Estuvieron cinco días en el Gran Cañón, y después Tatiana alquiló un coche y decidió bajar hasta Tucson. Era ella la que iba al volante; Vikki, como buena chica de ciudad, no sabía conducir.
– ¡Vaya pueblucho polvoriento! -exclamó Vikki cuando atravesaban Phoenix.
Una tarde de mucho calor, extendieron una manta sobre el capó y se sentaron a ver la puesta de sol. Estaban en el desierto de Sonora, la tierra cubierta de saguaros que se extiende a lo largo de cientos de kilómetros en el sudeste de Arizona; Sonora es la cuna de 298 variedades de cactus y el territorio desértico más extenso de Norteamérica, mucho más grande que Arizona y Nuevo México. Al fondo veían las montañas de Maricopa. El intenso azul del cielo contrastaba con los tonos rojizos y amarillentos de la tierra. Aparte de la errática aparición de alguna liebre que se abalanza sobre un lagarto, todo era quietud.
Vikki y Tatiana estaban sentadas en el capó, con la espalda reclinada contra el parabrisas. Al este se alzaban los montes de la Superstición, y al oeste, los montes de Maricopa. Anthony jugaba en el suelo, preocupado por sólo dos cosas a sus dos añitos: ensuciarse todo lo posible y encontrar una serpiente, no necesariamente en este orden.
– Levántate, Anthony -lo riñó Vikki mientras se enjugaba el sudor de la frente-. ¿No sabes que las serpientes son capaces de tragarse a un niño enterito?
– No le digas eso, Vikki. Lo vas a asustar -dijo Tatiana
– Enterito, Anthony -repitió Vikki.
– Pero yo grande y serpiente pequeña.
Anthony hablaba mucho para tener sólo dos años.
– No eres grande. Eres un niño.
– Vikki…
– ¿Qué?
Tatiana no dijo nada, se limitó a mirar muy seria a su amiga.
– ¿Por qué haces eso? Dices mi nombre y te callas, como si tuviera que adivinar qué quieres. ¿Vikki qué?
– Ya lo sabes.
– No, y no pienso callarme. ¿De verdad te preocupa?
– En realidad no -dijo Tatiana-. Anthony, si encuentras serpiente, avisa. Llevaremos serpiente a Nueva York y la cocinaremos.
– Así variaríamos de tanto beicon. Prepárala para tu cumpleaños -dijo Vikki, reclinándose para tomar un sorbo de agua-. Te regalaré un libro de pediatría, otro de cocina y otro sobre el uso de los artículos determinados e indeterminados… te hace buena falta.
– ¿Sobre qué?
– Bromeaba, no hagas caso. Ahora en serio: ¿has comido cacahuetes Planters alguna vez?
– ¿Qué?
– Cacahuetes Planters.
– No, no me gustan cacahuetes.
– ¿Recuerdas qué frase había en el anuncio de Times Square que vimos el otro día?
– No sé. Creo que era: «Cacahuetes Planters: Una bolsita al día te da toda la energía».
– ¡Eso! Muy bien. Pues si lo dijéramos a tu manera, sería: "Bolsita día te da toda energía». ¿Ves la diferencia?
– No -respondió Tatiana con expresión seria.
– ¡Ay, Señor!
Tatiana desvió la mirada y sonrió. Sacó una botella de Coca-Cola de la mochila y se la pasó a Vikki.
– Beba Coca-Cola: Una pausa refrescante.
– ¡Muy bien! -dijo Vikki, con una sonrisa resplandeciente.
Anthony no encontró serpientes pero la búsqueda lo dejó exahusto. Sucio de tierra, subió al coche y se acomodó en el regazo de su madre, apoyando la cabecita contra su pecho. Tatiana le dio un poco de agua.
– Es precioso, ¿no? -dijo.
– Tu hijo sí. El desierto es desolado, eso es lo que es -opinó Vikki, encogiéndose de hombros-. Está bien para cambiar un poco de aires, pero no podría vivir en un sitio donde no hay más que cactus.
– En primavera se llena de flores y tiene que ser aún más bonito.
– Ajá. Nueva York está precioso en primavera.
– A mí me encanta el desierto… -dijo Tatiana tras una pausa.
– No está mal. ¿Has visto la estepa alguna vez?
– Sí -dijo Tatiana-. La estepa es fría y gris, muy distinta de esto. Ahora mismo estamos a más de treinta y cinco grados, pero en Navidad estarán a veinte. El sol estará alto y habrá mucha luz. En Navidad sólo necesitaré una camisa de manga larga.
– ¿Qué llevan en invierno en Arizona? -pregunta Dasha a Alexander.
– Una camisa de manga larga.
– Anda, no me cuentes cuentos. Ya no soy una niña como Tania.
– Tania, tú me crees, ¿verdad?
– Sí, Alexander.
– ¿Te gustaría vivir en Arizona, la tierra de los escasos manantiales?
– Sí, Alexander.
– ¿Y qué? -insistió Vikki-. Ahora mismo hace un calor horrible. Nos vamos a freír si no pones en marcha el coche.
Tatiana se estremeció, tratando de alejar los recuerdos.
– Sólo decía que no es como la estepa. El desierto me gusta más.
– Pero Tania, ¡no hay nada! -exclamó Vikki, encogiéndose de hombros.
– Ya lo sé. Es fantástico, ¿no? No se ve a nadie.
– ¿Y eso te parece fantástico?
– Sí, un poco…
– No me imagino a nadie animándose a comprar un terreno por aquí.
Tatiana carraspeó.
– Quizá tu amiga… -dijo.
– ¿Qué amiga?
– Yo.
– ¿Quieres vivir aquí? -Vikki hizo una pausa y se volvió hacia Tatiana-. ¿Quieres comprar un terreno? -preguntó, incrédula.
– ¿Qué dirías si te digo que me he comprado un terreno con saguaros y artemisias junto al desierto de Sonora? -anunció serenamente Tatiana.
– Me parecería increíble.
Tatiana no dijo nada.
– ¿Ya lo has comprado?
Tatiana asintió.
– ¿Justo el sitio donde estamos ahora?
Tatiana volvió a asentir.
– ¿Cuándo?
– El año pasado, cuando vine con Anthony.
– ¡Sabía que tenía que haberte acompañado! ¿Por qué? ¿Y con qué lo compraste?
– Me gustó. -Tatiana contempló el terreno que se extendía hacia las montañas-. Es lo primero que poseo en toda mi vida. Lo compré con el dinero que traje de la Unión Soviética.
Con el dinero de Alexander.
– Pero por Dios, ¿por qué este terreno precisamente? -Vikki la miró-. Supongo que era barato…
– Lo era.
Había costado solamente cuatro vidas: la de Harold, la de Jane, la de Alexander. Y la de Tatiana. Tatiana estrechó a Anthony contra su pecho.
– Ajá… -dijo Vikki, mirándola-. ¿Tienes más sorpresas preparadas? ¿O ésta era la última?
– Ésta era la última.
Tatiana sonrió sin decir nada, pero volvió la mirada hacia los montes de Maricopa, hacia el crepúsculo, hacia los imponentes saguaros que crecían en el desierto, hacia los 4.850 dólares que habían servido para adquirir noventa y siete acres de Estados Unidos de América.
Capítulo 31
Fuera de Colditz, abril de 1945
Los estadounidenses conquistaron Colditz en abril, después de tres días de lucha, o al menos eso decían, porque Alexander había oído tiros pero en realidad apenas había visto soldados norteamericanos. Se acercó a un grupo que había en el patio a pedirles un cigarrillo, y mientras lo encendía se dirigió a uno de ellos en inglés y le explicó que se llamaba Alexander Barrington, que era compatriota suyo y que esperaba que lo ayudase en cuanto confirmara que lo que le decía era cierto.
– ¡Sí, y yo soy el rey de Inglaterra! -dijo el soldado, echándose a reír.
Alexander fue a añadir algo pero en ese momento se acercó Ouspenski a pedir tabaco.
Alexander ya no tuvo más ocasión de explicárselo, porque a la mañana siguiente una delegación soviética compuesta por un general, dos coroneles, un funcionario del Ministerio de Exteriores y un centenar de soldados entró en Colditz y exigió a los siete prisioneros rusos que se sumaran «a sus hermanos en la marcha victoriosa a través de la Alemania derrotada».