– Un poco más -dijo él.
– Pese a que tus números tienen reminiscencias de Tony Hancock y… -¡Ostras! No se le ocurría nada más.
– ¿Woody Allen? -sugirió él-. ¿Peter Cook?
– Woody Allen, Peter Cook y Groucho Marx -prosiguió Lisa, sonriéndole con complicidad. Estaba convencida de que Marcus se sabía de memoria cada una de sus críticas-. Tu estilo es sin lugar a dudas vanguardista y modernista.
Confiaba en que Marcus lo encontrara adecuado. Porque si le pedía alguna explicación más de su gracia, lo único que Lisa podría decirle sería: «Tienes cara de bobalicón».
Cuando volvió a la oficina, Lisa se acercó a la mesa de Ashling y, con regocijo malicioso, anunció:
– ¿Sabes qué? Marcus Valentina ha accedido a escribir una columna mensual.
– ¿En serio? -balbuceó Ashling. El lunes por la noche parecía muy poco dispuesto a hacerlo. ¿Acaso no había…?
– Sí -dijo Lisa regodeándose-. Ha accedido.
Cuarenta minutos más tarde, Ashling, que hervía de rabia, se dio cuenta por fin de cuál debía haber sido su respuesta a Lisa. Debería haberle dicho fríamente: «¿Que Marcus va a escribir la columna? Debe de ser por la estupenda mamada que le hice anoche».
¿Por qué aquellas cosas nunca se le ocurrían en el momento adecuado? ¿Por qué siempre se le ocurrían al cabo de varias horas?
37
Marcus llamó por teléfono a Ashling el jueves e inició la conversación diciendo:
– ¿Haces algo el sábado por la noche?
Ella sabía que tenía que fastidiarlo, atormentarlo, tomarle el pelo, hacerse rogar, hacerle sudar.
– No -contestó.
– Estupendo. Te invito a cenar.
A cenar. Un sábado por la noche: qué combinación tan significativa. Significaba que Marcus no estaba enfadado con ella por no haberse acostado con él. También significaba, por supuesto, que más le valía a Ashling acostarse con él esta vez. Brotó en ella la emoción. Y también un poco de ansiedad, pero a esa ya le pegaría un buen mamporro en la cabeza.
Ashling admitió, con cautela, que aquello iba por buen camino. Marcus la trataba muy bien, y pese a que ella sentía la consabida angustia, en realidad no era por nada que hubiera hecho él. Desde la primera vez que vio, a Marcus en el escenario había empezado a producirse una regeneración en el paisaje interno de Ashling. Tras su ruptura con Phelim, había decidido mantenerse alejada de los hombres; le interesaba más recuperarse del disgusto que reemplazar a su novio.
Pero siempre había tenido intención de volver a entrar en el juego en cuanto estuviera en forma. Y la llamada de Marcus le había hecho brotar pequeñas flores de esperanza que le hacían pensar que quizá hubiera llegado ese momento. Por fin salía del estado de hibernación.
Lo más curioso era que hibernando se estaba de maravilla. Una vez despierta, de pronto la asaltaron las preocupaciones respecto a su edad, el tictac de su reloj biológico y la clásica angustia de las treintañeras que seguían solteras. Era el síndrome «¡Mierda! ¡Tengo treinta y uno y aún no me he casado!».
Cuando Joy le preguntó qué iba a hacer el sábado por la noche, Ashling decidió poner a prueba su nueva vida.
– Mi novio me ha invitado a cenar -dijo.
– ¿Tu novio? Ah, te refieres a Marcus Valentina, ¿no? ¿Te ha invitado a cenar?-. Joy estaba celosa-. Conmigo los hombres lo único que quieren hacer es emborracharse. Nunca me llevan a comer. -Hizo una pausa, y Ashling intuyó que su amiga estaba a punto de decir alguna barbaridad-. Lo único que mi novio me mete en la boca -prosiguió Joy con melancolía- es la polla. ¿Te das cuenta de que si Marcus te invita a cenar un sábado por la noche significa que quiere acción? Acción -repitió enfatizando la palabra-. Nada de trucos como el del otro día; ya no podrás utilizar la excusa de que al día siguiente tienes que madrugar para ir al trabajo.
– Ya lo sé. Y ya me ha empezado a crecer el pelo de las piernas.
Ashling sabía exactamente qué iba a ponerse el sábado por la noche. Lo tenía todo pensado, hasta la ropa interior. Todo controlado. Y de pronto le cogió manía al pintalabios. Hacía años que utilizaba el mismo color, y cada vez que se le acababa la barra se compraba otra igual, solo porque le sentaba bien. ¡Qué tontería!
Las mujeres que trabajaban en revistas daban a los pintalabios el mismo trato que a los hombres: cuando uno se terminaba, se compraban otro diferente. Ashling necesitaba un pintalabios nuevo que la redefiniera. Era imprescindible que encontrara el adecuado, y hasta entonces no se sentiría bien.
Pasó toda la mañana del sábado buscándolo con empeño obsesivo, pero ninguno la convenció. Todos eran o demasiado rosas, o demasiado naranjas, o demasiado mates, o demasiado brillantes, o demasiado oscuros, o demasiado claros. Fantaseando con ser otra persona, se probó uno rojo oscuro de vampiresa y se miró en el espejo. No. Era como si llevara catorce horas de juerga y el vino tinto se hubiera solidificado en sus labios. Compuso una sonrisa y vio que parecía el conde Drácula. La dependienta se le acercó y dijo: «Te queda fenomenal».
Ashling consiguió huir y prosiguió la búsqueda. El dorso de su mano, lleno de franjas rojas, parecía una herida abierta. Y entonces, cuando empezaba a perder la esperanza, lo encontró. El pintalabios perfecto. Fue un auténtico flechazo, y Ashling supo que ahora todo iba a salir bien.
Marcus tenía que recoger a Ashling a las ocho y media, así que a las siete en punto ella se sirvió una copa de vino e inició los preparativos. Hacía mucho tiempo que no iba a cenar con un hombre. Cuando salía con Phelim, solían ir a buscar comida preparada y se quedaban en casa; solo iban al restaurante cuando se hartaban de pizzas y curries para llevar. Y cuando salían a cenar fuera, era estrictamente un ejercicio práctico de alimentación en el que no entraba la seducción; para llevarse a la cama empleaban otros métodos. Cuando Phelim tenía ganas, decía: «Me estoy poniendo cachondo. ¿Te interesa el tema?». Y cuando era Ashling la instigadora, decía: «¡Viólame!».
¿Cómo sería Marcus en la cama? Un chisporroteo sacudió sus terminaciones nerviosas, y Ashling buscó su paquete de tabaco. Joy no podía haber elegido mejor momento para presentarse en casa de Ashling.
Como buena amiga, felicitó a Ashling por el atuendo que había elegido, le bajó un poco la cinturilla de los vaqueros y admiró sus sandalias. Luego le preguntó:
– ¿Te has acordado de ponerte suavizante en el vello púbico?
Ashling hizo una mueca y Joy se sintió dolida.
– ¡Es importante! Bueno, ¿te lo has puesto o no?
Ashling asintió.
– Así me gusta. ¿Cuánto tiempo hace que no echas un polvo? ¿Desde que Phelim se fue a Australia?
– Desde que vino para la boda de su hermano.
– ¿Estás segura de que quieres acostarte con mister Valentina?
– Si no estuviera segura, ¿crees que me habría rociado suavizante en el vello púbico? -Los nervios la habían puesto irritable.
– ¡Excelente! Eso significa que te gusta.
Ashling reflexionó.
– Creo que podría acabar gustándome. Nos llevamos bien. Él es guapo, pero no demasiado. Las chicas como yo no se acuestan con modelos, actores ni esos hombres de los que la gente dice «Dios mío, qué guapo es». ¿Me explico?
– Me dejas alucinada. ¿Qué más?
– Nos gustan las mismas películas.
– ¿Qué clase de películas? -preguntó Joy.
– Las películas en inglés.
Phelim tenía la desagradable tendencia a considerarse un gran intelectual, y a menudo proponía a Ashling que fueran a ver películas extranjeras y subtituladas. En realidad nunca iban, pero Phelim ponía muy nerviosa a Ashling leyéndole en voz alta las críticas e insistiendo en que debían ir a verlas.