Выбрать главу

Dios, el viejo era un cabrón. En la actualidad el carácter de Neal se había suavizado debido a la vejez y a la debilidad, las cuales le habían arqueado la espalda y le habían dejado sin poder hacer uso de las piernas. Al menos no podría tener más hijos. Y por el momento, no habían aparecido más hijos bastardos. Había habido uno… Hunter Riley… pero ahora estaba muerto. Como Songbird. Weston no estaba seguro sobre el indio. Corrían rumores que decían que Neal y Ruby Songbird habían estado juntos. Nunca se había probado, pero aquel Songbird era un gilipollas, siempre llegaba tarde, se burlaba de Weston, rayaba coches… y Neal nunca había querido despedir a aquel hijo de puta. Así pues, Weston comenzó a atar cabos. Aunque Jack no hubiese sido hijo de Neal, era como un grano en el culo, siempre metiéndose con cómo trataba Weston a Crystal, y luego lo del coche… Por una u otra razón, aquel desgraciado hijo de puta merecía morir.

Las luces de la ciudad iban desapareciendo poco a poco, a la vez que la niebla comenzaba a cubrir el mar.

Weston agitó su bebida. A continuación pegó un trago. De fondo, un coche de policía con las luces encendidas cruzaba la ciudad a toda prisa y a continuación desaparecía tras una esquina. La niebla se hacía más espesa. Weston comprobó el reloj. Era la hora…

Otra tragedia estaba a punto de acontecer.

Weston ya lo había puesto todo en marcha. Se acercó al ordenador y envió un par de e-mails. Uno de ellos a su contable, el otro a un capataz de la maderera, a sabiendas que ambos e-mails quedarían registrados indicando la fecha y la hora. Poco después, realizó dos llamadas rápidas desde el teléfono de su oficina, por si acaso la policía comprobase el uso del aparato. Su coche permanecía aparcado en su plaza habitual, al cuidado de un vigilante nocturno. Weston no pensaba moverlo, tenía otro vehículo a su disposición, una furgoneta de encargos a domicilio que años atrás había conducido el padre de Kendall. Se trataba de un vehículo corriente, de color azul oscuro, de la marca Ford, como había docenas en la ciudad, casi idéntico al que conducía el padre de Jack Songbird, el marido de Ruby… Sí, era perfecto. Sobre todo porque llevaba dos matrículas falsas con número distinto. Weston había robado ambas placas. La de delante pertenecía a un Dodge que había aparcado junto a un bar del pueblo; la trasera la había cogido discretamente la noche anterior de la furgoneta de Songbird, mientras se encontraba aparcada frente a su domicilio. Todo estaba preparado para aquella noche en la que Dutch Holland pensaba anunciar su candidatura a gobernador. Solamente quedaban unos cuantos cabos sueltos por atar.

Colocándose un par de guantes negros y ajustados, Weston cerró con llave la puerta de su oficina y bajó por la escalera trasera.

En silencio, abrió la puerta, adentrándose en la noche sobre la cual caía una densa niebla.

Sean dio una patada a una piedra y frunció el ceño mientras avanzaba por la calle. La piedra rebotó en un bache y golpeó el guardabarros de un Toyota nuevo y reluciente. Genial. Justo lo que necesitaba. Más problemas. Como si no tuviera suficientes. Colocó el monopatín en el suelo y comenzó a rodar rápidamente por las calles de la pequeña y silenciosa ciudad. Dios, cómo odiaba aquel lugar. No podía entender por qué su madre no se mudaba de nuevo a Colorado.

«Claro que lo entiendes. Es por ese gilipollas. Por tu padre real.»

No podía librarse de aquel pensamiento. Escupió a la vez que avanzaba sobre el monopatín doblando una esquina, mientras sentía el viento húmedo sobre el rostro. Por suerte, empezaba a haber niebla, así que podría pasearse por aparcamientos, jardines y callejones sin que nadie le viera. De nuevo aquella imagen de su madre con aquel tipo, Kane Moran.

– No es más que un imbécil -murmuró subiéndose el cuello de la chaqueta de camuflaje y evitando no pensar en su madre. Joder, no era mucho mayor que él cuando se había acostado con aquel cerdo. No le gustaba aquel tipo. Y no iba a cambiar de opinión sólo porque a Moran le gustaran las motos. El tío era un holgazán, todo el día por ahí y… y… Sean nunca jamás, jamás, llamaría papá a aquel imbécil. Oh, joder, no.

Sean vio un coche policía con las luces encendidas cruzando la ciudad en dirección norte. Rápidamente cambió el rumbo hacia el sur, lejos de la chillona sirena. No necesitaba problemas esa noche. Su madre probablemente había llamado a la policía, ya que llevaba mucho tiempo fuera de casa. Sean sintió remordimientos de conciencia. No quería preocupar a nadie, solamente necesitaba espacio, tiempo para pensar cómo llevar todo aquello. Sabía que de ninguna manera su madre querría mudarse de nuevo a Colorado, lo que le fastidiaba tremendamente. Quizá pudiese llegar a un trato con Jeff y sus padres, quizá dejasen que se quedase con ellos.

Como si Claire fuese a permitirlo.

Oyó un coche tras él y balanceó el peso de su cuerpo para girar en dirección al aparcamiento de la escuela primaria. Sean esperaba que el coche pasara de largo. Pensó en volver de nuevo a casa. Sin embargo, las luces del coche, borrosas en la niebla, giraron hacia el aparcamiento.

¡Mierda!

Sean se dirigió hacia la salida.

El coche le siguió. Los dos rayos idénticos le alcanzaron con su luz difusa, justo cuando Sean esquivaba un bache. Genial. Sencillamente genial.

Se dispuso a salir de allí cuanto antes. Cogió velocidad, a la vez que se atrevió a echar una mirada de reojo. No se trataba de un jeep, ni de un coche policía. De hecho… el coche se parecía mucho al Mustang de su tía Tessa. Se sintió mejor. Tessa le gustaba. La hermana mayor de su madre, Miranda, abogada fiscal, por el amor de Dios, le parecía un fulana de la metrópolis. Era demasiado seria y trabajaba para la puñetera policía. En cambio, la hermana menor, de pelo color rubio platino, pirsin en el ombligo, tatuaje y guitarra, era enrollada. Sean comenzó a aminorar el paso cuando Tessa bajó la ventanilla.

– ¿Sean?

Pillada.

Tessa le había visto. No importaba lo que pasara, se lo diría a su madre. A no ser que Sean hablara con ella. Sean se detuvo y se volvió. El rostro de Tessa, iluminado bajo una farola, estaba pálido y ojeroso. Leía el miedo en sus ojos.

– Creo que deberías subir al coche.

– No… Yo…

Entonces se percató de la presencia de un tipo, sentado en el asiento del copiloto. Aquel hombre tenía el rostro sombreado, oculto bajo la oscuridad y la niebla. Aun así, las vibraciones que Sean percibió no fueron buenas, además de la mala cara que tenía su tía.

– Tu madre está preocupada.

Peor para ella.

– Lo superará.

– Sean, por favor.

Dios, su voz sonaba desesperada, tensa.

– No. -Se dio la vuelta, dispuesto a marchar, cuando vio al hombre moverse, salir del coche. La adrenalina fluyó por sus venas. El temor hizo que se lanzase sobre el monopatín, pero el hombre dio la vuelta al coche en un instante.

– Será mejor que entres en el coche -le dijo a Sean con una voz que le aterrorizó.

Sean saltó sobre su monopatín, pero el hombre le cogió bruscamente del brazo.

– Vamos, Sean -le dijo mientras se abría la chaqueta para que Sean pudiese ver el arma que llevaba enfundada-. Ya.

Kane golpeó suavemente la mesa con el lápiz mientras ojeaba sus notas. Allí se hallaban los informes de la autopsia de Hunter Riley y Jack Songbird, dos personas que habían muerto en circunstancias desconocidas, igual que Harley Taggert, hacía dieciséis años. Tres hombres que, según parecía, tenían poco en común, aparte de vivir en Chinook y trabajar para Neal Taggert. Harley, amante de Claire, era un muchacho rico y consentido que no encajaba en su trabajo; Jack, un nativo americano rebelde de actitud inconformista; y Hunter, un chico que se había desencaminado pero que luego había intentado enmendarse. Este último también había estado enamorado de Miranda y la había dejado embarazada.

Dos de los hombres habían estado relacionados con las Holland. Dos de los hombres pertenecían a la clase baja de la ciudad. Los tres habían muerto antes de tiempo.