Выбрать главу

– ¿Y qué hay de su hermano? ¿Harley?

Miranda hizo de tripas corazón.

– No creo que Weston tuviese algo que ver. -Por Dios, ¿durante cuánto tiempo tendría que mentir? ¿Podría proteger a Tessa? ¿Y dónde demonios se había metido? ¿No había dicho Claire algo sobre que Sean y Tessa estaban juntos? La conversación telefónica se oía a trozos, pero eso era lo que le había parecido entender-. Pero quiero que traigan a Weston Taggert para interrogarle. Ya.

– Hecho -dijo Petrillo, y colgó.

Miranda intentó contactar con Claire a través del móvil… Otra vez… El buzón de voz. El maldito teléfono no estaba disponible. ¿Dónde estaba? ¿Dónde se la habría llevado Weston? Si es que estaba realmente con Weston. Samantha no había visto al hombre con el que Claire se había ido. ¿Se habría marchado por voluntad propia? No, sin lugar a dudas, no habría dejado a su hija sin decirle adónde iba. Lo que parecía más probable era que hubiese salido repentinamente, con el fin de que Samantha no se viese involucrada.

Absurdamente, Miranda pensó en Denver Styles. Marcó rápidamente el único número que tenía de él, un móvil cuyo tono emitió un pitido. Maldito Oregón, con aquellos riscos altos, montañas, simas profundas y pésima cobertura. Le gustara o no, tendría que esperar. Se dirigió hacia el estudio y vio a Samantha acurrucada en el sofá. Tenía cerrados los ojos cargados de maquillaje. Parecía como si estuviera durmiendo. Miranda entró en la habitación y la muchacha se despertó. Esforzándose por no llorar, le dijo:

– Tú sabes dónde está mamá, ¿verdad?

– Aún no.

– ¿Crees que le ha pasado algo malo? -Una lágrima le brotó del lagrimal.

A Miranda se le desgarró el corazón. Aunque Samantha intentara hacerse la dura, la verdad es que estaba aterrada. Miranda se sentó en el sofá y le pasó el brazo por el hombro a su sobrina. Samantha estaba temblando.

– No te preocupes, cariño -le dijo con la esperanza de tranquilizarla-. Encontraremos a tu madre y a tu hermano.

– Todo es por su culpa -replicó Samantha, con voz ahogada mientras intentaba evitar sollozar-. No debió haberse ido.

– Shh. No sabía que sucedería esto -susurró, y añadió en voz baja-: Ninguno lo sabíamos.

– ¿Dónde me llevas? ¿Dónde está Sean? -le preguntó Claire a Weston.

Él ponía cuidado en no sobrepasar el límite de velocidad. Circulaban por la carretera estrecha que serpenteaba a gran altura encima del mar. En la camioneta había un estante para rifles, pero el rifle no estaba allí, sino cerca de la mano izquierda de Weston, un lugar imposible de alcanzar. Cuando Claire vio el arma, sintió un escalofrío. ¿Hasta qué punto estaba desesperado aquel hombre? ¿Dónde estaba Sean? La idea de que su hijo pudiese estar muerto le hizo estremecer. No, no podía pensar en eso.

Sean tenía que estar vivo. Tenía que estarlo. Y ella tenía que salvarle como pudiera.

Aquella noche no podía verse el océano a través de la niebla. El único modo de saber dónde terminaba el asfalto era mirando la raya blanca que había pintada sobre la calzada, pero ésta se difuminaba en contacto con el arcén. Con los ojos clavados en la carretera, Weston continuó conduciendo en dirección sur. Aunque Claire no podía ver que faltaban trozos de quitamiedos por aquella carretera, era consciente de que, si cayesen desde aquel acantilado, se precipitarían en el furioso mar, a decenas de metros de profundidad.

– ¿Dónde demonios vamos, Weston?

– Ya lo verás cuando lleguemos.

– ¿Mi hijo está bien? No le habrás hecho daño, ¿eh, cabrón?

– Cállate.

Pero Claire intentaba distraer a Weston mientras metía la mano en el bolso. Sus dedos se movieron sigilosamente, buscando el teléfono móvil. No se atrevió a sacarlo, tuvo que hurgar en la oscuridad. Gracias a Dios Weston tenía la radio encendida, escuchaba las noticias, la predicción del tiempo. Los dedos de Claire encontraron el teléfono. Lo abrió. Tosió y se aclaró la voz, mientras el teléfono hacía un clic. Podía ver la pantalla digital dentro del bolso. Con un movimiento rápido, manejó el teléfono, intentando bajar el volumen. El corazón le latía un millón de veces por minuto y apenas podía respirar. Rogó poder llamar al 911, sin que Weston se diera cuenta de lo que estaba haciendo.

Un coche se aproximó. Podían ver las luces de los faros en el espejo retrovisor. Weston miró por el espejo y redujo la velocidad, esperando a que el coche les adelantara. No fue así.

– Maldita sea -refunfuñó.

Vio un espacio en la calzada, un mirador desde el cual se podían contemplar las vistas del mar en un día claro. El coche que iba tras ellos les adelantó. Weston comprobó la hora. Seguidamente, retomó la marcha. Claire pudo ver cómo la pantalla de su teléfono, dentro del bolso, se iluminaba. Nerviosa, marcó los números, y a continuación, tapó el altavoz con la mano. Miró hacia adelante, y cuando creyó que habían descolgado al otro lado de la línea, dijo:

– ¿Dónde vamos? ¿Al sur?

– Te he dicho que no hagas preguntas -contestó Weston.

Claire le pareció oír una voz femenina: «Policía».

– ¿Dónde vamos? ¿Dónde está Sean? Se supone que tendría que estar en la fiesta de mi padre, recuerdas. Dutch va a anunciar su candidatura a las elecciones para gobernador esta noche, y yo no estaré presente. Si alguna de mis hermanas, de mis hijos, no asistimos, va a sospechar que algo sucede.

– Todo habrá acabado antes de que se entere.

– Eso no es verdad. Miranda trabaja para el departamento del fiscal en Portland. Te pillarán como a un perro, que es lo que eres. Weston Taggert, si nos haces daño a mí o a mi hijo o a alguien más, te encontrarán.

– ¿Igual que descubrieron lo de Harley? -replicó y rió después-. No sabes lo que ocurrió, ¿verdad? Durante todo este tiempo has creído estar protegiendo a tu hermana, Tessa, porque ella golpeó a Harley en la cabeza con una roca.

El corazón de Claire se detuvo.

¿Qué estaba diciendo?

– Eso podría haber servido. Sin embargo, no podía estar seguro. No podía correr ese riesgo. Detesté tener que hacerlo, pero Harley era débil, y ya estaba harto de tener que cargar con él.

– ¿Así que tú le mataste? Pero espera, ¿cómo? -dijo Claire, rezando en silencio para que la policía no hubiese colgado y estuviese grabando la confesión de Weston.

– Yo estaba allí aquella noche. Vi lo sucedido y me tiré al agua. Al principio pensé en salvar al muy hijo de puta, pero luego se me ocurrió dejar que muriera.

– ¿Qué hiciste? -preguntó, más asustada que nunca en su vida.

Weston le lanzó una mirada que hizo que Claire sintiera escalofríos. Aquel hombre era pura maldad.

– Simplemente ayudé a que la naturaleza siguiera su curso. Le agarré de los tobillos hasta que dejó de esforzarse por salir.

– Pero tú… ¿cómo podías respirar? Es decir…

– Tengo una capacidad pulmonar increíble. Harley ya había caído al agua, se sumergía cada vez más. Sólo tuve que esperar.

– Oh, Dios.

Su sonrisa era una línea blanca.

– ¿Y sabes cuál era mi fantasía por aquel entonces?

Claire no contestó, no quería saberlo. Lo único en lo que podía pensar era en salvar a Sean y a Tessa.

– Conseguir a todas las hermanas Holland. Pensaba que sería la máxima venganza…

Dejó de hablar de repente, cuando vio un desvío en la carretera. Se trataba de un camino viejo de leñadores que bordeaba los pocos árboles que quedaban en dirección norte.

– ¿Dónde está Sean? -continuó insistiendo-. Y Tessa.

Weston le lanzó una mirada.

– A salvo.