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– Estaré a su lado hasta el último de sus días, señor, para mi gran pesar.

Alexander logró convencer a Kenov de que le permitiera cruzar el Vístula cincuenta kilómetros más al sur. No le costó tanto como había pensado. Konev conocía perfectamente la situación de Dolny y sabía que las principales divisiones del Frente de Ucrania no habían llegado aún al Vístula, por lo que no le pareció mal probar un nuevo emplazamiento.

Cuando se preparaban para partir hacia el bosque, Ouspenski se pasó todo el tiempo quejándose mientras desmontaba la tienda de Alexander y reunía el material. Se quejó en el momento de subir al tanque y decirle a Telikov que subiera. Se quejó cuando vio que Alexander no subía sino que echaba a andar detrás del vehículo.

Alexander avanzó a pie detrás del tanque por el estrecho camino que atravesaba los campos y bordeaba la orilla del Vístula largo de cincuenta kilómetros. Cuando se dio la vuelta vio que un grupo de milicianos del NKGB armados hasta los dientes avanzaban obstinadamente detrás de él.

Levantaron el campamento tres veces, pescaron y devoraron las zanahorias y las patatas que habían traído de Lublin junto con los recuerdos de comida caliente y de polacas aún más calientes, cantaron canciones y se rasuraron hasta que no les quedó ni un solo pelo en el cuerpo, y se comportaron más como un grupo de Boy Scouts que como un grupo de presidiarios que avanzaban hacia un destino sin esperanza. Alexander cantaba más fuerte que nadie y estaba más contento que nadie y caminaba más deprisa que ninguno de sus hombres, con el viento a su favor.

Ouspenski, por su parte, no dejó de refunfuñar en ningún momento del trayecto. Una tarde bajó del tanque y caminó un trecho al lado de Alexander.

– Le dejo andar a mi lado si no oigo ni un suspiro de queja.

– Quejarme es mi privilegio de soldado -respondió Ouspenski en tono desabrido.

– Sí, pero ¿hay que insistir tanto? -Alexander estaba pensando en el río y no muy atento a las palabras de Ouspenski-. Camine más deprisa, me da igual que sólo tenga un pulmón.

– Señor, ¿por qué no aceptó los favores de la chica de Lublin?

Alexander no contestó.

– Había tenido que pagarle de todos modos. Podía habérsela beneficiado por cortesía hacia mí, maldita sea.

– La próxima vez procuraré ser más considerado.

– Eso espero. -Ouspenski se acercó un poco más-. ¿Qué le pasa, capitán? ¿No vio qué tetas tenía? Pues el resto del cuerpo era igual de suculento.

– Aja.

– ¿No le gustó…?

– No era mi tipo.

– ¿Y cuál es su tipo, señor, si me permite la pregunta? En la taberna había todo tipo de…

– Me gustan las que nunca han estado en una taberna.

– ¡Por Dios! Estamos en guerra.

– Hay muchas cosas que me mantienen la mente ocupada, teniente.

– ¿Quiere que le cuente cómo me fue con la chica polaca? Ouspenski carraspeó.

– Cuénteme, teniente-respondió Alexander, sonriendo y mirando al frente-. Y no se deje ni un detalle. Es una orden.

Ouspenski habló durante cinco minutos. Cuando terminó, Alexander esperó un momento sin decir nada, asimilando lo que acaba de oír.

– ¿Eso es lo mejor que sabe hacer? -preguntó al final.

– Se tarda más en hacerlo que en contarlo -se justificó Ouspenski-. No soy Cicerón.

– No, y ni siquiera es bueno contando chistes. El sexo no puede ser tan aburrido, ¿o es que ya se me ha olvidado?

– ¡Ah! ¿Se le ha olvidado?

– No lo creo.

– Entonces cuénteme usted algo.

Alexander negó con la cabeza.

– Las historias que podría contarle ya no las recuerdo, y las que recuerdo no se las puedo contar -se justificó. Sintió los ojos de Nikolai clavados en su cara y apretó el paso-. ¿Qué pasa? ¡Adelante, soldados! -ordenó a su formación-. No quiero veros caer muertos. Más deprisa! ¡Uno dos, uno dos! Faltan veinte kilómetros para llegar a nuestro destino. No os rezaguéis. -Miró a Ouspenski, que seguía con la mirada clavada en su cara, y le preguntó-: ¿Qué pasa?

– ¿A quién ha dejado atrás, capitán?

– No se trata de a quién he dejado atrás contestó Alexander, apretando el paso y sujetando con fuerza la ametralladora-. Se trata de quien me dejó atrás a mí.

Llegaron al puente tres días después, al caer la noche. El técnico de comunicaciones partió en busca de una división del Frente de Ucrania para instalar un cable telefónico entre el alto mando y Alexander. Al alba, Alexander ya estaba levantado. Se sentó a la orilla del río, que no medía más de sesenta metros de ancho, y observó un puentecito anodino, un viejo puente de madera que en otro tiempo había sido blanco.

«Most do Swietokryzst», susurró Alexander. Era muy temprano y no había nadie, pero a lo lejos, en la otra orilla, se veían los campanarios del pueblo de Swietokryzst, y más allá los densos robledales de los montes de Santa Cruz.

Alexander tenía orden de esperar a una división del grupo de ejércitos de Ucrania, pero cambió de idea y adelantó el momento de cruzar el río.

La zona estaba muy tranquila. Costaba creer que al cabo de un solo día a la mañana siguiente, el cielo, la tierra y el agua se teñirían con la sangre de sus hombres. «A lo mejor al otro lado no hay ningún alemán y podemos escondernos entre los árboles -pensó Alexander- Los norteamericanos llegaron hace dos meses a Europa y en cualquier momento entrarán en Alemania. Lo único que tengo que hacer es resistir vivo el tiempo suficiente para ponerme en sus manos…»

En otro momento, un pintor se sentaría en uno de esos puentes y pintaría a las familias paseando en bote por el río, a las mujeres con sus pamelas blancas, a los hombres empuñando las pértigas, a los niños con sus trajecitos de domingo. En el cuadro, la mujer tal vez lleva un sombrero azul. El niño tiene alrededor de un año. La madre lo sostiene en brazos y sonríe, y el padre sonríe y rema más deprisa, y la estela del bote se ensancha, los nardos resplandecen y el pintor no se pierde ni un detalle.

Aquella mañana, Alexander hubiera querido volver a la infancia. Se sentía como un octogenario. ¿Cuándo había corrido por última vez hacia alguien con una sonrisa en la cara? ¿Cuándo había corrido por última vez hacia alguien sin llevar un arma en la mano? ¿Cuándo había cruzado por última vez la calle a grandes zancadas?

No quería saber la respuesta, no antes de cruzar el puente de Swietokryzst.

– ¡¡Abran fuego!! ¡¡Abran fuego!!

Al día siguiente, en el río, estaban muriendo bajo el opresivo estruendo del fuego enemigo, y la muerte no era lenta. Los soldados de a pie habían entrado en el agua antes que los demás, pero necesitaban ayuda.

El tanque de Alexander se había encallado en las rocas del fondo y el agua llegaba hasta las cadenas. Verenkov colocó un proyectil de cien milímetros en el cañón y disparó. Por la explosión y los gritos, Alexander supo que el proyectil había alcanzado el objetivo, Verenkov colocó otro proyectil más pequeño, pero no tenían tiempo de abrir fuego.

El tanque era un objetivo demasiado visible, y Alexander sabía que no tardaría en saltar en pedazos. No quería perder el vehículo ni las armas, pero sus hombres le eran aún más necesarios.

– ¡Saltad! -gritó-. ¡Se acerca uno!

Bajaron todos de un salto, o más bien salieron disparados cuando el proyectil impactó en el morro del vehículo y lo hizo pedazos. Furioso por la pérdida de su única pieza de artillería motorizada, Alexander intentó vadear el río sosteniendo la ametralladora por encima de la cabeza y disparando ráfagas hacia la playita que se abría frente a él. Ouspenski disparaba hacia los lados para protegerlo, Alexander lo oía gritar «¡atrás!» o «¡retroceda!» o «¡apártese!» o «¡cúbrase!» mientras le hacía gestos y profería maldiciones, pero era incapaz de hacer nada que no fuera seguir avanzando sin hacerle caso. Telikov y Verenkov intentaban nadar, aferrados el uno al otro. Alexander era el único con estatura suficiente para vadear el río con el agua por el cuello. Estaba en mejor disposición que sus soldados, ya que nadar y disparar al mismo tiempo no era demasiado efectivo.