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Me erguí en la silla, planté los pies en el suelo y abrí el cajón inferior derecho del escritorio, donde tenía guardado su expediente. Era poco lo que contenía: el contrato con Melanie, la solicitud de empleo original y el informe escrito de lo que yo había averiguado sobre ella. Más tarde se sabría que todas las referencias eran falsas, pero por entonces yo lo ignoraba. Había guardado el curriculum de Lana Sherman al final de la carpeta y lo examiné. Sus comentarios sobre Solana Rojas habían sido hostiles, pero sus críticas no hacían más que confirmar la idea de que Solana era trabajadora y responsable. No contenía la menor alusión a malos tratos a ancianos por diversión o provecho.

Dejé la solicitud de Solana en la mesa ante mí. Era evidente que tendría que volver atrás y verificar línea por línea, empezando por la dirección que había dado en Colgate. La primera vez que vi el nombre de la calle no sabía dónde estaba, pero de pronto caí en la cuenta de que ahora sí la conocía. Franklin discurría paralela a Winslow, una manzana más allá del edificio de veinticuatro apartamentos propiedad de Richard Compton. Era la finca de Winslow Street donde los Guffey se lo habían pasado en grande arrancando los armarios y destrozando los sanitarios, generando así su propia versión del Diluvio Universal, a excepción hecha del arca de Noé. El barrio era un nido de gentuza, por lo que tenía sentido que Solana se encontrase allí a gusto. Fui por la chaqueta y el bolso y me encaminé hacia mi coche.

Aparqué frente al bloque de apartamentos de Franklin, una insípida construcción beige de tres plantas, desprovista de todo embellecimiento arquitectónico: sin dinteles voladizos, ni alféizares, ni postigos, ni porches, ni jardín, a menos que uno atribuya valor estético a un pedazo de tierra inmune a la sequía. Había una pila de arbustos muertos cerca del bordillo, y ahí acababa la vegetación. El número del apartamento en la solicitud de Solana era el 9. Cerré el coche y crucé la calle.

Una somera inspección de los buzones me indicó que era un edificio de veinte apartamentos. A juzgar por los números de las puertas, el 9 estaba en el primer piso. Subí por la escalera, donde cada peldaño se componía de una contrahuella de hierro y una huella de losas rectangulares de hormigón vertido con dibujo de guijarros. En lo alto me detuve un momento a pensar. Que yo supiera, Solana vivía permanentemente en casa de Gus, pero si la dirección de Franklin era aún su residencia oficial, tal vez fuera y viniera. Si me tropezaba con ella, sabría que estaba bajo vigilancia, lo cual no me convenía.

Regresé a la planta baja, donde había visto un letrero de plástico blanco en la puerta del apartamento 1, en el que se indicaba que el administrador vivía allí. Llamé y esperé. Al final, abrió un hombre. Era un cincuentón bajo y rechoncho, de facciones carnosas que con la edad se habían acumulado sobre el cuello de la camisa. Tenía las comisuras de los labios apuntadas hacia abajo y la mandíbula perdida en medio de la papada hasta el punto de parecer tan informe y chata como la de una rana.

– Hola, perdone que lo moleste, pero busco a Solana Rojas y no sé si aún vive aquí.

Al fondo, oí preguntar a alguien:

– Norman, ¿quién es?

– Un momento, Princess, estoy hablando -contestó él por encima del hombro.

– Eso ya lo sé -vociferó ella-. Yo he preguntado quién es.

– No hay nadie con el nombre de Rojas en este edificio -dijo el hombre, dirigiéndose a mí-. A menos que alguien subarriende, cosa que está prohibida.

– Norman, ¿es que no me has oído?

– Ven a verlo tú misma. No puedo andar gritando de esta manera. Es de mala educación.

Al cabo de un momento apareció su esposa, también baja y redonda, pero con veinte años menos y una mata de pelo teñida de amarillo.

– Busca a una tal Solana Rojas.

– No tenemos a ninguna Rojas.

– Eso mismo le he dicho yo. Pensaba que a lo mejor tú sabías quién era.

Volví a mirar la solicitud.

– Aquí dice que es el apartamento nueve.

Princess hizo una mueca.

– Ah, ésa. La mujer del nueve se marchó hace tres semanas, ella y el zoquete de su hijo, pero no se llama Rojas. Se llama Tasinato. Es turca o griega, o algo por el estilo.

– ¿Cristina Tasinato?

– Costanza. Y prefiero no hablar mucho del tema. Nos dejó daños por valor de cientos de dólares que jamás recuperaremos.

– ¿Cuánto tiempo vivió aquí?

Los dos se miraron, y él contestó:

– ¿Nueve años? Tal vez diez. Su hijo y ella ya estaban en el edificio cuando yo empecé a trabajar de administrador aquí, y eso fue hace dos años. No tuve ocasión de inspeccionar su casa hasta que se marchó. El hijo había abierto un boquete en la pared de una patada y debía de crear corriente de aire, porque ella rellenó el agujero con periódicos viejos. Las fechas de los periódicos se remontaban a 1978. Una familia de ardillas se había instalado allí y aún no hemos conseguido sacarlas.

– El edificio se vendió hace dos meses y el nuevo propietario subió el alquiler, por eso se fue -explicó Princess-. Los inquilinos están marchándose de aquí como ratas.

– ¿No dejó una dirección para enviarle el correo?

Norman negó con la cabeza.

– Ojalá pudiera ayudarla, pero desapareció de la noche a la mañana. Cuando entramos, la casa apestaba tanto que tuvimos que traer a una empresa de limpieza que suele ocuparse de lugares donde se ha cometido un crimen.

– Como si un cadáver hubiese estado pudriéndose en el suelo durante una semana y las tablas del suelo rezumaran esa porquería burbujeante, ¿sabe? -intervino Princess.

– Me hago una idea -contesté-. ¿Pueden describirme a esa mujer?

Norman no supo qué contestar.

– No sé, era normal. De mediana edad, morena…

– ¿Gafas?

– No creo. Tal vez las llevaba para leer.

– ¿Estatura? ¿Peso?

– Era tirando a delgada -respondió Princess-, un poco ancha de cintura, pero no tan gordita como yo. -Se echó a reír-. El hijo es inconfundible.

– La madre lo llamaba Tiny, y a veces Tonto -agregó Norman-. Con cara de niño, pero una mole.

– Lo que se dice una auténtica mole -remachó ella-. Y no estaba bien de la cabeza. Como es muy sordo, más que hablar, gruñía. Su madre hacía como si lo entendiera, pero los demás no nos enterábamos de nada. Es una bestia. De noche merodeaba por el barrio. Más de una vez me dio un susto de muerte.