Alexander ni siquiera ha empezado.
Ahora, eso era lo único que imaginaba Alexander. No había nada más. No había bosque ni luna ni río. No había cama ni sábanas ni césped ni hogueras. No había cosquillas ni juegos ni caricias preliminares ni caricias finales. No había principio ni fin. Sólo Tatiana debajo de él y Alexander encima de ella, estrechándola con fuerza. Los brazos de ella alrededor de su cuello, sus piernas rodeándole el cuerpo. Y ella nunca estaba en silencio.
Porque había sido contaminada por el Gulag, donde no había hombres.
No somos hombres. No vivimos como hombres, no nos comportamos como hombres. No cazamos para comer (sólo yo, cuando no me miran los carceleros), no protegemos a las mujeres que nos aman, no construimos un cobijo para nuestra prole, no usamos las herramientas que nos proporcionó Dios. Nada nos ayuda a vivir ni nuestro cerebro, ni nuestra fuerza, ni nuestro sexo.
La guerra te define. Durante la guerra sabías en todo momento quién eras: comandante, capitán, teniente o subteniente. Eras un guerrero. Ibas armado, conducías un tanque, dirigías a los soldados en el combate, obedecías órdenes. Había categorías y tareas y ritos de paso. No siempre dormías y no siempre llevabas la ropa seca y muchas veces pasabas hambre, y de vez en cuando sufrías el impacto de una bala o de un proyectil. Pero lo esperabas.
Aquí, no tenemos nada para darle a nadie. No es sólo que nos hayamos convertido en seres infrahumanos, en infrahombres, es que hemos perdido precisamente lo que nos hacía ser quienes éramos. Ya no luchamos, como hacíamos durante la guerra. Entonces éramos animales, pero al menos éramos animales machos. Nos impulsábamos, nos introducíamos entre las líneas enemigas, penetrábamos entre sus defensas, rompíamos el cerco, luchábamos como machos.
Y ahora quieren reformarnos y devolvernos a la sociedad convertidos en eunucos. Volveremos emasculados junto a nuestras infieles esposas, a ciudades en las que ya no podremos vivir, a una vida que ya no podremos soportar. No nos han dejado ninguna virilidad que pueda ser útil para alguien, para nosotros mismos, para nuestras mujeres o para nuestros hijos.
Lo único que tenemos es el pasado, un pasado que detestamos y diseccionamos y estrujamos con nuestras propias manos. Un pasado en el que éramos hombres, nos comportábamos como hombres, trabajábamos como hombres y luchábamos como hombres.
Y amábamos como hombres.
Si al menos…
Sólo tienen que pasar otros nueve mil días como este.
Hasta que…
Nos devuelvan al mundo que salvamos de Hitler.
Al cabo de poco, hasta sus senos se habían alejado, al igual que su rostro y la voz que gritaba su nombre. Todo se había ido.
Lo único que quedaba era el impacto de su virilidad sobre sus gemidos femeninos.
Y después de un tiempo, incluso eso se había alejado.
Alexander alzó las manos, se detuvo un momento, consciente de la presencia del bosque, y descargó el hacha con fuerza. Cada golpe marcaba otro corte en su vida.
¿Cómo se había rendido tan pronto? ¿Por qué no lo había meditado un poco más? ¿Cuántas veces lo acercaría el azar a Finlandia? ¿Qué habría pasado si, en lugar de rechazar el camino que se abría frente a él en su juventud, hubiera aceptado humildemente la propuesta de los dioses?
Siempre había estado envuelto en alguna otra cosa.
El hijo de Stepanov… Aquel día, Alexander no podría haber hecho nada más que lo que hizo.
Sin embargo, cuando se enfrentó con los finlandeses en Carelia, ¿no podía haber actuado de otra manera? Llevaba una automática y estaba frente a cinco milicianos del NKVD armados con fusiles de una sola carga. Sólo hubiera necesitado unos segundos para matarlos, y ahora sería libre.
Pero no. Había tenido que esperar a que Dimitri acabara con Tatiana y con él…
Alzó otra vez el hacha, incapaz de decir nada.
Podía haber huido y olvidarla, dejar que ella lo olvidara a él. Tatiana habría seguido viviendo en Leningrado tras la guerra, se habría casado y tendría dos habitaciones que ocuparía con su marido y su suegra. Habría tenido un hijo y nunca habría sabido cuál era la diferencia. Pero Alexander sí sabía cuál era la diferencia. Los dos lo sabían. Ahora están separados… y la diferencia es que Tatiana usa maquillaje y zapatos de tacón y dice a los soldados que vuelven de la guerra y la cortejan: «Tuve un marido al que debía fidelidad, pero ya ha muerto… ven a bailar conmigo… admira mi pelo y mis zapatos de tacón… bailemos para olvidar la guerra… estoy viva, viva, viva, y él está muerto… estaba triste, pero la guerra terminó y volví a respirar y ahora estoy bailando…».
Alexander alzó el hacha.
Respiro el aire que viene de la tierra congelada, respiro el aire frío que me invade los pulmones y que al exhalarlo se convierte en fuego.
Si no huí, fue porque mi arrogancia me hizo creer que en cualquier momento podría escapar. Pensaba que era inmortal, que la maldita muerte nunca me alcanzaría porque yo era más fuerte y más listo que ella, más fuerte y más listo que la Unión Soviética. Me lancé al Volga desde una altura de treinta metros, crucé medio país sin llevar nada conmigo, me salvé de Kresti y de Vladivostok y del tifus.
Pero no me salvé de Tatiana.
Tendré cincuenta y un años cuando me dejen salir.
Se sentía tan viejo, después de haber sido tan joven al lado de ella…
Alexander llevaba demasiadas horas en el bosque, solo con sus pensamientos. Lo envolvía un silencio fantasmal, pavoroso y gélido. Miró en derredor y oyó un ruido. No sabía qué era, pero le resultaba familiar. Contuvo el aliento. ¿Lo oiría otra vez?
¡Aja! A escasa distancia, sonó una leve risa. Alexander colocó un tronco sobre el soporte y alzó el hacha, pero no se movió.
Volvió a oír aquel sonido leve y trémulo, tan familiar que le dolieron los huesos. «Tatiana», susurró Alexander.
Tatiana se le acerca, pálida. Lleva un bañador a topos y le ha crecido el pelo. Se le acerca y se sienta sobre el tronco, no lo deja seguir cortando leña. Alexander enciende un cigarrillo y la observa en silencio. No sabe qué decirle.
– Alexander. -Es ella la que habla primero-. Estás vivo y has envejecido. ¿Qué te ha pasado?
– ¿Qué aspecto tengo? -pregunta él.
– El de un hombre de cincuenta años.
– Tengo cincuenta años.
Tatiana sonríe.
– Tú tienes cincuenta y yo diecisiete. -Emite una risa melodiosa-. Qué injusta es la vida. ¡La, la, la…!
– ¿Te acuerdas de Lazarevo, Tania? ¿Recuerdas el verano del 42? -¿Qué verano del 42? Fallecí en el 41 y tendré diecisiete años durante toda la eternidad. ¿Te acuerdas de Dasha? ¡Ven, Dasha! ¡Mira a quién me acabo de encontrar!
– ¿Qué dices, Tania? Mírate: no estás muerta. Espera, no llames a Dasha.
– ¡Ven, Dasba! Claro que estoy muerta. Pensabas que mi hermana y yo podríamos sobrevivir al asedio de Leningrado? Era imposible. Llegó la mañana en que ya no fui capaz de levantar el cubo de agua o de bajar a la calle a por las raciones de comida. Nos tumbamos las dos en la cama, se estaba bien, no podíamos movernos, nos tapamos con una manta, el fuego se apagó, se acabó el pan, ya no volvimos a levantarnos.
– Espera…
Tania le sonríe con sus dientes blancos, sus pecas, sus trenzas, sus pechos, con todos los detalles.