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Después de ducharse se secó y se puso a hablarle a Dylan, que estaba sentado en el borde de la cama, bostezando.

– No le des Frosties a Craig, lleva toda la semana pidiéndolos, pero luego ni los prueba. Han abierto una guardería nueva al final de la calle, y nos han invitado a ir a verla hoy. No sé si a Molly le irá bien cambiar de guardería, pero la bruja esa le ha cogido tanta manía que quizá sería conveniente…

– Antes hablábamos de otras cosas, aparte de los niños -comentó Dylan.

– ¿De qué cosas? -preguntó Clodagh, poniéndose a la defensiva.

– No lo sé. De cosas. Música, cine, gente conocida…

– ¿Qué esperabas? -repuso ella-. Yo solo me relaciono con niños, no puedo evitarlo. Pero ya que hablamos de intereses personales, me gustaría hacer algunas reformas.

– ¿Reformas? ¿Dónde? -preguntó Dylan con alarma.

– Aquí, en nuestro dormitorio. -Se untó un poco de crema hidratante para el cuerpo y la extendió rápidamente.

– Solo hace un año que cambiamos el dormitorio.

– Qué va. Al menos hace dieciocho meses.

– Pero si…

Clodagh empezó a ponerse la ropa interior.

– Te has dejado un poco de crema aquí. -Dylan estiró el brazo para quitarle un pegote que tenía en la parte trasera del muslo.

– ¡Quita! -le espetó ella apartándole el brazo.

No soportaba el roce de su mano.

– ¿Quieres tranquilizarte? -exclamó Dylan-. ¿Qué demonios te pasa?

Clodagh se sorprendió de su propia reacción. No debería haber hecho aquello. La expresión de Dylan todavía la asustó más: rabia mezclada con dolor.

– Perdona. Es que estoy muy cansada -atinó a decir-. Lo siento. ¿Puedes empezar a vestir a Molly?

Vestir a Molly cuando ella no quería que la vistieran era como intentar meter un pulpo en una bolsa de red.

– ¡No! -gritó la niña, retorciéndose y escurriéndose.

– Échame una mano, Clodagh -gritó Dylan mientras intentaba agarrarle un brazo a la niña y metérselo en la manga de la camiseta.

– ¡Mamiii! ¡Nooo!

Mientras Clodagh sujetaba a Molly, Dylan le hablaba suavemente, con mucha paciencia. Pretendía tranquilizarla diciéndole lo guapa que iba a estar con sus pantalones cortos y su camiseta y lo bonitos que eran aquellos colores.

Cuando logró calzarle los dos zapatos sin que Molly dejara de pegar patadas, Dylan miró a su esposa con expresión triunfante.

– Misión cumplida -dijo-. Gracias.

Cuando Dylan dijo que solo hablaban de los niños, a Clodagh le había entrado pánico. Pero para ser sincera tenía que reconocer que en parte era verdad. Trabajaban juntos, como una pareja de puericultores; eran casi colegas. Y ¿qué mal había en eso?, se preguntó, buscando una justificación. Tenían dos hijos; ¿qué se suponía que tenían que hacer?

En la nueva guardería había mucha gente. La primera persona a la que vio Clodagh fue Deirdre Bullock, cinturón negro de maternidad. Su hija, Solas Bullock, era la niña con más talento del mundo.

– ¡No te lo vas a creer! -exclamó Deirdre-. Solas ya hace frases completas. -Hizo una truculenta pausa y preguntó-: ¿Molly también? -Solas era tres meses más pequeña que Molly.

– No -contestó Clodagh, y añadió-: Molly prefiere comunicarse con nosotros por escrito.

Seguramente la expulsarían del circuito del café de las mañanas, pero valió la pena solo por verle la cara de horror a Deirdre.

El lunes Clodagh tuvo una idea estupenda para mejorar su estado de ánimo: quedar con Ashling para salir por la noche. Irían de juerga como en los viejos tiempos; quizá hasta a una discoteca, y así ella podría estrenar alguna de aquellas fabulosas prendas que se había comprado. Quizá los pantalones orientales y la túnica; pero ¿qué zapatos podía ponerse con aquel conjunto? No tenía ni idea. Se imaginaba que lo adecuado eran unos zapatos con plataforma, pero ¿sería capaz de ponérselos sin sentirse completamente estúpida? Era difícil saberlo, porque hacía mucho tiempo que no se ponía ropa moderna.

Llamó a Ashling al trabajo, muy emocionada.

– Ashling Kennedy -contestó Ashling.

– Hola, soy Clodagh. Oye… -Acababa de acordarse de una cosa-. Tu amigo Ted vino a casa el viernes a recoger su chaqueta.

– Sí, ya me lo ha dicho.

– Es muy simpático, ¿no? Siempre me había parecido idiota, pero cuando lo conoces un poco ya no lo parece, ¿no?

– Humm.

– Me contó que es cómico de micrófono. Me enseñó sus pósteres.

– Ya.

– Me encantaría verlo actuar. Prometió que me avisaría cuando hiciera otra actuación, pero ¿me tendrás informada?

– Sí, claro.

– Oye, ¿por qué no salimos a tomar algo esta noche? Hasta podríamos ir a bailar. Dylan puede quedarse con los niños.

– No puedo -se disculpó Ashling-. He quedado con Marcus. Mi novio -aclaró.

– ¿Tu qué?

– Mi novio -repitió Ashling con orgullo-. Solo hemos salido un par de veces, pero ayer nos pasamos todo el día en la cama, y hemos quedado esta noche.

Hubo una pausa como si el tiempo se hubiera detenido, y a Clodagh la asaltó una oleada de nostalgia. Recordó perfectamente la euforia de las primeras fases del amor, y ese recuerdo le produjo una nostalgia inexplicable.

– ¿No puedes cancelar la cita? -tanteó.

– No. Le dije que le ayudaría a preparar su número. Él también es cómico de…

– ¿Otro cómico?

– Sí, y quiere ensayar conmigo unos números nuevos.

– ¿Y mañana por la noche?

– Tengo clase de salsa.

– ¿Y el miércoles?

– He de ir a la inauguración de un restaurante.

– Qué suerte tienes.

Clodagh sabía ver la diferencia entre ir a la inauguración de una guardería e ir a la inauguración de un restaurante.

– ¿Cómo está Dylan?

Clodagh chascó la lengua con desdén.

– Trabaja día y noche. El jueves duerme fuera otra vez. Tiene que ir a una de esas malditas conferencias. ¿Vendrás a casa? Podríamos comer algo y beber un poco de vino.

– De acuerdo. Como en los viejos tiempos.

– Sí, hija, sí. Por lo visto estoy condenada a quedarme en casa. Pero ¿te acordarás de avisarme la próxima vez que actúe Ted?

39

Pasó una semana. Y otra, y otra. El ritmo de trabajo seguía frenético. Aunque todo el mundo trabajaba en el número de septiembre, Lisa ya había empezado a preparar los números de octubre, noviembre e incluso diciembre.

– Pero si aún estamos en junio -protestó Trix.

– De hecho, estamos a 3 de julio, y el período de gestación de una revista es de seis meses -replicó Lisa con altivez.

Surgían obstáculos por todas partes. Pese a que habían hecho cientos de llamadas a diversos agentes, Lisa no había conseguido contratar a nadie para la sección «Cartas al famoso». Aquello era terriblemente frustrante, y Lisa pensaba que todo sería diferente si ella siguiera trabajando para Femme. Entonces un hotel de Galway se enteró de que pretendían incluirlos en el artículo sobre los dormitorios sexis y amenazaron con demandarlos.

La moral del personal subió brevemente cuando Carina, una de las colaboradoras, consiguió una entrevista en profundidad con Conal Devlin, un atractivo actor irlandés con pómulos prominentes y barba de tres días. Pero la moral cayó en picado cuando Conal Devlin apareció en el número de julio de Irish Tatler, relatando en una entrevista los abusos sexuales de que había sido víctima en la infancia (lo cual se suponía que le guardaba a Carina en exclusiva).

– ¡Nos han robado la exclusiva! -Lisa estaba furiosa-. ¡Qué cabrón! ¡Cómo se atreve a tratar a mi revista como plato de segunda mesa! -Ahora tendrían que anular el artículo, y además tendrían que reorganizar la página sobre cine, pues en ella hacían una elogiosa crítica de la nueva película del actor-. Ponedla por los suelos -ordenó Lisa-. Decid que es una mierda. Ashling, encárgate tú.