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Abandonó la búsqueda por esa noche y volvió a la cama, frustrada y deprimida. Allí tendida, insomne, deambuló por la casa con la imaginación tratando de adivinar cómo se las había ingeniado él para ocultar el rastro. Nadie podía vivir tanto tiempo sin acumular una jugosa suma de dinero en algún sitio. Estaba obsesionada con eso desde el primer día de trabajo, segura ya entonces de que se saldría con la suya. Lo había interrogado acerca de sus pólizas de seguros, con el pretexto de que ella no sabía si contratar una para toda la vida o para un plazo determinado. Casi frotándose las manos, Gus le contestó que había dejado expirar sus pólizas. Pese a saber por su experiencia con el señor Ebersole lo difícil que era llegar a constar como beneficiaría, se había llevado una profunda decepción. Con la señora Pret, las cosas le fueron mejor, aunque no estaba del todo segura de si la lección aprendida en ese caso era aplicable a éste. Sin duda Gus tenía testamento, lo que podía representar otra posibilidad. No había encontrado copia, pero sí había descubierto la llave de una caja de seguridad, lo que inducía a pensar que guardaba sus objetos de valor en un banco.

Tanta preocupación era agotadora. A las cuatro de la madrugada se levantó, se vistió y se hizo la cama con esmero. Salió por la puerta delantera y fue hasta su coche, a media manzana de la casa. Estaba oscuro y hacía frío, y no podía sacudirse el malestar que él le había provocado. Se encaminó hacia Colgate. En la autopista, ancha y vacía como un río, recorrió largos trechos sin cruzarse con nadie. Aparcó bajo el sotechado de su complejo de apartamentos y echó una ojeada a la hilera de ventanas para ver si había alguien despierto. Le encantaba la sensación de poder que experimentaba al saber que ella estaba en pie mientras tantos otros permanecían ajenos al mundo.

Entró en su casa y fue a comprobar si Tiny estaba allí. Rara vez salía, pero cuando se iba, podía pasarse días sin verlo. Abrió la puerta de la habitación de su hijo con el mismo sigilo que empleaba para registrar los armarios de Gus. La oscuridad era total y los olores corporales saturaban el ambiente. Tenía corridas las tupidas cortinas, porque le molestaba la luz de la mañana, que lo despertaba horas antes de hallarse en condiciones de levantarse. Por la noche se quedaba hasta tarde viendo la televisión, y, según él, no podía hacer frente a la vida antes del mediodía. La tenue claridad de la luz del día procedente del pasillo reveló su abultado contorno en la cama, con un carnoso brazo sobre el edredón. Solana cerró la puerta.

Se sirvió un dedo de vodka en una copa de postre y se sentó a la mesa del comedor, abarrotada de correo comercial y facturas sin abrir, entre las cuales apareció su carnet de conducir, cosa que le causó una gran alegría. Encima de la pila más cercana vio un sobre con su nombre escrito a mano. Reconoció la letra casi ilegible de su casero. En realidad era sólo el administrador, cargo del que gozaba porque no pagaba alquiler. La nota que encontró dentro era breve e iba al grano, se le informaba de un aumento de doscientos dólares mensuales, aplicable de inmediato. Dos meses antes había llegado a sus oídos que el edificio cambiaba de propietario. Ahora el nuevo dueño subía sistemáticamente los alquileres, lo que de inmediato aumentaba el valor de la propiedad. Al mismo tiempo, el dueño llevaba a cabo ciertas mejoras, por llamarlas de algún modo. Se atribuía el mérito de haber arreglado los buzones cuando en realidad era una normativa impuesta por Correos. El cartero no entregaba nada en una dirección si no encontraba el buzón claramente identificado. Habían arrancado los arbustos secos frente al edificio y los habían dejado en la acera; y, durante semanas, los basureros se habían resistido a retirarlos. También había instalado lavadoras y secadoras que funcionaban con monedas en el lavadero comunitario, abandonado desde hacía años y utilizado para guardar las bicicletas, muchas de las cuales robaban. Solana sabía que la mayoría de los inquilinos prescindiría de las lavadoras.

Detrás del edificio, al otro lado del callejón, había otro complejo, también adquirido por el mismo dueño: veinticuatro unidades en cuatro bloques, cada uno con su propio lavadero, donde disponían de lavadora y secadora sin coste alguno y nunca cerraban con llave. En el edificio de Solana había sólo veinte apartamentos, y muchos de los inquilinos aprovechaban esas otras instalaciones gratuitas. Una máquina expendedora proporcionaba cajitas de detergente, pero era fácil manipular el mecanismo y sacar lo que uno necesitaba. Se preguntaba qué se proponía el nuevo dueño, probablemente apropiarse de inmuebles aquí y allá. La gente codiciosa era así: exprimía hasta el último centavo a las personas como ella, que luchaban por sobrevivir.

Solana no tenía la menor intención de pagar otros doscientos dólares al mes por un apartamento amueblado casi inhabitable. Durante un tiempo Tiny tuvo un gato, un macho blanco, grande y viejo, al que puso su mismo nombre. Como Tiny era demasiado perezoso para dejar entrar y salir al gato, al animal le dio por orinar en la moqueta y usar las rejillas de la calefacción para las deposiciones de mayor importancia. Ella ya se había acostumbrado al olor, pero sabía que si dejaba el piso, el administrador armaría un escándalo. No les habían exigido fianza para animales domésticos porque cuando se mudaron allí no tenían ninguno. Ahora Solana no veía por qué tenía que cargar ella con la responsabilidad si el animal ya se había muerto de viejo. Y no iba a molestarse siquiera en pensar en el botiquín que Tiny había arrancado de la pared del cuarto de baño, ni en la quemadura en el laminado de la encimera donde había dejado una sartén caliente unos meses antes. Decidió dejar de pagar el alquiler mientras contemplaba las diferentes opciones.

Volvió a casa de Gus a las tres de la tarde y lo encontró despierto y enfurruñado. El viejo sabía que Solana se quedaba a dormir en su casa tres o cuatro noches por semana y esperaba que estuviera a su disposición en todo momento. Dijo que llevaba horas aporreando la pared. Sólo de pensarlo, Solana se puso hecha una furia.

– Señor Vronsky, anoche le dije que me iría a las once como siempre. Precisamente entré en su habitación para comunicarle que me iba a casa y a usted le pareció bien.

– Alguien estuvo aquí.

– No fui yo. Si duda de mí, entre en mi habitación y mire la cama. Verá que no dormí en ella.

Solana se mantuvo en sus trece, defendiendo su versión de los hechos. Se dio cuenta de lo desconcertado que estaba él, convencido de una cosa cuando ella sostenía lo contrario.

Tras un rápido parpadeo, el rostro de Gus adquirió la ceñuda expresión de tozudez que Solana tan bien conocía. Ella apoyó una mano en el brazo de Gus.

– No es culpa suya. Tiene las emociones a flor de piel. A su edad es normal. Es posible que esté sufriendo una serie de pequeños derrames cerebrales. El efecto sería poco más o menos el mismo.

– Usted estuvo aquí. Entró en mi habitación. La vi buscar algo en mi armario.

Ella negó con la cabeza esbozando una triste sonrisa.

– Lo ha soñado. Eso mismo le pasó la semana pasada. ¿No se acuerda?

Él le escrutó el rostro. Ella mantuvo una expresión amable y un tono compasivo.

– Ya le dije entonces que eran imaginaciones suyas, pero se negó a creerme. Y ahora vuelta otra vez.