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– Ni eso ni nada. ¿Te ayudo a subir a la cama?

– No hace falta.

Tatiana sale un momento de la cabaña y regresa con la toalla empapada en las frías aguas del Kama.

– Toma, ponte esto para que la nariz no te quede tan magullada.

Alexander se tumba boca arriba y se cubre la cara con la toalla mojada.

– Así no podré dormir -dice con la voz amortiguada por la tela.

– ¿Y quién quiere dormir? -oye decir a Tatiana, que se arrodilla entre sus piernas. Alexander emite un gemido ahogado-. ¿Qué puedo hacer para compensarte? -oye decir a Tatiana.

– No se me ocurre nada…

– ¿No…?

Tatiana ronronea mientras sus dedos finos acarician a Alexander y su boca le envía su cálido aliento. Él está dentro de su boca, con la toalla empapada y fría cubriéndole la cara.

El tren se detuvo en una pequeña estación medio en ruinas y los prisioneros tuvieron que bajar y colocarse en varias filas. Alexander llevaba puestas unas botas que no podían ser suyas porque le iban muy pequeñas. Aguardaron adormilados en medio de la noche, bajo la trémula luz de una única farola. Un soldado abrió un sobre, sacó un papel y leyó con voz pomposa los delitos de los que se acusaba a los setenta hombres formados frente a él.

– Oh, no… -murmuró Ouspenski.

Alexander se mantuvo erguido e impasible, deseando poder tumbarse otra vez en la litera del vagón. Ya nada podía sorprenderlo.

– No se preocupe, Nikolai -dijo.

– ¡Cállense! -gritó el soldado que había leído el documento-. Son culpables de traicionar a nuestra nación construyendo barracones, limpiando armas y cocinando para el enemigo durante su estancia en los campos de prisioneros de guerra. La ley castiga duramente la traición. En virtud del artículo 58, apartado I-B, quedan sentenciados a pasar un período no inferior a quince años en diferentes campos de castigo de la Zona II, terminando la condena en el de Kolima. Para empezar, se encargarán de alimentar la máquina de este tren: encontrarán carbón y palas junto a las vías. La siguiente parada será un campo de trabajo situado en territorio alemán. ¡En marcha!

– ¡Oh, no! ¡No quiero ir a Kolima! -se lamentó Ouspenski-. Tiene que haber un error.

– ¡No he terminado! -vociferó el soldado-. ¡Belov y Ouspenski, acérquense!

Alexander y Ouspenski avanzaron unos pasos arrastrando las cadenas.

– Ustedes dos, además de dejarse capturar por el enemigo, hecho que se castiga automáticamente con quince años de cárcel, han llevado a cabo actividades de sabotaje y espionaje en tiempos de guerra. Queda usted privado de empleo y categoría, capitán Belov, y usted también, teniente Ouspenski. Queda usted condenado a veinticinco años, capitán Belov. Y usted también, teniente Ouspenski.

Alexander permaneció impasible, como si aquellas palabras no fueran con él.

– Hable con sus superiores, tiene que haber un error -insistió Ouspenski-. ¡No pueden condenarme a veinticinco años!

– ¡Las órdenes son claras!

El soldado agitó el papel en las narices de Ouspenski.

– No me ha entendido: me consta que es un error… -insistió Ouspenski, meneando la cabeza.

Miró a Alexander, que lo observaba con fría perplejidad.

Ouspenski no volvió a decir nada más mientras se dedicaban a echar paletadas de carbón en el depósito de la máquina de vapor. Sin embargo, cuando estaban otra vez en la litera, protestó con una furia que a Alexander le pareció excesiva.

– ¿Es que nunca voy a ser libre?

– Sí, dentro de veinticinco años.

– Libre de usted, quiero decir -precisó Ouspenski, dándose la vuelta para no mirarlo-, ¿Hasta cuándo vamos a estar encadenados, compartiendo la misma litera y comiendo de la misma escudilla…?

– No sea tan pesimista… A lo mejor encuentra novia en Kolima. Creo que allá los campos son mixtos.

Estaban sentados el uno al lado del otro. Alexander se tumbo y cerró los ojos, y Ouspenski comenzó a rezongar diciendo que no le dejaba sitio. El tren dio una sacudida y Ouspenski se cayó de la litera.

– ¿Por qué se queja tanto? -dijo Alexander, tendiéndole la mano para ayudarlo a levantarse.

Ouspenski rechazó la ayuda.

– No tendría que haberle hecho caso. No debería haberme entregado a los alemanes. Si hubiera pensado solamente en mí, ahora sería libre.

– ¿Aún no se ha enterado de lo que pasa, Ouspenski? Los refugiados, los condenados a campos de trabajo, los rusos que estaban en Polonia, Rumanía o Baviera, en Italia o en Francia, en Dinamarca o Noruega… Todos vuelven a su tierra natal y todos están recibiendo el mismo trato. ¿Qué le hace pensar que usted precisamente iba a salir libre?

Ouspenski no contestó.

– También le han caído veinticinco años. ¡Veinticinco! ¿Es que no le importa?

– ¡Ya no me importa nada, Nikolai! -suspiro Alexander- Tengo veintiséis años, y a los diecisiete me enviaron a Siberia. Si hubiera cumplido aquella primera condena en Vladivostok, ahora estaría a punto de salir a la calle.

– ¡Exacto! ¡Eso le pasó a usted, joder! Desde el día en que me pusieron a su lado en el hospital de Morozovo, todo ha girado a su alrededor. ¿Tengo que pasarme veinticinco años en un puto presidio porque la maldita enfermera me colocó en la cama contigua a la suya, -protestó Ouspenski, haciendo sonar las cadenas en su agitación.

– ¡Callaos ya! -gritaron los demás prisioneros, que intentaban dormir.

– Esa maldita enfermera era mi esposa -explicó Alexander en voz baja-. Ya ve hasta qué punto su destino está unido al mío, querido Nikolai…

Ouspenski estuvo varios minutos sin hablar.

– No lo sabía -dijo al final-. Claro, la enfermera Metanova… Por eso me sonaba tanto el nombre de Pasha… -Calló un momento Y añadió-: ¿Y dónde está ahora su mujer?

– No lo sé -contestó Alexander.

– ¿No le escribe?

– Ya sabe que no me llegan cartas. Y yo no escribo tampoco. Sólo tengo una estilográfica que no funciona.

– Bueno, lo que quiero decir es que ella estaba en el hospital y de pronto dejamos de verla. ¿Volvió con su familia?

– No. Todos están muertos.

– ¿Y los familiares de usted?

– También están muertos.

– ¿Y ella dónde está? -preguntó Ouspenski con una voz muy aguda.

– ¿Qué pasa, Ouspenski? ¿Me está interrogando?

Ouspenski calló.

– ¿Qué pasa, Nikolai?

Ouspenski siguió sin hablar.

Alexander cerró los ojos.

– Me prometieron, me juraron, que todo iría bien… -susurró al final Ouspenski.

– ¿Quiénes? -dijo Alexander, sin abrir los ojos.

Ouspenski no contestó.

Alexander abrió los ojos.

– ¿Quiénes? -insistió, irguiéndose sobre la litera.

Ouspenski se apartó un poco; sólo un poco, por culpa de la cadena que los unía.

– Nadie… -murmuró, y se encogió de hombros mientras lanzaba a Alexander una mirada esquiva. Al cabo de un momento, procurando que su voz no trasluciera la emoción, añadió-: Es lo de siempre… Vinieron a verme en 1943, poco después de que nos arrestaran, y me dijeron que tenía dos opciones. La primera era morir fusilado por los delitos cometidos contra el artículo 58. Lo pensé un poco y les pregunté cuál era la segunda opción -continuó, con la voz neutra del hombre al que ya nada importa demasiado-. Y me dijeron que usted era un criminal peligroso, pero necesario para el esfuerzo bélico. Dijeron que había cometido graves delitos contra la autoridad, pero que, como nuestro régimen constitucional los obligaba a respetar sus derechos (eso dijeron), no lo ejecutarían y esperarían a que usted mismo se ahorcara.