– ¿Por qué estás cortando leña, Alexander?
– ¿Y a mí qué me pasó, Tania? ¿Por qué no te ayudé?
– ¿Ayudarme cómo?
– Llevándote pan, dándote mis raciones de comida… ¿Por qué no te saqué de Leningrado?
– ¿Qué quieres decir? Después de septiembre, no volvimos a verte. ¿Adonde fuiste? Dijiste que te casarías con Dasha y desapareciste. Ella pensó que habías huido de ella.
– ¿De ella? -dice Alexander, desconcertado-. ¿No de ti?
– ¿De mí? -repite jovialmente Tania.
– ¿Qué me dices de nuestra conversación en San Isaac, qué me dices de Luga?
– ¿Por qué hablas de San Isaac o de Luga? ¿Dónde andas, Dasha? ¡Ven! ¡No vas a creer a quién me acabo de encontrar!
– ¿Por qué actúas como si no supieras de qué hablo, Tania? -insiste Alexander-. ¡Me vas a romper el corazón! Por favor, deja de fingir y dime una palabra de consuelo.
Tania deja de saltar de repente, sus trenzas dejan de bailar, se vuelve a mirar a Alexander.
– ¿Qué decías, Alex?
– ¿Cómo me has llamado?
– Alex.
– Nunca me llamaste así.
– ¿Qué quieres decir? Siempre te llamábamos Alex…
Alexander, para no volverse loco, lucha desesperadamente por despertarse e interrumpir el sueño. Pero no duerme: está despierto y tiene el hacha frente a él. Y Tatiana está dando saltitos sobre una sola pierna.
– ¿Qué me dices de Luga, Tania?
– Teníamos una dacha en Luga. Pensábamos que podríamos instalarnos allá después de la guerra, pero no lo conseguimos.
– ¿Cómo me has reconocido? -pregunta Alexander-. ¿Cómo sabes con quién estás hablando?
– ¿Qué quieres decir? -Su risa cantarina dibuja ondas en la superficie del río-. Eres el novio de mi hermana.
– ¿ Y cómo nos conocimos tú y yo?
– Nos presentó ella. Llevaba semanas hablando de ti, y un día viniste a cenar.
– ¿Cuándo?
– No lo sé, en julio.
– ¿No fue el 22 de junio cuando nos conocimos? Era el primer día de la guerra y coincidimos en la parada del autobús, ¿no te acuerdas?
– ¿El 22 de junio? No, no fue entonces.
– ¿No estabas sentada en un banco, comiéndote un helado?
– Sí…
– ¿Y no se quedó mirándote un soldado (que era yo) desde el otro lado de la calle?
– No había ningún soldado -dice Tatiana con convicción-. La calle estaba desierta. Terminé el helado y cogí el autobús para ir a la avenida Nevski. Compré caviar en Elisei. Pero no duró mucho, no nos ayudó a pasar el invierno.
– ¿Y yo dónde estaba? -exclama Alexander.
– No lo sé -contesta Tatiana con una voz aguda, sin dejar de dar saltitos-. Yo no vi a nadie.
Alexander, muy pálido, la mira a los ojos. La expresión de Tatiana no refleja cariño… sólo diversión.
– ¿Por qué no ayudé a tu hermana durante el asedio? -consigue pronunciar.
Tatiana baja la voz y responde en un susurro nervioso:
– No sé si será verdad, Alexander, pero Dimitri nos contó que habías huido tú solo a Estados Unidos. ¿Es cierto? ¿Nos abandonaste? -Tatiana se echa a reír-. ¡Qué maravilla, Estados Unidos! ¡Ven aquí, Dasha! -Se vuelve hacia Alexander-. Dasha y yo hablamos mucho de tu huida en los meses del invierno, estábamos tumbadas en la cama y decíamos: «Seguro que Alexander no pasa hambre ni frio. ¿Crees que en Estados Unidos encenderán la calefacción durante la guerra? ¿Tendrán pan blanco?».
Hace rato que Alexander se ha dejado caer de rodillas sobre la nieve.
– Tania, Tania… -suplica con voz desesperada, alzando la vista hacia sus ojos.
– ¿Cómo me has llamado?
– Tatiasha, esposa mía… Tania, madre de mi hijo… ¿no te acuerdas de Lazarevo?
– ¿De qué? -dice Tatiana, frunciendo el ceño-. Qué raro estás, Alexander. ¿De qué me hablas? No soy tu esposa, nunca me he casado con nadie. -Suelta una risita y se encoge de hombros-. ¿Tu hijo? Sabes perfectamente que nunca he tenido novio. -Sus ojos parpadean-. Eso quedaba para mi querida hermana. Ven aquí, Dasha, mira a quién acabo de encontrar. Háblame de tu novio Alexander. ¿Cómo es?
Tatiana se aleja sin mirar atrás, y su risa se desvanece.
Alexander soltó el hacha, se puso en pie y echó a andar.
Lo capturaron en el bosque, lo devolvieron al campo y lo metieron en el calabozo. Cuando llevaba dos semanas encerrado, abrió los grilletes con un alfiler que había conseguido esconder en una bota. Volvieron a ponerle grilletes en las piernas y le quitaron las botas, pero Alexander abrió los grilletes con un trocito de metal que encontró en el suelo de la celda de aislamiento. Le dieron una paliza y lo dejaron veinticuatro horas colgado de los pies, cabeza abajo. Terminó con las muñecas dislocadas por los esfuerzos que hizo para mantenerse erguido.
Lo llevaron otra vez a la celda y lo dejaron tirado sobre la paja, con los brazos encadenados por encima de la cabeza. Tres veces al día entraba un guardián y le embutía un poco de pan por el gaznate.
Un día, Alexander apartó la cara y no quiso el pan, aunque aceptó el agua.
Al día siguiente, volvió a rechazar el pan.
Dejaron de darle pan.
Una noche abrió los ojos y sintió frío y sed. Estaba muy sucio y le dolía todo el cuerpo. No podía moverse. Intentó cubrirse con paja, pero no le sirvió de nada. Volvió la cara a un lado y clavó la mirada en la oscura pared. Se volvió hacia el otro lado y pestañeó.
Harold Barrington estaba en cuclillas, con la espalda apoyada en la pared. Vestía unos pantalones anchos y una camiseta blanca y se había peinado. Parecía joven, más joven que Alexander. Llevaba mucho rato sin decir nada. Alexander lo miró sin pestañear: temía que su padre desapareciera si lo hacía.