Выбрать главу

– Moran sólo la está utilizando.

– Puede ser.

– Hablaré con ella.

– No servirá de nada. No dejaba que nadie le dijera que dejara de ver a Harley Taggert, ¿recuerdas? Y luego Paul, por Dios. Le dije que me había estado tirando los tejos y no me creyó. Puedes hablarle hasta que se te quede la cara morada, Randa, pero créeme, no servirá de nada.

Por una vez, Tessa tenía razón. Claire nunca había escuchado a nadie en lo referente a asuntos del corazón. Aquello era peor de lo que Miranda creía. Sintió como si estuviera pisando las arenas movedizas del pasado y no tuviera escapatoria. Tarde o temprano ella, sus hermanas, su padre y su maldita carrera se irían al garete. Que Dios les ayudase.

Tenía que olvidarse de ella. Eso es lo que tenía que hacer. Pero Weston no era de los que dejaban escapar a una mujer dispuesta. Y Tessa Holland estaba más que dispuesta a retomar su relación desde donde la habían dejado hacía tanto tiempo, o al menos eso era lo que sugerían sus llamadas susurrantes.

Mierda. ¿Qué iba a hacer? Pisó el acelerador del Mercedes y el descapotable salió disparado por la carretera. Las ruedas chirriaban, el motor rugía, el viento azotaba. Una amplia masa de mar gris azulado se extendía hacia el oeste. Gigantes y espumosas olas avanzaban en dirección a tierra. Al este, se erguían las colinas boscosas, tan altas que casi rozaban el cielo. Pero Tessa permanecía en su cabeza. Weston no podía borrar su imagen.

La había visto en la ciudad, entrando en la tienda de licores. Su trasero redondito se movía debajo de una falda roja, corta y ajustada. Sus apetitosos pechos presionaban contra una camisa blanca anudada justo debajo del sujetador. Para ella, el tiempo apenas había pasado, aunque llevaba el pelo un poco más corto y escalado de lo que Weston recordaba, y tenía los pómulos más definidos debido al paso de los años. Sus ojos aún eran grandes y azules, y Weston supuso que su lengua aún podría poseer aquella magia especial.

Dios, ¿en qué estaba pensando? Si se volvía a liar con Tessa, o con alguna de las hermanas Holland, Kendall le mataría. Además, todas las Holland le tenían declarada la guerra, por lo tanto, Weston sería, probablemente, el último candidato con el que ellas mantendrían una aventura. Sin embargo, no podía dejar de pensar en las posibilidades. No había podido quitarse nunca a Miranda de la cabeza. Algo parecido había sucedido con Tessa, pero esta última era accesible, o eso es lo que le había hecho pensar la noche anterior, con su última llamada al móvil.

– ¿A que no adivinas lo que estoy haciendo? -le había susurrado Tessa-. Me estoy tocando. ¿Quieres saber dónde? -hablaba con voz baja y ahogada.

Weston no podía contestar, ya que se encontraba con su mujer e hija viendo la televisión en el salón.

– No creo.

– Me he lamido un dedo hasta mojarlo y luego me he tocado los pezones. Ahora también están húmedos. Duros. Y ahora voy a bajar un poco más y…

– Luego hablamos. Nunca hablo de trabajo en casa -le había contestado Weston, lo bastante alto para que su mujer le oyera. Sin embargo, había tenido que dar la espalda a Kendall, para esconder los indicios de su erección, la cual presionaba contra el pantalón que le había comprado hacía sólo una semana.

– Aquí estaré. En Stone Illahee. Esperando.

Weston colgó y casi se corrió en los pantalones. ¿A qué estaba jugando Tessa? La última vez que la había visto ella había intentado sacarle los ojos y ahora… ahora actuaba como si no pudiese esperar a acostarse con él. Había roto hacía mucho tiempo con ella, se recordó. Las manos, aferradas al volante, le empezaron a sudar. En la actualidad era un ciudadano respetable, tenía una reputación que debía proteger, pero no podía evitar recordar cómo se sentía cuando practicaba sexo con Tessa. En su interior se producía un subidón de energía cruda y salvaje, consciente de estar desacreditando a una Holland, mientras ésta le rogaba que siguiera.

Era algo muy excitante, una emoción que nunca había experimentado, y que tampoco había vuelto a experimentar. Ni las obscenas aventuras de su juventud ni las amantes que había tenido le habían producido la misma cantidad de adrenalina salvaje que había conseguido producirle Tessa.

Y ella estaba dispuesta de nuevo. Dios, estaba cachondo.

Pisó el freno al entrar en una curva. El coche patinó un poco. A continuación las ruedas se agarraron de nuevo al asfalto. Weston intentó quitarse a Tessa de la cabeza. No era momento para que una mujer le distrajera. Tenía cosas más importantes en las que pensar. Alcanzó la cima de la montaña y echó un vistazo a Stone Illahee. El estómago se le contrajo. Observó cómo las excavadoras trabajaban con ahínco en la siguiente fase de desarrollo del complejo. Las máquinas removían el terreno con sus enormes palas, levantando tierra, escombros, maleza y pequeños árboles. Excavaban sin cesar. Continuamente encontraban obstáculos que mejor deberían seguir enterrados.

El teléfono móvil le sonó. Weston contestó, contento de que algo le hubiese distraído, obligándose de este modo a dejar de pensar en Tessa y en las obras de Stone Illahee.

– Sabes, creo que nuestra familia está en un segundo plano -dijo Tessa, mientras arrancaba una uva de un racimo que había en un cuenco de fruta situado sobre la repisa de la cocina de la casa donde se había criado.

Claire sirvió un vaso de té helado a cada una de las hermanas. Sam estaba fuera, refrescándose en la piscina, y Sean había salido al lago a navegar. Era una tarde tranquila. Claire había terminado de rellenar algunas solicitudes para trabajar en la escuela local del distrito, con la esperanza de sustituir a algún profesor en otoño.

– ¿En un segundo plano?

– Sí. Papá y su juego de poder. Gobernador, por el amor de Dios. ¿Te lo imaginas? -Lanzó la uva al aire y la atrapóhábilmente con la boca-. La idea de que Dutch Holland posea tanto poder da miedo.

– Todavía no ha salido elegido. Ni siquiera por su propio partido.

– Buen apunte. -Tessa se sentó en un taburete, cerca de la repisa. Comenzó a dar vueltas-. ¿Sabes? He estaba llamando a Weston.

Claire se estremeció.

– ¿Qué? ¿Por qué?

– Bueno, ya sabes, sólo para tomarle el pelo. Decirle guarrerías, ese tipo de cosas.

– ¿Estás loca? No es el tipo de hombre al que puedas tomar el pelo y luego hacer como si tal cosa.

– ¿Por qué no? Creo que debería sufrir un poco.

– ¿Sufrir un poco? ¿Para qué? No lo entiendo. -Un pánico tremendo invadió a Claire, aunque ni ella misma sabía por qué. Weston no podía hacerles daño, ¿o sí?

– Confiad en mí, no hace falta que lo entendáis. Pero creo que Weston necesita que le den una lección. Ya ha hecho todo lo que le ha venido en gana durante demasiado tiempo.

– ¿Y tú vas a darle una lección? -rió Claire.

Sin embargo, sintió una sensación desagradable. Se trataba de la misma sensación que le recorría el cuerpo justo antes de que estallara una tormenta eléctrica, antes de que los relámpagos comenzaran a desgarrar el cielo.

– A Weston no se le pueden dar lecciones. Lo único que voy a hacer es incordiarle.

Claire sacudió la cabeza.

– Déjale en paz. No merece que te molestes.

Tessa entrecerró los ojos y miró por encima de Claire, en dirección a algo a lo lejos que sólo ella podía ver. De pronto, su rostro se llenó de dolor, y lágrimas sinceras y heladas bañaron sus ojos.

– Sí, bueno, ¿y qué hizo él para merecer esa pequeña familia perfecta, eh? No es exactamente un modelo de virtud.

– Normalmente la vida no es justa.

– Lo sé, lo sé, pero me fastidia que vivan… esa farsa… Ya sabes, ese icono de sueño americano: hombre fiel, que ama a su mujer, Kendall Forsythe, con esa niña mimada. Incluso tienen uno de esos caniches enanos con pedigrí. -Sorbió y se aclaró la voz-. Hacen que me ponga enferma.