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¿Qué querría? Me había hecho un par de encargos la semana anterior, así que tal vez tenía alguno más. Estaba dispuesta a hacer prácticamente cualquier cosa con tal de salir de mi barrio. Marqué el número que me dejó y, cuando descolgó, me identifiqué.

– Gracias por devolverme la llamada. Verás, siento molestarte un sábado por la tarde, pero necesito que me hagas un favor.

– Claro.

– Salgo mañana para San Francisco. El vuelo es a las seis de la madrugada, y he pensado que era mejor llamarte ahora que desde el aeropuerto.

– Buena idea. ¿Y cuál es el favor?

– He recibido un mensaje del inquilino que vive encima de la casa de los Guffey. Cree que se estaban preparando para levantar el campamento.

– ¿La demanda por retención ilegal surtió efecto, pues?

– Eso parece.

– Estupendo.

– Desde luego. El problema es que estaré fuera hasta el viernes y no podré ir a hacer la inspección final y recoger las llaves.

– Si de todos modos vas a cambiar las cerraduras, ¿por qué te preocupan tanto las llaves?

– Sí, eso es verdad, pero les pedí un depósito de veinte dólares por la llave, más otro de cien por la limpieza. Si no va alguien a comprobarlo, jurarán que dejaron la casa impecable y las llaves a la vista. Luego vendrán a exigir los dos depósitos íntegros. Lógicamente, no tienes que hacerlo ahora mismo. Basta con que pases en cualquier momento antes del mediodía del lunes.

– Puedo ir mañana si quieres.

– No hace falta que te tomes tanta molestia. Los llamaré para decirles que irás el lunes. ¿A alguna hora en particular?

– ¿Qué tal a las once y cuarto? Así puedo ir antes de comer.

– Bien. Se lo diré. Por si necesitas ponerte en contacto conmigo, estaré alojado en el Hyatt de Union Square.

Me dio el número de teléfono del hotel y lo anoté.

– Oye, Richard, es un placer ayudarte, pero yo no me dedico a la gestión inmobiliaria. Deberías contratar a un profesional para cosas como ésta.

– Podría hacerlo, mujer, pero tú me sales mucho más barata. Una agencia se quedaría con el diez por ciento.

Habría podido contestar a eso, pero me colgó.

Cuando salí de casa el lunes por la mañana, no pude evitar escrutar la calle y la casa de Gus, con la esperanza de eludir un posible encuentro con Solana. No me sentía capaz de sostener una conversación civilizada con ella. Puse el motor en marcha y me aparté de la acera apresuradamente, sin poder resistir el impulso de estirar el cuello por si alcanzaba a ver algún indicio de ella. Me pareció advertir un movimiento en la ventana, pero debió de ser un nuevo acceso de paranoia.

Llegué a la oficina y entré. Recogí el correo del sábado, que habían metido por la ranura de la puerta y estaba desparramado sobre la alfombra de la recepción. El contestador parpadeaba alegremente. Aparté el correo comercial y lo tiré a la papelera mientras pulsaba el botón para reproducir el mensaje. Era de Geneva Burt, del bufete de Lowell Effinger. Parecía agobiada, pero así debían de ser los lunes para ella. Marqué el número del bufete mientras abría los sobres de las facturas, sujetando el teléfono entre la oreja y el hombro para dejar libres las manos. Cuando Geneva descolgó, me identifiqué y dije:

– ¿Qué hay?

– Ah, hola Kinsey. Gracias por devolverme la llamada. Me está costando horrores ponerme en contacto con el señor Downs.

– Tenía que llamarte él a ti. Justo por eso le di tu número. Como no tiene teléfono recibe los mensajes por mediación de su casera. Me pareció más fácil pedirle a él que telefoneara por lo difícil que es localizarlo.

– Lo sé, y he transmitido tu comentario sobre su nerviosismo. El señor Effinger, impaciente por tomarle declaración, me ha pedido que lo llame y quedemos en algo concreto. Esta mañana lo he intentado tres veces, y nadie contesta. Lamento tener que hacerte esto, pero él me presiona a mí, y a mí no me queda más remedio que presionarte a ti.

– Ya veremos qué puedo hacer. No creo que Downs trabaje los lunes; quizá lo encuentre en casa. ¿Tenéis ya previstos día y hora? Si es así, me aseguraré de que él lo anota en su agenda.

– Todavía no. Nos acomodaremos a sus horarios en cuanto sepamos cuándo le va bien.

– De acuerdo. Te llamaré en cuanto haya hablado con él. Por poco que se resista, lo meteré en mi coche y lo llevaré hasta allí yo misma.

– Gracias.

Entré en el coche, cambié de sentido y recorrí ocho manzanas por Santa Teresa Street; finalmente, tras girar dos veces a la izquierda, llegué a Dave Levine. Apareció a la vista el hostal residencia y, por una vez, encontré una plaza de aparcamiento aceptable delante. Dejé el coche junto a la acera y subí de dos en dos los peldaños del porche. Abrí la puerta de un empujón y recorrí el pasillo hasta el despacho de la señora Von en la parte de atrás. En el mostrador había una campanilla antigua. Llamé.

Del comedor salió una joven con un plumero en una mano. Tenía veintitantos años y llevaba el pelo recogido detrás con peinetas de plástico azul. Vestía camiseta y vaqueros, y le colgaba un paño de la presilla del cinturón, como si fuera pinche de cocina.

– ¿En qué puedo ayudarla?

– Busco a la señora Von.

– Ha ido a hacer unos recados.

A sus espaldas, empezó a sonar el teléfono del escritorio. Y sonó. Y sonó. Ella lo miró, prescindiendo de la solución obvia, que era responder.

– ¿Puedo ayudarla en algo? -repitió.

El teléfono dejó de sonar.

– Es posible -contesté-. ¿Sabe si está el señor Downs?

– No está.

– Ese hombre nunca está. ¿Tiene idea de cuándo volverá?

– Se ha marchado. Tengo que limpiar su habitación, pero todavía no me ha dado tiempo. La señora Von va a poner un anuncio en el diario para alquilar la habitación. Es uno de los recados que ha ido a hacer.

– No puede ser. Hablé con él el sábado y no me dijo nada. ¿Cuándo dio aviso?

– No lo dio. Sencillamente hizo las maletas y se largó. No sé qué le dijo usted, pero debió de asustarlo -comentó ella, y soltó una risotada.

Me quedé de una pieza. ¿Y ahora qué demonios iba a decirle a Lowell Effinger? La declaración de Melvin Downs era vital para el caso, y de pronto el testigo se había pirado.

– ¿Puedo echar un vistazo a su habitación?

– A la señora Von no le gustará.

– Sólo diez minutos. Por favor. Sólo pido eso. Ella no tiene por qué enterarse.

Se lo pensó y pareció hacer un gesto de indiferencia.

– La puerta no está cerrada con llave, así que puede entrar si quiere. Tampoco hay nada que ver. He echado una ojeada a primera hora por si había dejado la habitación muy patas arriba. Está limpia como una patena, por lo que yo he visto.